
Mensaje de los dos Consejos Generales OCarm-OCD a toda la
Familia Carmelitana
Communicationes
AYLESFORD (31-05-2013).- En el año de la Fe, los
dos Consejos Generales, OCarm y OCD, hemos peregrinado a Aylesford
(Inglaterra), un lugar muy significativo para toda la Familia del Carmelo.
Desde aquí, os escribimos esta carta-mensaje en la fiesta de San Simón Stock,
desde este antiguo convento carmelita, fundado en el 1242 por algunos
peregrinos-ermitaños del Monte Carmelo.
Su regreso de la Tierra Santa a Europa, su paso de
la vida eremítica a la vida mendicante, su experiencia de Dios y sobre todo su
humilde y fraterna confianza en la Virgen en un tiempo de crisis cultural han
sido para nosotros manantial de inspiración para repensar nuestra misión en los
tiempos actuales. Este ha sido el asunto al que hemos dedicado gran parte de
nuestro trabajo, conducidos por el P. Benito de Marchi, misionero comboniano.
En Aylesford hemos sido huéspedes de la comunidad
local de los hermanos OCarm, a los cuales estamos sinceramente agradecidos por
su calurosa y atenta acogida. Ha sido un tiempo de oración, de fraternidad y de
reflexión, durante el cual hemos vivido también dos significativas experiencias
ecuménicas. En primer lugar, celebramos las primeras vísperas del domingo con
los hermanos anglicanos en la antigua catedral de Rochester (cuya fundación se
remonta al año 604) y después hemos tenido un encuentro en Cambridge con el
arzobispo-emérito de Canterbury, Dr. Rowan Williams, teólogo de renombre y
excelente conocedor de la espiritualidad de los santos del Carmelo. Estos dos
encuentros de oración y de reflexión teológica nos han ayudado a entender que
la misión en el día de hoy debe desarrollarse en estrecha colaboración con las
demás confesiones cristianas, en una actitud de apertura ecuménica.
De este nuestro peregrinar a las fuentes del
Carmelo en Europa ha surgido la humilde convicción de que este tiempo,
caracterizado por la globalización, el movimiento en todas las direcciones, la
irrupción del «otro», la afirmación del «individuo» y el olvido de Dios, nos
pide un nuevo corazón misionero.
Exige un corazón siempre más evangélico y menos
seguro de sí. Lo que queremos compartir con los demás no son las visiones del
mundo y las actitudes del hombre viejo, sino la humanidad que nos ha sido dada
por Dios Padre a través de su Hijo muerto y resucitado e irradiada
continuamente por el Espíritu Santo. Rowan Williams, en su apreciada
intervención en el último Sínodo de los Obispos, cuando se refirió a santa
Edith Stein, llamó a esta humanidad nueva «la humanidad contemplativa».
Retomando esta feliz expresión, de sabor típicamente carmelitano, nosotros la
hemos entendido en nuestras reflexiones, como una humanidad que se olvida de sí,
silenciosa, libre de la búsqueda afanosa de satisfacciones personales y del
pretexto de hacer felices a los otros imponiendo nuestras ideas y proyectos.
Tal humanidad, dirigida hacia el Padre, es capaz de ver a todos los hombres,
especialmente a los pobres, a los marginados y a los sufrientes, con ojos
llenos de compasión. Es una humanidad acogedora, dispuesta a iniciar una
incesante peregrinación para encontrar, junto a todos los hombres y mujeres de
nuestro tiempo, el camino que nos introduzca en las entrañas de la vida
trinitaria.
Imaginar esta nueva humanidad es imposible para
nosotros sin «liberar el carisma para un tiempo nuevo» (P. Benito de Marchi),
es decir, liberar todo el potencial contemplativo y misionero de toda la
superficialidad, soberbia y egoísmo, que nos impiden ver el amor trinitario y
nos cierran en un círculo autorreferencial. Desde un punto de vista positivo,
liberar el carisma quiere decir experimentar de manera viva las relaciones
trinitarias en la vida fraterna y comunitaria; quiere decir reencontrar la
alegría evangélica y gustar el sabor de la unidad y de la sencillez que existen
entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, para dar testimonio en cualquier
lugar, en todo momento, y en toda situación a la que se nos envíe.
En todo ello nos acompaña María, Madre de Dios y
Madre nuestra. Para nosotros, carmelitas, Ella es el modelo humano más sublime
de la escucha de la Palabra y de la contemplación del Dios vivo. Ella,
contemplativa por excelencia, se acerca a cada uno de nosotros y se hace
peregrina del Dios vivo. Nos abraza con su amor materno y fraterno y enciende
en nuestros corazones la llama de la Caridad. Pobre y humilde, con el sencillo
signo del escapulario protege esta llama en nuestros frágiles cuerpos humanos y
la transforma en una gran pasión evangelizadora y misionera. Su discreta, pero
elocuente presencia en nuestra vida hace que todos aquellos que vestimos el
escapulario seamos llamados a su mismo amor hacia el prójimo. En este sentido y
con toda justicia la Virgen del Carmen ha sido llamada «Misionera del pueblo»
(Óscar Romero)
Queridos hermanos y hermanas, partimos de Aylesford
con una renovada conciencia del don de nuestra vocación y de la misión que ese
don conlleva. El Señor Resucitado nos invita a no tener miedo de las
dificultades, a no desanimarnos ante las inevitables pruebas y posibles
fracasos. Existe en todos nosotros, pequeños y pobres, una fuerza más grande,
que ha vencido al mundo. Es la fuerza del amor con la cual el Padre nos ama, es
la fuerza de su Palabra y de su Espíritu que nos empuja a ir hacia el mundo, a
abrirnos a todos aquellos que el Señor quiera poner en nuestro camino.
Muchos hombres y mujeres nos esperan, esperan que
la familia del Carmelo les manifieste la ternura de nuestro Dios. Que el Señor
nos ayude a no frustrar su esperanza.