lunes, 18 de marzo de 2019

SAN JOSÉ Y LAS VOCACIONES

La Fiesta de San José evoca, entre otros sentimientos, el recuerdo del “día del seminario” donde se educan los futuros sacerdotes. Con ese motivo, ofrezco unas reflexiones sobre las “vocaciones” sacerdotales y religiosas, tan escasas en tiempo de sequía de la fe cristiana, un hecho alarmante para los pastores y el pueblo de Dios que miran con angustia esperanzada al futuro.

Es verdad que Cristo dijo: “La mies es mucha y los operarios pocos. Pedid al dueño de la mies que envíe obreros a su mies”. Y nosotros seguimos pidiendo en la esperanza de que se cumplan nuestros deseos porque —como dice san Juan de la Cruz— “tanto alcanza cuanto espera”. Pero la Providencia parece tener en cuenta hoy una variante sociológica importante: la mies ha dejado de ser abundante porque muchos están desertando de las raíces cristianas que fundaron la civilización occidental, forjada de cultura grecorromana, de espiritualidad cristiana y el dinamismo de los pueblos “bárbaros” cristianizados por Roma. Desde hace décadas, constatamos que en los países económicamente evolucionados escasean las vocaciones y aumentan o se mantienen en auge en los Terceros mundos.

Ante ese hecho sociológico y religioso, cabe la pregunta por las “causas” del cambio. Existe una razón de base. La abundancia de vocaciones en el pasado se fundaba, en primer lugar, en la existencia de familias generosas en hijos que se convertían en lugares potenciales de vocaciones sacerdotales y religiosas, especialmente en los medios rurales. Los delegados de vocaciones acudían a las escuelas como pescadores a los caladeros de peces y todos encontraban pesca abundante. La propuesta vocacional abría horizontes nuevos a los niños y adolescentes con la promesa de estudiar, de ver mundo más allá del pueblo. Otros pescaban en las catequesis parroquiales, entre los acólitos que solían asistir a las misas dominicales o de difuntos, a los bautizos, etc. En fin, la cosecha estaba asegurada para todos. Hoy el panorama ha cambiado radicalmente; la natalidad ha descendido hasta términos alarmantes; se han abierto nuevos horizontes culturales y económicos para los niños y adolescentes; la práctica religiosa ha descendido en esas edades y mucho más en la juventud, poco favorecida en la vida familiar, etc.

Pero volvamos a un análisis de lo que sucedió en el pasado. En mi tiempo de juventud se debatía sobre si en la infancia se puede tener auténtica vocación al sacerdocio o a la vida religiosa. Respondo desde mi experiencia. Creo que la mayoría de los que fuimos a los seminarios o a los internados de los frailes, lo hicimos para poder estudiar algo más que en las escuelas estatales, sin una “vocación explícita” de ser sacerdotes o religiosos. No sé si “mi caso” puede servir de ejemplo. Yo fui al colegio-seminario de los carmelitas descalzos sin haber oído de su existencia, aunque cercanos a mi casa, ni había tenido contacto alguno con ellos. Fue mi maestro quien conocía a uno de los frailes y me sugirió que allí podía hacer los estudios de humanidades, como así fue.

Pero dicho esto, añado que la vocación —digamos religiosa y sacerdotal— fue creciendo como la semilla que el sembrador arroja a la tierra sin que él sepa cómo, según la bella parábola de Marcos. Con el ambiente de piedad que se respiraba en el colegio, ver a los “frailes” vestidos con sus hábitos, comportándose como seres normales, las misas y oraciones en la capilla, la celebración de los actos más solemnes en la iglesia, van entonando el alma y se acaba pensando que esa podía ser tu “vocación” y profesión en el futuro. En una palabra, te vas haciendo “frailillo” poco a poco, y sin darte cuenta sueñas con llegar al noviciado y a ser sacerdote. Me supongo que también los seminaristas en sus seminarios habrán sufrido esta evolución de sus respectivas vocaciones. También admito que algunos privilegiados no caben en este esquema porque ya fueron con una vocación más madurada en casa.

