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martes, 3 de enero de 2023

LA RIQUEZA QUE TENEMOS DENTRO

"Es necesario volver hacia nosotros mismos para descubrir las riquezas que tenemos dentro; la primera de todas, el huésped que nos habita, la alteridad de la cual procedemos y hacia la cual nos dirigimos. Volver hacia nosotros mismos significa aprender a escuchar el diálogo interior que se desarrolla en nosotros, la relación fundamental sobre la cual nuestro ser se funda. Mirándonos en él es posible entrar sin miedo en nosotros mismos y afrontar las oscuridades, las heridas y los conflictos que forman parte de nuestra identidad".

Declaración sobre el carisma

viernes, 18 de noviembre de 2022

LA TENTACIÓN DEL CLERICALISMO EN EL CARMELO

"El nombre que nos identifica en la Iglesia es “hermanos descalzos de María”. Somos “hermanos” y, por ello, la fraternidad no es un elemento accesorio, sino sustancial. La mayoría de los religiosos son también sacerdotes, y nuestro servicio es en gran parte de tipo ministerial. Esto puede llevar inconscientemente a dejar en un segundo plano nuestra identidad de religiosos y de carmelitas descalzos o incluso a considerarla solo una condición previa con vistas a la ordenación sacerdotal. La posible ordenación deber ser integrada en nuestra identidad religiosa. De este modo la enriquece, pero no la sustituye. No nos llamamos “padres”, es decir, sacerdotes que viven en fraternidad, sino hermanos, y hermanos “descalzos”, es decir, sin otras riquezas o recursos para presentar al mundo que la fraternidad que nos une a María y entre nosotros". 

Declaración sobre el carisma OCD

viernes, 8 de julio de 2022

RELACIÓN CON MARÍA EN EL CARMELO

 

"El nombre que nos identifica en la Iglesia es “hermanos descalzos de María”. Somos “hermanos” y, por ello, la fraternidad no es un elemento accesorio, sino sustancial. La mayoría de los religiosos son también sacerdotes, y nuestro servicio es en gran parte de tipo ministerial. Esto puede llevar inconscientemente a dejar en un segundo plano nuestra identidad de religiosos y de carmelitas descalzos o incluso a considerarla solo una condición previa con vistas a la ordenación sacerdotal. La posible ordenación deber ser integrada en nuestra identidad religiosa. De este modo la enriquece, pero no la sustituye. No nos llamamos “padres”, es decir, sacerdotes que viven en fraternidad, sino hermanos, y hermanos “descalzos”, es decir, sin otras riquezas o recursos para presentar al mundo que la fraternidad que nos une a María y entre nosotros. 

Como la fraternidad, igualmente la relación con María no es un aspecto o una devoción particular en el Carmelo, sino que expresa la esencia de nuestra vocación. Existe una especie de reflejo recíproco entre María y la comunidad: por una parte, María es imagen y modelo de la comunidad, y, por otra parte, la comunidad es imagen de María".

Declaración carismática #34

martes, 15 de marzo de 2022

Carta del Prior General O. Carm en el IV Centenario de la canonización de Teresa de Jesús

Queridos hermanos y hermanas: 

Creo que estamos viviendo un momento de gracia en nuestra Orden. La noticia de que Tito Brandsma será canonizado muy pronto ha conmovido los corazones  las mentes de todas las comunidades carmelitas. Las próximas semanas estarán llenas de la vida y de los pensamientos de este hombre tan santo. Mientras escribo esta carta estoy consciente de una parte de la vida y del pensamiento de Tito Brandsma que enriquece a la Familia Carmelita de manera muy notable, a saber, su gran interés por la vida, la experiencia y los escritos de Santa Teresa de Jesús.

El 12 de marzo de este año, la Iglesia celebrará el cuarto centenario de la canonización de Teresa de Ávila, que fue canonizada el mismo día que Ignacio de Loyola, Francisco Xavier, Felipe Neri e Isidro Labrador. Ese día, por iniciativa del Superior General de la Compañía de Jesús, habrá una celebración de los cinco santos en la iglesia del Gesù de Roma presidida por el Santo Padre, Papa Francisco. El nuevo Superior General de los Carmelitas Descalzos, P. Miguel Márquez Calle O.C.D. y yo mismo hemos sido invitados a participar y a concelebrar con el Papa, como representantes de la Familia Carmelita. También participarán otros miembros de nuestros respectivos Consejos Generales.

Este feliz acontecimiento es una buena ocasión para entablar relaciones con la Compañía de Jesús, a la que agradezco su invitación, y es también una ocasión dentro de la propia Familia Carmelita, para reflexionar sobre el don de nuestros santos. En esta carta breve, quisiera, a través de los ojos de Tito Brandsma, reflexionar sobre el don de Teresa de Jesús a nuestra Orden y a toda la Iglesia. Tito Brandsma compartió algunas de las formas que tenemos hoy de pensar en la Familia Carmelita. Fue consciente de cómo el carisma carmelita se da a muchas personas en la Iglesia. Al escribir sobre el Beato Juan Soreth, reconoció la gran labor que éste había realizado al abrir a las mujeres los dones del Carmelo que hasta entonces sólo habían disfrutado los hombres (1). Con este mismo espíritu reconoce el gran don de Teresa a nuestra Orden por el modo en que ayuda a la gente a apreciar más plenamente el carisma carmelita al ayudar a las personas a llegar al conocimiento del misterio de Dios en sus vidas.

