martes, 31 de diciembre de 2019

MI VOCACIÓN ES EL AMOR

"La caridad me dio la clave de mi vocación. Comprendí que si la Iglesia tenía un cuerpo, compuesto de diferentes miembros, no podía faltarle el más necesario, el más noble de todos ellos. Comprendí que la Iglesia tenía un corazón, y que ese corazón estaba ardiendo de amor. Comprendí que sólo el amor podía hacer actuar a los miembros de la Iglesia; que si el amor llegaba a apagarse, los apóstoles ya no anunciarían el Evangelio y los mártires se negarían a derramar su sangre...Comprendí que el amor encerraba en sí todas las vocaciones, que el amor lo era todo, que el amor abarcaba todos los tiempos y lugares... En una palabra, ¡que el amor es eterno...! Entonces, al borde de mi alegría delirante, exclamé: ¡Jesús, amor mío..., al fin he encontrado mi vocación! ¡Mi vocación es el amor...!".

Santa Teresita del Niño Jesús y de la Santa Faz

lunes, 23 de diciembre de 2019

DIOS EN UN PESEBRE (FELIZ NAVIDAD)

"Ya que era llegado el tiempo en que de nacer había, así como desposado de su tálamo salía abrazado con su esposa, que en sus brazos la traía, al cual la graciosa Madre en un pesebre ponía, entre unos animales que a la sazón allí había. Los hombres decían cantares, los ángeles melodía, festejando el desposorio que entre tales dos había. Pero Dios en el pesebre allí lloraba y gemía, que eran joyas que la esposa al desposorio traía. Y la Madre estaba en pasmo de que tal trueque veía: el llanto del hombre en Dios, y en el hombre la alegría, lo cual del uno y del otro tan ajeno ser solía".

San Juan de la Cruz

lunes, 16 de diciembre de 2019

CAMINANDO CON TERESA (16): EL MAESTRO INTERIOR


El CAPÍTULO 29 de CAMINO complementa todo lo que antes hemos visto en los capítulos previos, porque Teresa insiste en el tema del "recogimiento"; su  pedagogía no está centrada en lo teórico, sino en la práctica, en el ejercicio humilde y concreto. Es un capítulo corto, de apenas 8 números, dos páginas y media. 

Para comenzar, la Santa lanza una advertencia: es su recelo ante la extroversión, el "derramarse", no tanto en la oración como en la vida. Claro que podemos tener fuera centros de interés, pero el centro de gravedad de la persona ha de estar dentro, interioridad. No preocuparse por acaparar el aprecio de los otros, sobre todo de los de arriba; nada que pueda capitalizar la atención y afecto del orante, convocándolo hacia un centro de gravedad psicológica exterior, y además inestable y provisorio. En ese  caso será difícil el recogimiento, pues encontrará una interioridad fragmentada y descentrada. 

 ¿Por qué Teresa insiste una y otra vez, a riesgo de repetirse, en el tema de la interiorización? 

Porque es la plataforma de lanzamiento hacia la oración contemplativa. "Entrarse dentro de sí" es básicamente la actitud fundamental del orante cristiano; el diálogo con Dios convoca la presencia de lo más hondo y decisivo de mí mismo, para que a ese nivel encuentre también al que habita en el Centro de mí  mismo (Primeras Moradas 1, 3). Ahí está la "tienda del encuentro", el "templo del Espíritu". 


Para recorrer el camino que lleva a esa hondura Teresa ofrece unas sencillas consignas:

1. Poniendo los ojos en ti y mirando interiormente, hallaremos al Maestro. Educar la mirada en ese sentido interiorizador. "Entrar dentro de sí" es empezar a conocerme, conocer y conocerle de otra manera. 

2. En la medida en que conocemos al Maestro, todo se nos irá facilitando ("Das mucho a los que del todo se quieren fiar de Ti"); ("Los favores de acá todos son mentira cuando desvían algo al alma de andar dentro de sí").  (# 3).

3. "Soledad en compañía". Ahí, en el fondo del espíritu, Dios es compañía santa, "Nuestro Acompañador". La oración se condensa en "estar ante Él y con Él".  (# 4).