¿Qué está pasando hoy, qué razones explican la escasez de las vocaciones en el mundo occidental? Además de la drástica y peligrosa caída de la natalidad, son otros factores sociales, económicos y religiosos los que han variado. Las religiones, también la cristiana, están en descrédito creciente; la propuesta creyente en un Dios personal interesa poco a la inmensa mayoría; la “práctica” de la moral cristiana —la de los 10 mandamientos de la ley mosaica y la misma de los Evangelios de Jesús—, tan rigurosa, no es apetecible, está en decadencia; los dogmas cristianos —tan complejos— son difíciles de asimilar por el raciocinio humano, etc. En consecuencia, el “sentimiento” religioso de las familias ha disminuido o desaparecido y las prácticas de los ritos ha descendido hasta límites extremos.

Ante estos hechos, nos queda un consuelo: al decrecer el número de creyentes y de practicantes, serán necesarios menos sacerdotes y alimentamos la esperanza de que la Providencia nos vaya surtiendo de los ministros del culto suficientes para atender al “pequeño rebaño” de los supervivientes fieles a Jesucristo. La historia del cristianismo demuestra que Dios siempre ha mandado sus profetas y carismáticos en los momentos oportunos que solucionan los problemas que va creando la sociedad. Genios de la religión que cumplen un destino como la lluvia en tiempo de sequía extrema. Son los fundadores de instituciones religiosas o reformas, genios de la historia, como san Benito de Nursia, san Bernardo, san Francisco o santo Domingo de Guzmán, hasta san Ignacio de Loyola o santa Teresa de Jesús, Juan Bosco para terminar con la madre Teresa de Calcuta y un coro inmenso de genios religiosos.

Por otra parte, creo que los cristianos hemos vivido de rentas, de tradición, sostenidos por una ideología de “cristiandad” desde los tiempos de Constantino el Grande (siglo IV) y potenciada en tiempo de Carlomagno (siglo VIII), olvidando la vida en las catacumbas y las persecuciones del Imperio romano durante los tres primeros siglos. La iglesia entendió demasiado materialmente el precepto de Cristo: “obliga a entrar” en el banquete del Reino (la Iglesia cristiana) como medio necesario para la salvación eterna. Ese paradigma sociológico y religioso ha fenecido en la sociedad occidental.

Quizá tengamos que volver al modelo paradigmático del Antiguo Testamento tan lúcidamente expuesto por los profetas de Israel: al pequeño “resto” del pueblo fiel a la Alianza con Yahvé; a los Anawim o pobres espirituales y desamparados pero con plena confianza en Dios.

Termino recordando una propuesta de santa Teresa que puede iluminar el panorama actual. Ella encontró una sociedad cristiana lacerada por la herejía de los “luteranos”, pero no se dedicó a lamentar los hechos, sino que propuso la solución no en las guerras de religión, sino en la vivencia del evangelio por los católicos y los herejes. Y por eso pensó en un pequeño grupo de “gente escogida”, de “buenos cristianos”, dirigidos por santos “capitanes”, reunidos en un “castillito”, reducto de la ciudad inexpugnable. Es la estrategia que plantea la capitana de los ejércitos de Cristo (Camino de perfección, cap. 3). Las monjas de San José están en la retaguardia orante, “siendo” fieles al capitán Cristo, sosteniendo a los del pequeño grupo con su oración y vida ascética. Es una de las grandes intuiciones de la madre Teresa, que abrió un horizonte altruista a las mujeres de su tiempo.

Daniel de Pablo Maroto, ocd
(Tomasdo de: DE LA RUECA A LA PLUMA).

FRANCISCO HABLA DE TERESA

“En la escuela de la santa andariega aprendemos a ser peregrinos. La imagen del camino puede sintetizar muy bien la lección de su vida ...