Tito no ocultó su aprecio por Teresa de Jesús. Su madre se llamaba Teresa (Titjsie). Cada año, en la fiesta de Teresa de Jesús, Tito escribía una nota especial a su madre con motivo de su fiesta. A lo largo de su vida, rezó con las palabras de Teresa: «Nada te turbe…». Comenzó la traducción de sus obras al neerlandés con la ayuda de otros carmelitas, pero no completó el trabajo, lo que le causó mucha pena. También la biografía que estaba escribiendo estuvo en su mente hasta el final, tan fuerte era su deseo de dar a conocer a esta santa entre los holandeses. Al comentar la traducción con su gran amigo y mentor Hubertus Driessen, conjeturaron hasta qué punto la traducción de las obras de Teresa, que habían publicado en aquella época, había «dado de nuevo al nombre del Carmelo en Holanda una buena reputación como Orden de oración y mística» (2).

Hay dos conferencias de Tito Brandsma que pueden ayudarnos de manera particular a ver el vínculo entre él y Teresa de Jesús. En la conferencia que pronunció en la Universidad de Nimega, en 1932, bajo el título Godsbegrip (La idea de Dios) (3) en el momento de asumir el papel de Rector Magnifico de la misma universidad, encontramos que la idea de Dios que más le atrae es la idea de Dios que entra en la vida de todo ser humano, y que entrará cada vez más en la persona que por su forma de vivir y creer le haga espacio para entrar. En sus palabras:

"Lo que así defiendo y considero indispensable para nuestro tiempo es la contemplación de todo el ser en su dependencia de Dios y su surgimiento de Dios cuya obra hemos de ver en todo y cuyo ser hemos de discernir en todo. También tenemos que reconocer y venerar a Dios en todas las cosas, y en primer lugar en nosotros mismos. Dios se nos revela en el fondo de todas las cosas y en nuestro propio fondo. Dios desea ser visto y conocido. En ningún lugar de Dios para ser conocido mejor que en el fondo de nuestro ser. Si el pensamiento sobre la inhabitación de Dios, sobre la total dependencia de toda la naturaleza humana de Dios, de la guía y la revelación de Dios estuviera vivo en todo, actuaríamos de manera muy diferente y ajustaríamos nuestro comportamiento para estar en sintonía con la revelación de Dios".(4)

Al pronunciar estas palabras, es posible que Tito estuviera pensando en Teresa, de quien aprendió como es la unión del alma con Dios y la presencia constante de Dios en la vida de la persona humana. Entre la serie de diez conferencias que Tito Brandsma pronunció en su gira por los Estados Unidos de América en 1935, una de ellas estuvo dedicada íntegramente a Teresa de Jesús. En esta conferencia, de acuerdo con su comprensión de la idea de Dios, mostró, apoyándose sobre todo en el Castillo Interior, cómo Teresa sostenía la idea de que Dios entraba cada vez más en la vida de las personas que conocen a Dios, aceptan a Dios y buscan conocer cada vez más su amor. En palabras de Tito:

"Santa Teresa pinta la vida mística como algo que se desarrolla en el alma, según la capacidad natural del alma, como la última realización de las potencias humanas. Éstas han sido implantadas por Dios en la naturaleza humana y se realizarán cuando el alma sea consciente de su posibilidad de alcanzar ese grado máximo de perfección y, por tanto, se entregue por entero en manos del Señor, que es el único capaz de llevarla a la más alta de las elevaciones. Para todo esto, no se le pide al alma otra cosa que cumplir los deseos y anhelos de Dios, poner su confianza en Él y sólo en Él encontrar su felicidad. A Dios le gusta tener un amor ordenado y él mismo ordenará ese amor en el alma" (5).

Tito admiraba a Teresa por la maravilla de su experiencia y doctrina. También la admiraba por su obra de reforma, creyendo que su reforma beneficiaba no sólo a las carmelitas descalzas, sino también a las carmelitas de la antigua observancia.

En un lenguaje que resuena con la tradición descalza, Tito dice:

"Ciertamente María ocupa el primer lugar en la veneración de sus hermanos y hermanas, pero no consideran que sea una derogación de esa madre amada, cuando honran a la más agraciada de sus hijos como otra madre, una madre que no les dio la existencia, es cierto, pero que los regeneró a una nueva vida" (6).

Ahora nos encontramos en tiempos y circunstancias que nos desafían a ser conscientes de la verdadera naturaleza de nuestra vocación, y a responder a ella con vidas que den auténtico testimonio de esa vocación. Hemos de vivir de una manera que sea fiel a lo que decimos de nosotros mismos, personas llamadas a vivir en fidelidad a Jesucristo, como personas contemplativas cuyas vidas están moldeadas por la oración, la fraternidad y el servicio, y que siguen en sus vidas los ejemplos de María y Elías. Tito vio en Teresa a una santa que decidió volver a la inspiración original de nuestra orden, y purificar la vida de la Orden de todas las costumbres y habitudes que se habían acumulado a lo largo de los siglos y que servían para alejar a sus miembros de su vocación original.

En este momento de gracia, mientras nos alegramos por la noticia de que Tito Brandsma sea declarado santo, y honramos la canonización de Teresa de Jesús, no se nos puede escapar que tenemos todos los motivos para dar gracias a Dios, para renovar nuestras vidas, y para tener confianza en la vida que hemos elegido, o mejor dicho, que Dios ha elegido para nosotros. Con alegría y compromiso compartiremos esa vida y esa sabiduría con la Iglesia en su conjunto y con cada una de nuestras iglesias locales. Por eso, en el breve tiempo disponible, invito a nuestras comunidades de todo el mundo a celebrar el cuarto centenario de la canonización de Santa Teresa de Jesús, y a hacerlo, cuando sea posible, junto con los miembros de la Familia Carmelita Descalza.

Que el recuerdo y el honor que damos a Santa Teresa de Jesús y a nuestro nuevo próximo santo Tito Brandsma, fortalezca en cada uno de nosotros nuestro deseo de ver el rostro del Dios vivo y de hacer su voluntad en todas las cosas.

Míceál O’Neill, O. Carm.