4. Y al final, "gustar el don de su presencia". Porque en esa hondura Dios se manifiesta al alma, y experimentamos su presencia, su paso por nuestra vida, su talante: un Dios que no necesita que le demos gritos para escucharnos, un Dios que no pide mucho hablar sino escuchar, un Dios con ganas de dar y de darse, de estarse con nosotros. Descubrimos que esa interioridad es "nuestro Cielo", el "paraíso de Dios" (# 4).

AHORA BIEN: Interioridad, sí, pero CUIDADO no perderse en ella. No pasar de estar embebecidos a estar embobecidos. Puede pasar que sustituyamos a Dios por el ídolo refinado de uno mismo.Doble riesgo: introversión y alienación. Perderse en los propios pensamientos y desentenderse de la realidad y de los otros.
También recuerda que vacío interior y libertad interior coinciden: no llenar de baratijas el palacio interior. Aprovechar las ocupaciones exteriores para la interioridad: nada de desentenderse de la vida, de ocupaciones y responsabilidades, al contrario. Nutrir de realismo el paso a la interioridad.  Ir ganando en "señorío de sí mismo", libre de la tiranía de pasiones y sentidos. Todo ello exige práctica, disciplina, constancia, porque "nada se aprende sin un poco de trabajo". 

"Si hablare, procurar acordarse que hay con quien hable dentro de sí mismo; si oyere, acordarse que ha de oír a quien más cerca le habla. En fin, traer cuenta, si quiere, nunca se apartar de tan buena compañía... Como lo acostumbrare, saldrá con ganancia o presto o más tarde. Después que se lo dé el Señor, no ,lo trocaría por ningún tesoro" (# 7). 

(Resumen de un texto de Tomas Álvarez, ocd)

viernes, 13 de diciembre de 2019

SAN JUAN DE LA CRUZ Y LA MUJER

Comparto este artìculo, tomado del blog "De la rueca a la pluma", sobre la presencia femenina en la vida de San Juan de la Cruz, del que estaremos celebrando mañana su fiesta litùrgica, escrito por Marìa del Puerto Alonso, ocd Puzol.  

La importancia de la mujer en la vida de San Juan de la Cruz es vital. Sabemos que desde su madre hasta Ana de Jesús, pasando por santa Teresa y Ana de Peñalosa… muchas mujeres han sido importantes no solo en la vida sino en la doctrina del Santo. La presencia femenina en su vida prevalece sobre la masculina. Y si esto hoy ya sorprendería en un religioso, en un varón y célibe del misógino siglo XVI, tiene mucho más mérito.

Si en su vida la mujer tiene tanta relevancia, en su obra, las referencias a la mujer son mínimas, y todas bíblicas. ¿Entonces? Es que para fray Juan, no hay diferencia entre el hombre y la mujer. Ambos están llamados a la unión con Dios por fe y amor. Cuando san Juan escribe su experiencia mística, la escribe para las “almas”. O sea, para las personas, para hombres y mujeres. Sin distinción, sin necesidad de especificaciones. Porque ambos tienen la misma dignidad y ambos están llamados ni más ni menos que a ser dioses por participación.

La primera mujer que hemos de mencionar en su vida, es su madre: Catalina Álvarez. Debió de ser una mujer fuerte y amorosa. Lo cuidó y apoyó en su infancia y juventud. Tal debió de ser esta mujer, que Juan no duda en hablarnos en diversas ocasiones de “Dios-Madre” en sus escritos:

Comunícase Dios en esta interior unión al alma con tantas veras de amor, que no hay afición de madre que con tanta ternura acaricie a su hijo, ni amor de hermano ni amistad de amigo que se le compare. Porque aún llega a tanto la ternura y verdad de amor con que el inmenso Padre regala y engrandece a esta humilde y amorosa alma, -¡oh cosa maravillosa y digna de todo pavor y admiración!-, que se sujeta a ella verdaderamente para la engrandecer, como si él fuese su siervo y ella fuese su señor… Y así, aquí está empleado en regalar y acariciar al alma como la madre en servir y regalar a su niño, criándole a sus mismos pechos. En lo cual conoce el alma la verdad del dicho de Isaías (66, 12), que dice: A los pechos de Dios seréis llevados y sobre sus rodillas seréis regalados.”

También compara al alma con el niño que se empeña en caminar solo, a su paso, pataleando en los brazos de su madre.

