miércoles, 7 de noviembre de 2018

EN LAS SÉPTIMAS MORADAS TERESIANAS (1)


Presentación general: La santidad como estado terminal, plenitud de la vida nueva. Llegamos al centro del castillo, centro del alma, centro de uno mismo.  Plena unión del espíritu humano con el Espíritu Divino: Matrimonio místico. Dos gracias de ingreso en esa fase final: una cristológica y otra Trinitaria.  Aquí se comunican al alma todas tres personas divinas. Nunca más se fueron de con ella”. Notas psicológicas y éticas que caracterizan a ese hombre en plenitud: olvido de lo creado, gran gozo interior, deseo de servir, paz profunda, cesan los arrebatos místicos.  Plena configuración con Cristo. Pleno rendimiento en la acción y el servicio: “que nazcan siempre obras, obras”.

Teresa hablará aquí de la santidad cristiana, ese es el tema de estas moradas: la santidad de la vida, posible ya acá en la tierra, como culminación natural de la vida de gracia, de todo un camino de crecimiento, maduración y santificación. Y lo hace, no desde esquemas teológicos, sino desde lo vivido y experimentado por ella; respuesta cuádruple, en cuatro capítulos consecutivos:
1.     Ante todo, la santidad es un hecho trinitario que acontece en el alma del cristiano y le transforma la vida (Respuesta del capítulo 1).
2.     La santidad del cristiano deriva de la santidad de Cristo y realiza la plenitud de relación del hombre con Él (Respuesta del capítulo 2).
3.     La santidad en su dimensión antropológica, es un hecho de plenitud humana: adultez y madurez del “hombre nuevo” en el desarrollo de su vida nueva (Respuesta del capítulo 3).
4.     La santidad es algo que desborda los estrechos límites del sujeto: es gracia para los otros, para la comunidad humana, para asumir la condición de “siervo de Yahvé” que caracterizó la existencia de Jesús. Es decir, que la santidad cristiana tiene un sentido eclesial, y por ello implica un carisma de servicio a los hermanos (Respuesta del capítulo 4).

CAPÍTULO PRIMERO: En el umbral de la morada más profunda (Trata de mercedes grandes que hace Dios a las almas que han llegado a entrar en estas moradas). Comenzar leyendo el párrafo #1 de este capítulo, que es como el pórtico de esta morada última: parecería que todo ya está dicho, pero queda mucho por decir, porque la grandeza de Dios no tiene término, y tampoco sus obras. Todo el deseo de Teresa es que se conozcan las misericordias de Dios con las almas, y anima a sus hermanas a celebrar este “matrimonio espiritual” que tantos bienes trae consigo.

En el #3, dice Teresa que Dios mete al alma en su morada, la séptima, luego de lo que esta ha padecido por su deseo, habiéndola ya tomado por Esposa; “porque, así como la tiene en el cielo, debe tener en el alma una estancia adonde solo su majestad mora, y digamos: otro cielo. Porque nos importa mucho, hermanas que no entendamos es el alma alguna cosa oscura… (Hay un Sol de Justicia en ella dándole el ser)… sino un mundo interior adonde caben tantas y tan lindas moradas como habéis visto”.

En el #6 narra una profunda experiencia trinitaria: “se le muestra la Santísima Trinidad, todas Tres Personas…una nube de grandísima claridad… entiende con grandísima claridad ser todas tres personas una sustancia y un poder y un saber y un solo Dios”. Pero se atreve a decir más: “De manera que lo que tenemos por fe, allí lo entiende el alma, podemos decir, por vista, aunque no es vista con los ojos del cuerpo ni del alma, porque no es visión imaginaria.  Aquí se le comunican todas Tres Personas y le hablan, y le dan a entender aquellas palabras que dice el Evangelio que dijo el Señor: que vendría Él y el Padre y el Espíritu Santo a morar con el alma que le ama y guarda sus mandamientos (Jn 14,23)”. Y Teresa dice que le espanta ver que esa presencia trinitaria se ha quedado en ella, que sigue en su interior, en lo más hondo, aunque no sabe explicar cómo, porque no tiene letras… “pero siente en sí esta divina compañía”. En otro lugar (Relaciones 45) describe esta realidad diciendo que se experimenta a sí misma “como una esponja que embebe el agua en sí”; esta imagen de la esponja sumergida en el agua de lo divino tiene carta de ciudadanía en la tradición espiritual cristiana.