Prior General
5 de marzo de 2022


T. Brandsma, A New Dawn, The Carmelite Nuns, Bl. John Soreth, in Carmelite Mysticism Historical Sketches, Darien, Illinois: The Carmelite Press, 1986, 36-43.
A. Staring, Fr. Titus Brandsma and St. Teresa of Avila, in Essays on Titus Brandsma, Rome: Carmel in the World Paperback, 1985. p. 207
T. Brandsma, Mysticism in Action, Collected Works. Editors. Joseph Chalmers and Elizabeth Hense, Rome: Edizioni Carmelitane, 2021, 95-124.
T. Brandsma, The Idea of God, in Mysticism in Action, Collected Works. Editors Joseph Chalmers and Elizabeth Hense, Rome: Edizioni Carmelitane, 2021, p. 121.
T. Brandsma, St. Teresa. The Growth of the Mystical Life, in Carmelite Mysticism Historical Sketches, Darien, Illinois: The Carmelite Press, 1986, p.46.
Quoted in A. Staring, Fr. Titus Brandsma and St. Teresa of Avila, in Essays on Titus Brandsma, Rome: Carmel in the World Paperback, 1985. p. 208.

domingo, 13 de marzo de 2022

CARTA DEL PREPÓSITO GENERAL DEL CARMELO DESCALZO, a propósito del IV Centenario canonización Santa Teresa 12 de marzo 1622-2022

Carta de nuestro Prepósito General a propósito de este acontecimiento: 
 
Queridos hermanos y hermanas: Este año estamos de aniversario. Y es uno muy especial: 400 años de la canonización de nuestra Santa Madre Teresa. Todo el Carmelo Teresiano se une en la celebración agradecida de aquel 12 de marzo de 1622, y lo hacemos celebrando con toda la Iglesia el don de la santidad de Teresa y de los beatos que fueron con ella canonizados. Antes de entrar en algunas notas de la santidad de Teresa, saludamos a los cuatro compañeros de canonización. En cada uno de ellos vemos una Palabra de Dios recién estrenada y oportuna para nuestro tiempo. Un espejo en el que mirarnos para auscultar el hoy de Dios y aventurarnos al futuro con la confianza de los santos: 

San Isidro Labrador: La sencillez del trabajo que dignifica la vida ordinaria, convirtiendo los desiertos cotidianos en tierra fecunda, por la fe y el amor sin brillo. Teresa fue también mujer divina, pisando firme la tierra de su tiempo. 

San Ignacio: Una historia marcada por una herida que cambia la vida, y que se hace camino de encuentro y desafío valiente, para la mayor gloria de Dios. El discernimiento que ayuda a hacer verdad. Todo en Teresa es una herida abierta de amor, y todo en ella nos enseña a discernir el verdadero amor de Dios. 

San Francisco Javier: Cuando el amor está vivo y quema dentro no hay obstáculo, ni distancia, ni idioma que impida comunicar la verdad del Jesús que sonríe, hasta los confines del mundo. Una misión sin fronteras. Teresa tiene un alma misionera de intrépida conquistadora de sus propias moradas interiores, hasta la principal, donde está el Esposo, Cristo, y esa pasión la lleva a una misión de comunión universal, también sin fronteras. 

San Felipe Neri: Hemos conocido el humor de Dios, que salta y baila de gozo. La sonrisa de Dios hecha creatividad y juego, alegría que contagia, invitándonos a ser buenos, si podemos. Teresa comparte esta alegría, humor, frescura y fiesta de los hijos de Dios. 

Recuerdo las palabras que nos dijo el Papa en la audiencia del 11 de septiembre pasado sobre el humor, que recuerdan una característica fundamental de la santidad: “La alegría debe venir del interior: esa alegría que es paz, expresión de amistad. Otra cosa que puse en la Exhortación sobre la santidad: el sentido del humor. Por favor, no perdáis el sentido del humor.” 

Una vez que hemos recordado algo significativo de los cuatro santos que celebran el Centenario junto a ella, vengamos a Teresa, nuestra madre, con cariño de hijos, para dar gracias a Dios por la santidad de su vida: 

Desde aquel 4 de octubre de 1582 en que la madre Teresa cerraba sus ojos a este mundo en Alba de Tormes, su fama de santidad no dejó de crecer. Sus obras, publicadas por primera vez en 1588, se fueron divulgando y traduciendo a diversas lenguas. Nueve años después de su muerte, en octubre de 1591, la diócesis de Salamanca abrió procesos informativos sobre su vida, virtudes y milagros. En 1595, el Nuncio de Su Santidad, por deseo del rey Felipe II, retomaría los procesos con nuevas declaraciones de testigos en otros muchos lugares. Iba convirtiéndose en clamor el deseo de ver a Teresa de Jesús en los altares. Así pues, prendió velozmente en el corazón de muchos cristianos contagiados de la maravilla de Dios en ella. 

Ante la lluvia de peticiones elevadas a la Santa Sede por parte de innumerables personalidades e instituciones, la Congregación de Ritos llevaría a cabo los trámites necesarios que culminarían, en 1614 con la beatificación de la Madre Teresa por Paulo V. Casi ocho años más tarde, el 12 de marzo de 1622, hace ahora cuatrocientos años, Gregorio XV la canonizó, mediante la bula “Omnipotens sermo Dei”. La solemne ceremonia de canonización compartida con Isidro de Madrid, Ignacio de Loyola, Francisco Javier y Felipe Neri. 

Después de cuatro siglos, sigue llegando hasta nosotros hoy el testimonio incontaminado, como fuego entre las cenizas de la historia, de una mujer tocada por Dios en sus entrañas. Su palabra, fresca como el primer día, nos sigue gritando desbordante de alegría: «Miren lo que ha hecho conmigo» (V 19, 15). Y, como enseña el papa Francisco, «En la medida en que se santifica, cada cristiano se vuelve más fecundo para el mundo» (GE, 33). 