Otro rasgo de la humildad del Santo y de hasta qué punto veía a la mujer en igualdad, es que acogió a Teresa de Jesús como madre y fundadora. Esto que hoy nos parece tan incuestionable, no lo era por aquella época. De hecho, santa Teresa es la primera mujer en fundar una Orden masculina y poco después de su muerte muchos de sus hijos se avergonzaban de tener a una mujer como fundadora y trataban de ocultar este hecho. El caso es que el joven “fray Juan de Santo Matía” se dejó seducir por la propuesta de esta mujer y se embarcó en la fundación del Carmelo Descalzo masculino, sin dudar en aprender de un grupo de mujeres jóvenes y vocacionadas el estilo de vida que iba a abrazar.

Desde entonces, la vida del Santo se desarrolló, en gran parte, entre mujeres. Especialmente, como confesor de monjas. Así, lo reclama santa Teresa como confesor de las monjas calzadas de la Encarnación de Ávila (septiembre 1572-diciembre 1577); luego ejerce este magisterio espiritual con las descalzas de Beas (octubre 1578-marzo 1581), Granada (abril 1581-1588) y finalmente Segovia (agosto 1588-junio 1591). En todas partes (aunque en algunas como la Encarnación y Beas fuese recibido, en principio, con reticencias) formó escuela. Pero una escuela singular, donde el Santo tan pronto hacía de maestro como de alumno.

Esta relación especial con las monjas tuvo su culmen en la fundación de Beas. Juan había llegado allí llevando consigo un montoncito de versos, algunos “romances” y lo que siempre llamó “las canciones de la Esposa” (el conocido “Cántico espiritual”). Las monjas copiaron, aprendieron de memoria y cantaron aquel texto fascinante. Ellas, con sus preguntas y sus respuestas, provocaron el nacimiento de sus últimas cinco estrofas. ¿Cómo fue esto? Un día, fray Juan le preguntó a una monja sobre qué versaba su oración y ella respondió que “en mirar la hermosura de Dios y alegrarme de que la tenga”. Poco después, el Santo comenzaba así los versos sobre este tema: “Gocémonos, Amado, y vámonos a ver en tu hermosura al monte y al collado, do mana el agua pura, entremos más adentro en la espesura”. Y así fue que entró la belleza en los versos y en la prosa de fray Juan. Él, que se resistía a dar clases en facultades (para varones, claro) y a predicar, no tenía empacho en compartir su “doctrina” con un grupo de mujeres orantes. Es más, se deleitaba en ello y disfrutaba de ese mutuo acompañarse espiritualmente.

No solo con el Santo, sino con los frailes de El Calvario, se formó una fraternidad de iguales sin parangón. Los frailes les hacían representaciones piadosas, las monjas compartían sus cantos y recreos… una relación entre varones y mujeres con Dios como meta, fuente y cumbre. Esto propiciaron tanto fray Juan, como Ana de Jesús, bendiciendo esta relación amistosa con Dios y entre ellos. Fue una época “de oro” para ambos. De paz y de alegría. Y este estilo de armonía y camaradería, sigue siendo un desafío y un proyecto para los carmelitas de hoy.

No hemos de olvidar que si hoy tenemos la prosa del Santo, se debe a las mujeres que le rogaron expusiese su doctrina por escrito. Dos de sus obras principales: Cántico Espiritual y Llama de amor viva, fueron dedicadas a dos mujeres: Ana de Jesús y Ana de Peñalosa (una seglar viuda). Aunque los textos de “Llama” nos hayan llegado más bien por las transcripciones de las Carmelitas Descalzas. La primera Ana merece mención aparte.