De esta experiencia, deriva una manera de vida, que Teresa apunta aquí con rasgos sueltos: estado de asombro y estupor como el que mira la realidad con ojos nuevos; crece la capacidad de admiración ante las personas, acontecimientos, percibiendo lo divino debajo de lo cotidiano; siente siempre esa Divina Compañía en el interior de su alma; mayor dinamismo en el hacer y servir; vinculación de lo presente con lo escatológico (8): “tiene gran confianza que no la dejará Dios”. 

CAPÍTULO SEGUNDO: Nuestro vivir es Cristo (Dice la diferencia que hay de unión espiritual a matrimonio espiritual). Aquí se va a tratar del  divino y espiritual matrimonio”, aunque precisa que esta merced no se cumple a perfección mientras vivimos, pues si nos apartamos de Dios este gran bien se pierde. En el #1 habla de transformación en Cristo, recordando su propia experiencia, que ha narrado antes en la Relación 25. Aquí dice: “Se le representó el Señor, acabando de comulgar, con la forma de gran resplandor y hermosura y majestad, como después de resucitado, y le dijo que ya era tiempo de que sus cosas tomase ella por suyas y Él tendría cuidado de las suyas, y otras palabras que son más para sentir que para decir” (Leer aquí también el texto de Relaciones 25).

Teresa aquí nos adentra aun más en lo hondo del castillo del alma, es decir, de nuestra vida de gracia, y nos muestra la santidad, no tanto a nivel ético, cuanto teologal: misterio de Dios en el hombre. Si antes trató el aspecto trinitario (Inhabitación), ahora pone el foco en el aspecto cristológico de esta fase cimera de la vida, en la que finalmente se pone de manifiesto que “nuestra vida es Cristo”. Que en última instancia la vida cristiana no consiste en una mera relación o imitación o seguimiento de Jesús, sino en una compenetración de las dos vidas, la de Él y la nuestra, y esto por una unión misteriosa de ambas vidas y ambas personas (Gálatas 2,20). (Ver aquí texto de Tomás, página 278).

En el #3 describe esta experiencia, citamos algunas imágenes: Pasa esta secreta unión en el centro muy interior del alma, que debe ser adonde está el mismo Dios, y a mi parecer, no necesita puerta para entrar…se aparece en este centro del alma sin visión imaginaria, sino intelectual, aunque más delicada que las dichas, como se apareció a los apóstoles sin entrar por la puerta, cuando les dijo: paz a ustedes. Es un secreto tan grande y una merced tan subida lo que comunica Dios allí al alma en un instante y el grandísimo deleite que siente el alma que no sé a qué compararlo, sino a que quiere manifestarle por aquel momento la gloria que hay en el cielo… Queda el alma hecha una cosa con Dios… de tal manera ha querido juntarse con la criatura que ya no se quiere apartar de ella.

En el #4 explica la diferencia entre unión y desposorio con el matrimonio espiritual: aquellos son momentos que luego pasan, y este último es permanente: “Siempre queda el alma con su Dios en el centro”, y pone ejemplos. Es aquí, dice (#5) donde la mariposilla muere, y con grandísimo gozo, porque su vida ya es Cristo. Cristo es como un espejo en el que contemplamos nuestra imagen esculpida (#8); este texto debe leerse en paralelo con Vida 40,5, que es el texto cristológico cumbre de ese libro.

Los efectos de esta experiencia sobre la persona (#s 9/11): No hay movimientos en el alma, potencias e imaginación, que la perjudiquen o quiten su paz; parece está el alma en seguridad, pero ella no se tiene por segura y anda con mucho más temor que antes, guardándose mucho de ofender a Dios, pero no deja de haber tiempos de guerra, trabajo y fatigas, más no quitan la paz ni mueven de lugar. Tiene grandes deseos de servirle, y el hacer penitencia le causa deleite. Es como el árbol que está su raíz en las corrientes de aguas, y está más fresco y da más fruto.

Leer el #11 íntegro (comparación final). La vida, aun en esta postrera morada, sigue siendo riesgo, pero este estado hace que amemos la cruz, cuya presencia resulta ineludible. Teresa ha recorrido un largo camino para terminar con un Cristo interior, instalado en el centro orbital de su espíritu y de su vida, y lo reafirma, diciendo: “Piensen lo que quieran: todo es verdad lo que he dicho” (#11).

(Continúa).

FRANCISCO HABLA DE TERESA

“En la escuela de la santa andariega aprendemos a ser peregrinos. La imagen del camino puede sintetizar muy bien la lección de su vida ...