Todos los aniversarios recuerdan un hecho vivo, una fuente que sigue manando; celebración y danza perenne en el corazón de Dios. La memoria pasada se hace hoy sorprendente y eficaz. Así es Teresa de Jesús, experiencia viva de Dios recorriendo nuestras vidas, activando en nosotros la fe en una Presencia Ardiente. 

Hay algo en ella que siempre es provocador, sugerente; que inspira y cuestiona a la vez. Su simpatía,su sentido del humor,su atrevimiento, su inteligencia, su hondura de espíritu, su increíble capacidad para traducir en palabras cómo se ve a Dios con los ojos del alma desnuda, expresado con la transparencia y sencillez de quien, sin defenderse, se deja invadir, y atravesar por la Palabra amorosa de Dios, aceptando el reto.

 ¿Qué viene a la memoria cuando celebramos el IV Centenario de la canonización de nuestra Teresa? ¿Qué queremos revivir o, mejor, qué queremos estrenar? Con ella siempre estrenamos, siempre empezamos a saber de nuevo el camino y aprendemos a caminar, como ella quería, «que lo sepáis de la manera que ello se ha de saber, imprimido en las entrañas» (CE 10,1). 

La raíz de la santidad: el verdadero amador 
Lo primero que trae Teresa es el recuerdo de la fuente de la santidad. Todo lo bueno viene del único bueno: Dios, empeñado en hacernos buenos. Ahí está la raíz de la santidad de todos, también de Teresa, y ella tiene mucha conciencia de esto: «se le pone delante cómo nunca se quita de con él este verdadero amador, acompañándole, dándole vida y ser» (IIM, 4). Todo está ahí. El arte de recibir y dejarse amar, la rendición a ese “sabemos nos ama” en su definición de la oración (V 8, 5). Este es el tejido de la santidad. 

No se cansa de recordarlo. Lo dirá en el Libro de la Vida, «El Señor es el que obra… esta fortaleza no viene de sí» (V 21, 11) y en todos sus escritos. Lo dice en una Cuenta de Conciencia, en la que pone en boca de Dios dónde está la raíz de la santidad: «Nadie piense que por sí puede estar en luz, así como no podría hacer que no viniese la noche, porque depende de mí la gracia… Esta es la verdadera humildad, conocer lo que puede y lo que yo puedo» (CC 28). 

La santidad de Teresa, la misma a la que todos somos llamados, es la aventura que podemos vivir desde que nos damos cuenta de que no estamos huecos en lo interior (cf. C 28, 10) hasta descubrirnos morada de la Trinidad y hacer nuestra aquella experiencia teresiana, donde cuenta que se le dio a entender «cómo las Tres Personas de la Santísima Trinidad que yo traigo en mi alma esculpidas, son una cosa» (CC 47). El camino de la santidad talla en nosotros la luz de la comunión.

 Consciente de todo esto, Teresa relativiza su fama de santidad: «me veía desconsolada algunas veces de oír tantos desatinos; que allá, en diciendo que es una santa, lo ha de ser sin pies ni cabeza. Ríense porque yo digo que hagan allá otra, que no les cuesta más de decirlo» (Carta a Gracián desde Malagón, finales de diciembre de 1579). Teresa se ríe de sí y también de los que la canonizan en vida. 

El camino de la santidad: Los ojos en Él 

La aventura teresiana de la santidad tiene nombre propio, el artista, el maestro escultor es Cristo… no queráis otro camino, ni en la cumbre de la contemplación, ni en la altura de la teología, ni en el barro de las calles, ni en los templos, con su silencio y hermosas liturgias. Apartarse del Cristo humanado, descartar su vida para ser espirituales, es perder el camino. «El mismo Señor dice que es camino; también dice el Señor que es luz, y que no puede ninguno ir al Padre sino por Él» (VIM 7, 6). «No creáis a quien os dijere otra cosa» (VIM 7, 5). 

La santidad es hacerse uno con Cristo, es «otra vida nueva… que su vida ya es Cristo». Ese es el arco que dibuja Teresa desde el Libro de la Vida –otra vida nueva– hasta las Moradas –su vida es Cristo–. Porque, como decía el querido P. Tomás Álvarez, solo somos santos en el amor cruzado entre Él y nosotros. 

Apartarse de Jesús y de su vida es alejarse de la santidad. Teresa es radical en este punto: «todo el daño nos viene de no tener puestos los ojos en Vos» (C 16, 11) porque a partir de ahí, la vida se vuelve ambigua y andamos «como un ave revolando que no halla adonde parar, y perdiendo harto tiempo, y no aprovechando en las virtudes ni medrando en la oración» (VIM 7, 15), descuidando la vida que de verdad deseamos. 

La santidad concreta: realismo teresiano 

Una de las cosas más inspiradoras de Teresa es su realismo, porque hace de la santidad un camino posible de verdad. Su santidad no es etérea, sus palabras tocan tierra para elevarse: «es menester más ánimo para, si uno no está perfecto, llevar camino de perfección, que para ser de presto mártires. Porque la perfección no se alcanza en breve» (V 31, 17). Ha probado la necesidad de permanecer en lo cotidiano. 

«No penséis que no ha de costar algo y que os lo habéis de hallar hecho» (VM 3, 12). El camino es apasionante, no es lo de siempre. Descubrir cómo y por dónde serviremos, para no quedarnos reducidos, es la pasión de la santidad teresiana. De ahí su radicalidad: «es menester no poner vuestro fundamento solo en rezar y contemplar; porque, si no procuráis virtudes y hay ejercicio de ellas, siempre os quedaréis enanas» (VIIM 4, 9). 