Ana de Jesús (Lobera) era una Carmelita Descalza, digna hija de santa Teresa y amiga de San Juan de la Cruz. La madre Ana conoció a san Juan de la Cruz siendo todavía novicia, en Mancera, camino a la fundación de Salamanca. Aunque no parece que allí hiciese gran relación con el Santo. Es en octubre-noviembre de 1578 cuando Juan, que se hospedaba en el convento de El Calvario, va a visitar a las monjas descalzas de Beas, de donde Ana es la priora. La primera impresión no debió de ser favorable pues poco después escribe a la Santa quejándose de falta de buen director espiritual. Teresa le contesta con gracejo diciendo: “En gracia me ha caído, hija, cuán sin razón se queja, pues tiene allá a mi padre fray Juan de la Cruz, que es un hombre celestial y divino. Pues yo le digo a mi hija que, después que se fue allá, no he hallado en toda Castilla otro como él ni que tanto fervore en el camino del cielo. No creerá la soledad que me causa su falta. Miren que es un gran tesoro el que tienen allá en ese santo, y todas las de esa casa traten y comuniquen con él sus almas y verán qué aprovechadas están, y se hallarán muy adelante en todo lo que es espíritu y perfección; porque le ha dado nuestro Señor para esto particular gracia. Certifícolas que estimara yo tener por acá a mi padre fray Juan de la Cruz, que de veras lo es de mi alma, y uno de los que más provecho le hacía el comunicarle. Háganlo ellas, mis hijas, con toda llaneza, que aseguro la pueden tener como conmigo misma y que les será de grande satisfacción, que es muy espiritual y de grandes experiencias y letras. Por acá le echan mucho menos las que estaban hechas a su doctrina. Den gracias a Dios que ha ordenado le tengan ahí tan cerca. Ya le escribo les acuda, y sé de su gran caridad que lo hará en cualquiera necesidad que se ofrezca”. 
Sin embargo ya sabemos que tras esa mala impresión inicial, se creó una relación especial entre ambos que duró hasta la muerte de fray Juan. A tal punto llegó la relación entre ambos, que él no dudó en dedicarle el prólogo al Cántico Espiritual, con palabras de afecto y de reconocimiento, que aún hoy cuando se leen no dejan de sorprender y que hasta tal punto incomodaron en su época, que pasaron siglos en los que este prólogo se omitió o retocó para evitar que se supiera que la destinataria era esta mujer.

De fray Juan se conservan pocas cartas. Pero de ellas, un 80% es para mujeres a las que siempre trata con respeto, cariño y solicitud, compartiendo confidencias y noticias. Cuando fray Juan cae en desgracia dentro de su misma Orden es por defender el carisma de libertad y alegría de su fundadora: Teresa (ya fallecida), y por defendernos a las descalzas de un gobierno que quería controlarnos y llenarnos de leyes. Esto le valió el destierro y casi la expulsión, lo que evitó su prematura muerte.

Resumiendo, podríamos decir que el trato de fray Juan a las mujeres evoca al que tuvo el mismo Jesús con sus contemporáneas. Un trato en igualdad de dignidad; de amor y consideración.

lunes, 9 de diciembre de 2019

NO ARRINCONAR EL ALMA

“Tornemos ahora a nuestro castillo de muchas moradas. No
habéis de entender estas moradas una en pos de otra, como cosa en hilada, sino poned los ojos en el centro, que es la pieza o palacio adonde está el rey, y considerar como un palmito, que para llegar a lo que es de comer tiene muchas coberturas que todo lo sabroso cercan. Así acá, alrededor de esta pieza están muchas, y encima lo mismo. Porque las cosas del alma siempre se han de considerar con plenitud y anchura y grandeza, pues no le levantan nada, que capaz es de mucho más que podremos considerar, y a todas partes de ella se comunica este sol que está en este palacio. Esto importa mucho a cualquier alma que tenga oración, poca o mucha, que no la arrincone ni apriete. Déjela andar por estas moradas, arriba y abajo y a los lados, pues Dios la dio tan gran dignidad…”.

(Santa Teresa, Moradas)

Cada tiempo litúrgico que vivimos en la Iglesia, cada celebración de nuestra fe. cada ritual, cada devoción, cada vivencia espiritual, ha de ser siempre camino para avivar el alma, para animar nuestra vida interior al punto de que entre en el dinamismo del gozo y la esperanza. Así lo expresa Santa Teresa en el texto anterior, que podríamos tomar como paradigma de todo nuestro itinerario hacia Dios. Él no quiere para nosotros angustias ni temores, sino gozo, fortaleza, esperanza. No arrinconemos el alma, ni la agobiemos, sino cuidemos nuestro ser, nuestro espíritu, nuestro cuerpo, para que todo lo que somos camine hacia Dios.
Andemos confiadamente por esas moradas interiores y miremos siempre al centro de nuestro ser donde nace Cristo cada día.

FRANCISCO HABLA DE TERESA

“En la escuela de la santa andariega aprendemos a ser peregrinos. La imagen del camino puede sintetizar muy bien la lección de su vida ...