La santidad es el reverso de la apariencia, no se trata de cualquier observancia. La santidad amable de Teresa, con el poco a poco que la define, no esquiva el todo o nada de su apuesta, con la imprescindible determinación, donación sin condiciones, perseverancia que no se rinde en las derrotas y caídas, que se deja ayudar y levantar, para vivir en verdad y hacer que «conformen las obras con los actos y las palabras» (ib. 7). 

Atados a la misericordia de Dios: Él reine y sea yo cautiva 

Hay un deseo teresiano que define la santidad y que nos muestra un posible camino para crecer en ella al celebrar este IV Centenario, en este tiempo concreto en que Dios nos ha llamado a la vida. Teresa quería estar atada a Dios y vivir prendida de su misericordia: «que aunque yo me quiera apartar de esta amistad y unión, esté siempre, Señor de mi vida, sujeta mi voluntad a no salir de la vuestra» (MC 3, 15). La misericordia es el hogar donde vive Teresa, el único ámbito en que se siente a salvo. 

Con Teresa queremos vivir atados a la misericordia de Dios, cuidando teresianamente nuestro ser cristianos. Lo dice de manera magistral y preciosa en la última exclamación, la número 17, que habría que saber de memoria: «Viva en mí otro que es más que yo y para mí mejor que yo, para que yo le pueda servir. Él viva y me dé vida; Él reine, y sea yo cautiva, que no quiere mi alma otra libertad» (Excl. 17, 3). Libres de otras ataduras para el servicio de la misericordia, para ocuparnos en la oración, para «ser siervos del amor». 

Atarse a la misericordia dando el corazón, haciéndonos espaldas y acogiendo la mediación humana como nudos que dan fuerza para tener por bien los males. En este vínculo emerge la comunidad, como sello de la santidad cristiana, como peculiaridad teresiana y como testimonio para el mundo: «procurad ser afables… que amen vuestra conversación y deseen vuestra manera de vivir y tratar, y no se atemoricen y amedrenten de la virtud… mientras más santas, más conversables» (C 41, 7). La santidad se nota en la educación, en el trato, en las relaciones que acogen y abrazan la diversidad y construyen en cada ‘otro’ el sagrario en que Dios quiere ser reconocido. Misericordia es dejarse cuidar y cuidar del otro, amor de Dios y del prójimo se autentifican y confirmar en uno (cfr. GE 143-146) 

La santidad de nuestra madre Teresa nos orienta en el camino sinodal que la Iglesia nos propone en este tiempo, haciendo andar juntas a Marta y a María. Nos deja huellas luminosas de fraternidad y valentía, y una dirección cierta, que «deseemos y nos ocupemos en la oración» (VIIM 4, 12), que andemos el camino que Jesús ha recorrido: «Los ojos en Él, y no hayan miedo se ponga este Sol de Justicia, ni nos deje caminar de noche para que nos perdamos, si primero no le dejamos a Él» (V 35 ,14). 

En nombre de mis hermanos y hermanas de todo el mundo, te doy gracias, Señor de las misericordias, por Teresa, nuestra Madre, gracias por el regalo de su vida santa al mundo, a la Iglesia y a todo el Carmelo, porque su presencia hoy sigue siendo luz, fuerza y gracia en la vida de cada uno de los carmelitas. Gracias por seguir regalándonos su magisterio, su experiencia y su palabra que nos anima a ser santos, a dar la vida, a aventurar la vida sin rendiciones, a confiar, y a decirte con sus palabras cada día de nuestra vida, hasta el último suspiro: «vuestra soy, para vos nací, Señor, ¿qué mandáis hacer de mí?» (Poesía 2). 

Fr. Miguel Márquez Calle, OCD, Prepósito General 
Roma, 12 de marzo de 202

martes, 2 de noviembre de 2021

UNA AVENTURA INÉDITA

"Nos une una misma vocación al Carmelo, una misma ilusión por servir al Señor, en el hoy de la historia; tiempo de crisis, tiempo oportuno y bello; tiempo difícil, tiempo fecundo; tiempos recios, decía Teresa, y, por eso, tiempos en los que Dios se regala con nuevo rostro y nueva vitalidad. El Carmelo renace en cada carmelita, se reestrena en la pequeña gran historia de alianza escondida y viva entre Cristo y sus amigos. Las crisis, lejos de apocarnos y asustarnos, nos lanzan a lo esencial y al fuego de los orígenes: “Esta crisis, si tiene algo de bueno — y ciertamente lo tiene— es precisamente devolvernos a lo esencial, a no vivir distraídos por falsas seguridades”. Esto nos dijo el Papa el 11 de septiembre pasado (2021), en nuestro encuentro con él, durante el Capítulo General. El momento que vivimos nos impele a lo ‘esencial’, más que nunca. Además, el Papa nos animó a revisar nuestra salud y a avivar la llama viva de los orígenes: “Este contexto también es favorable para que examinéis el estado de salud de vuestra Orden y alimentéis el fuego de vuestros orígenes”. 

El fuego de los orígenes no es añoranza del pasado. Es fe en el presente fecundo de Dios. El carisma no se agota en los fundadores, sino que se hace rico encarnado en cada época, en cada contexto histórico y geográfico, en lenguajes diferentes, en cada carmelita llamado a ser una resonancia fiel y original de aquella experiencia viva que animó a Teresa de Jesús, a Juan de la Cruz, a Isabel de la Trinidad, a Teresa del Niño Jesús, a Edith Stein, al P. Gracián, al hermano Lorenzo, a Chiquitunga… y a tantos anónimos hijos e hijas de Teresa. El desafío de la llamada recibida nos urge a una aventura inédita en la misma familia de nuestros santos Padres pasados, en profunda comunión con todos nuestros hermanos hoy, y con la mirada en los que están por venir, piedras vivas de un Carmelo que se deja recrear, porque es fiel a sus raíces".

Fr. Miguel Márquez Calle
(Carta de presentación del documento sobre nuestro carisma)

lunes, 27 de septiembre de 2021

LA COMPRENSIÓN CRECIENTE DE NUESTRA IDENTIDAD COMO CARMELITAS DESCALZOS

 "El sexenio apenas concluido nos llevó a los frailes a reflexionar y trabajar en las Constituciones, el texto base de nuestra legislación, con la intención explícita de llegar a una mejor comprensión de nuestra identidad de Carmelitas descalzos hoy. Este trabajo ha sido el fruto y la consecuencia natural de lo que hicimos en la preparación del quinto centenario del nacimiento de Teresa: la relectura sistemática de sus obras nos ha impulsado a encontrar el modo para reapropiarnos y expresar de nuevo la riqueza de nuestro carisma en el contexto actual del mundo y de la Iglesia. “Las Constituciones son la expresión concreta del carisma en el tiempo presente y contienen los elementos fundamentales que lo componen, así como las indicaciones prácticas, incluso jurídicas, que permiten vivirlo” . El esfuerzo realizado en esta relectura ha permitido poner de relieve una brecha entre el ideal que proponen las Constituciones y la realidad concreta y ordinaria de nuestra vida religiosa. En el Definitorio Extraordinario de Goa en febrero de 2019 se encontró en el instrumento de la “Declaración sobre el carisma” el modo apropiado para elaborar un texto que recoja sintéticamente los elementos esenciales del carisma, con el objetivo de que sea un estímulo para la renovación interna de la cual se siente necesidad y que sea la guía para una clara propuesta de nuestra identidad carmelitana a nuestros jóvenes y a los que se acercan a nuestros conventos con una pregunta vocacional. 

Necesitamos transformar nuestro modo de vivir para que pueda ayudarnos a crecer hacia el ideal carismático que nos ha sido dado.

  La propia experiencia de Teresa nos ofrece una comprensión del carisma que podríamos definir como progresiva: nivel personal (el encuentro con las llagas de Cristo), nivel comunitario (San José), nivel eclesial (fundación de los frailes y de otros monasterios), nivel misionero/mundial (el anhelo por la salvación de los indios). Cada momento de este desarrollo ha implicado para Teresa la revisión del modo práctico de vivir su intuición original y ha ido acompañado por una progresiva maduración de la experiencia de la intimidad con Dios, hasta llegar al matrimonio espiritual. En varias ocasiones en sus escritos Teresa nos ofrece páginas de reflexión sobre quien es la carmelita, su función en la Iglesia, su atención al mundo contemporáneo, casi movida no solo por la necesidad de explicar el nuevo tipo de vida que está inaugurando sino también por la conciencia de la dinamicidad intrínseca de la apropiación del propio carisma. 

Los elementos fundamentales de nuestro carisma (oración, vida fraterna, misión) tienen un fuerte principio de unidad e interdependencia recíproca. Para ser carmelita descalzo hoy en los diversos contextos socio-culturales con los cuales la Orden ahora se confronta cotidianamente, el reto que tenemos delante es precisamente el de no perder esta unidad y descubrir modos apropiados de encarnación en los diversos contextos vitales. El recorrido no resulta fácil, a causa de la multiplicidad de impulsos hacia una definición de nuestra identidad que proceden de otras instancias que no son propiamente las carismáticas. ¿Qué es ser carmelita descalzo? ¿Qué es lo que lo caracteriza? ¿Cuál es su relación con la misión y vida de la Iglesia?: hemos caído en la cuenta de que si bien a nivel teórico tenemos aún una cierta unidad de visión, en la práctica de vida, en el modo de aceptar compromisos (pastorales, apostólicos, misioneros, acciones sociales), de organizar la vida (economía, estructura de la comunidad), de pensar la relación entre nosotros a varios niveles (comunitario, provincial, con la Orden), las diferencias son múltiples y comportan el riesgo de socavar a nivel carismático nuestra verdadera identidad y la unidad de nuestra familia religiosa. 

 
La Declaración sobre el carisma es el instrumento que el Capítulo General ofrece a la Orden para que, discutiéndolo y haciéndolo fructificar en nuestras comunidades, podamos crecer en el conocimiento del carisma y proponerlo a nuestro mundo de hoy. 

Se trata de un documento dinámico, punto de partida para múltiples profundizaciones ulteriores. El Capítulo General ha trabajado también en posibles pistas de aplicación del texto como, por ejemplo: reflexiones a nivel comunitario y provincial guiados por fichas adecuadamente preparadas, elaboración de recorridos para la animación vocacional y la formación inicial, profundización de aspectos específicos investigando el gran patrimonio de los escritos de nuestros santos, texto base para una reflexión sobre el carisma guiado a nivel provincial o regional entre frailes, monjas y miembros de la Orden Seglar, pensar conjuntamente estrategias de inculturación del carisma en áreas geográficas comunes. Un rol importante en este trabajo podrían tenerlo las Conferencias regionales de superiores. 

Con claridad el Papa Francisco en la audiencia del 11 de septiembre nos ha recordado cual es nuestro carisma “propio” y lo que la Iglesia espera de nosotros, ayudándonos a encontrar el justo equilibrio y la interconexión entre los elementos fundamentales de nuestro carisma, y la relación correcta entre contemplación y apostolado. “La vida carmelita es una vida contemplativa. Este es el don que el Espíritu ha otorgado a la Iglesia con santa Teresa de Jesús y san Juan de la Cruz, y luego con los santos carmelitas que son tantos. Fiel a este don, la vida carmelita es una respuesta a la sed del hombre contemporáneo, que en el fondo es sed de Dios, sed de eterno: y el hombre contemporáneo tantas veces no lo entiende, lo busca por doquier. La vida carmelita está al abrigo de psicologismos, espiritualismos o falsas actualizaciones que esconden un espíritu de mundanidad. Vosotros conocéis la tentación de los psicologismos, de los espiritualismos y de las actualizaciones mundanas: el espíritu de la mundanidad. Y en esto os pido, por favor: cuidado con la mundanidad espiritual, que es el peor mal que le puede pasar a la Iglesia.”. 

Y el Papa nos ha dicho también: “La amistad con Dios madura en el silencio, en el recogimiento, en la escucha de la Palabra de Dios; es un fuego que hay que alimentar y custodiar día a día. El calor de este fuego interior también nos ayuda a practicar la vida fraterna en comunidad. No es un elemento accesorio, sino sustancial. Vuestro propio nombre os lo recuerda: “Hermanos descalzos”. Arraigados en vuestra relación con Dios, la Trinidad del Amor, estáis llamados a cultivar las relaciones en el Espíritu, en una sana tensión entre estar solos y estar con los demás, a contracorriente del individualismo y la masificación del mundo. […] La Santa Madre Teresa nos exhorta al “estilo de fraternidad”, “el estilo de hermandad”. Es un arte que se aprende día a día: ser una familia unida en Cristo, “hermanos descalzos de María”, con la Sagrada Familia de Nazaret y la comunidad apostólica como modelos.”

Tomado de: Juntos andemos, Señor (CV 26, 6) Documento conclusivo 92° Capítulo General de la Orden de los Carmelitas Descalzos Roma, 30 agosto – 14 septiembre 202

martes, 18 de mayo de 2021

EL MODO CARMELITANO DE SER HUMANO Y CRISTIANO

 

"SER CARMELITA DESCALZO es un modo concreto de vivir la condición humana y la identidad cristiana. El carisma teresiano contiene una antropología, una visión particular de lo que significa ser hombre o mujer, que no es diversa de la que propone el Evangelio, visto desde una perspectiva. Estamos convencidos de que la visión teresiana del hombre demuestra su particular actualidad ante la búsqueda de sentido y de felicidad de la humanidad de hoy".

(Declaración carismática)

jueves, 10 de diciembre de 2020

SAN JOSÉ; UN AÑO JUBILAR

Los superiores generales de las dos familias carmelitanas, Calzados y Descalzos, acaban de publicar una carta conjunta sobre el lugar que ocupa San José en nuestra vida consagrada, en lo devocional y en lo espiritual. Al mismo tiempo el papa Francisco también ha querido dedicar un año jubilar a San José, y lo abre con una carta apostólica, Patris Corde, con motivo de los 150 años de la proclamación del santo como patrono de la Iglesia universal. Me sumaré, compartiendo algunos fragmentos de ambos documentos, entre otros materiales al respecto; también soy devoto del san José, pues a él estaba dedicada mi primera comunidad pastoral, y siempre lo mencioné en la Misa, aun antes de que lo estableciera formalmente la liturgia. Qué San José siga intercediendo por nosotros, en especial por el Comisariato OCD del Caribe, y siendo modelo de nuestro seguimiento cristiano y consagración al servicio de la Iglesia
.


"Este año 2020 hemos celebrado la fiesta de san José en medio de una pandemia que nos ha obligado a permanecer encerrados en nuestras casas. Precisamente en esos momentos hemos sentido todavía de un modo más intenso la necesidad de dirigirnos a aquel hombre justo y fiel, que conoció el cansancio, el exilio y la preocupación por el mañana, sin que decayese su ánimo, creyendo y esperando en Dios, que le había confiado una misión única: custodiar a Jesús y María, la familia de Nazaret, el germen de la nueva familia que Dios regalaba al mundo. El papa Francisco, en su homilía en Santa Marta, nos ha recordado las cualidades de san José: el hombre concreto, capaz de cumplir su obligación con precisión y profesionalidad y, al mismo tiempo, el hombre que entra en el misterio de Dios, más allá de su conocimiento y de su control, frente al cual se postra en adoración1 . Nos hace bien volver a pensar en san José, meditar sobre aquel al que nuestra tradición ha reconocido como patrón y modelo de la vida carmelitana. Y queremos hacerlo juntos, como familia carmelitana, O.Carm. y O.C.D., porque en el culto a san José y en la referencia constante a él, volvemos a encontrar uno de los elementos más valiosos de nuestra común herencia histórica y espiritual. Este año nos invita a hacerlo, además, un significativo aniversario: el de la proclamación de san José como patrono de la Iglesia universal, acontecida hace 150 años, el 8 de diciembre de 1870, por voluntad del beato Pío IX".
(Documento OCD-O.Carm)


"Con corazón de padre: así José amó a Jesús, llamado en los cuatro Evangelios «el hijo de José». Los dos evangelistas que evidenciaron su figura, Mateo y Lucas, refieren poco, pero lo suficiente para entender qué tipo de padre fuese y la misión que la Providencia le confió. Sabemos que fue un humilde carpintero (cf. Mt 13,55), desposado con María (cf. Mt 1,18; Lc 1,27); un «hombre justo» (Mt 1,19), siempre dispuesto a hacer la voluntad de Dios manifestada en su ley (cf. Lc 2,22.27.39) y a través de los cuatro sueños que tuvo (cf. Mt 1,20; 2,13.19.22). Después de un largo y duro viaje de Nazaret a Belén, vio nacer al Mesías en un pesebre, porque en otro sitio «no había lugar para ellos» (Lc 2,7). Fue testigo de la adoración de los pastores (cf. Lc 2,8-20) y de los Magos (cf. Mt 2,1-12), que representaban respectivamente el pueblo de Israel y los pueblos paganos. Tuvo la valentía de asumir la paternidad legal de Jesús, a quien dio el nombre que le reveló el ángel: «Tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1,21). Como se sabe, en los pueblos antiguos poner un nombre a una persona o a una cosa significaba adquirir la pertenencia, como hizo Adán en el relato del Génesis (cf. 2,19-20). En el templo, cuarenta días después del nacimiento, José, junto a la madre, presentó el Niño al Señor y escuchó sorprendido la profecía que Simeón pronunció sobre Jesús y María (cf. Lc 2,22- 35). Para proteger a Jesús de Herodes, permaneció en Egipto como extranjero (cf. Mt 2,13-18). De regreso en su tierra, vivió de manera oculta en el pequeño y desconocido pueblo de Nazaret, en Galilea —de donde, se decía: “No sale ningún profeta” y “no puede salir nada bueno” (cf. Jn 7,52; 1,46)—, lejos de Belén, su ciudad de origen, y de Jerusalén, donde estaba el templo. Cuando, durante una peregrinación a Jerusalén, perdieron a Jesús, que tenía doce años, él y María lo buscaron angustiados y lo encontraron en el templo mientras discutía con los doctores de la ley (cf. Lc 2,41-50). 

Después de María, Madre de Dios, ningún santo ocupa tanto espacio en el Magisterio pontificio como José, su esposo. Mis predecesores han profundizado en el mensaje contenido en los pocos datos transmitidos por los Evangelios para destacar su papel central en la historia de la salvación: el beato Pío IX lo declaró «Patrono de la Iglesia Católica», el venerable Pío XII lo presentó como “Patrono de los trabajadores” y san Juan Pablo II como «Custodio del Redentor». El pueblo lo invoca como «Patrono de la buena muerte». Por eso, al cumplirse ciento cincuenta años de que el beato Pío IX, el 8 de diciembre de 1870, lo declarara como Patrono de la Iglesia Católica, quisiera —como dice Jesús— que “la boca hable de aquello de lo que está lleno el corazón” (cf. Mt 12,34), para compartir con ustedes algunas reflexiones personales sobre esta figura extraordinaria, tan cercana a nuestra condición humana. 


Este deseo ha crecido durante estos meses de pandemia, en los que podemos experimentar, en medio de la crisis que nos está golpeando, que «nuestras vidas están tejidas y sostenidas por personas comunes —corrientemente olvidadas— que no aparecen en portadas de diarios y de revistas, ni en las grandes pasarelas del último show pero, sin lugar a dudas, están escribiendo hoy los acontecimientos decisivos de nuestra historia: médicos, enfermeros y enfermeras, encargados de reponer los productos en los supermercados, limpiadoras, cuidadoras, transportistas, fuerzas de seguridad, voluntarios, sacerdotes, religiosas y tantos pero tantos otros que comprendieron que nadie se salva solo. […] Cuánta gente cada día demuestra paciencia e infunde esperanza, cuidándose de no sembrar pánico sino corresponsabilidad. Cuántos padres, madres, abuelos y abuelas, docentes muestran a nuestros niños, con gestos pequeños y cotidianos, cómo enfrentar y transitar una crisis readaptando rutinas, levantando miradas e impulsando la oración. Cuántas personas rezan, ofrecen e interceden por el bien de todos». Todos pueden encontrar en san José —el hombre que pasa desapercibido, el hombre de la presencia diaria, discreta y oculta— un intercesor, un apoyo y una guía en tiempos de dificultad. 

San José nos recuerda que todos los que están aparentemente ocultos o en “segunda línea” tienen un protagonismo sin igual en la historia de la salvación. A todos ellos va dirigida una palabra de reconocimiento y de gratitud.
(Francisco)

miércoles, 11 de marzo de 2020

FORMACIÓN E IDENTIDAD CARISMÁTICA EN EL CARMELO

Una identidad en formación : El discurso sobre la formación y el discurso sobre la identidad no pueden separarse. La identidad carismática, en efecto, existe solo como identidad-en-formación, o sea, en un proceso de identificación personal y comunitario, y la formación existe solo en función de una identidad a alcanzar. 

La reforma teresiana como camino de formación 

La reforma de Teresa ha sido sobre todo un camino de formación para reaprender a vivir la vocación carmelitana sobre la base de una nueva experiencia de Dios. Sus escritos, particularmente el “Camino de Perfección”, nacen como instrumentos de formación a un determinado modo de vivir la relación con Dios, consigo mismo y con los compañeros de camino. Análogamente, también el retorno a las fuentes del carisma auspiciado por el Concilio Vaticano II debería ser realizado con vistas a una re-forma, para re-aprender a vivir la vida religiosa tal como Teresa nos la ha enseñado. En efecto, debemos reconocer que a pesar del camino que la Orden ha recorrido a partir del Concilio —sobre todo por lo que respecta a la reflexión teórica—, seguimos en busca de una forma de vida que sea plenamente fiel a las intuiciones originarias de Teresa y adecuada a los tiempos en que vivimos. 

La formación integral 

La respuesta a la llamada introduce en una experiencia de vida que tiene sus características específicas y ha sido desarrollada, vivida y transmitida ya por otras personas que constituyen la familia religiosa del Carmelo Teresiano. Para quien ha sido llamado se abre un camino de asimilación y de maduración humana, evangélica, espiritual, intelectual. De este empeño depende el futuro de la propia vocación y cada uno, al responder a la llamada, asume personalmente la responsabilidad de trabajar en la propia formación. 

La comunidad como espacio de formación 

Una buena formación no podrá jamás ser la tarea de una sola persona, sino de una comunidad cohesionada, comprometida en el “desengañarse unos a otros” (V 16,7). La identidad concreta de un grupo se reconoce precisamente en la calidad de su obra colectiva de formación de ellos mismos, así como de los nuevos miembros. Vivir en comunidad día a día nos “forma”, o sea nos acostumbra a pensar, a juzgar y a obrar en un modo y no en otro. 

Toda comunidad es formativa 

La formación no debe limitarse solo a las casas de formación inicial. Todas nuestras comunidades están llamadas a ser estructuras formativas, capaces de estimular y 
acompañar el desarrollo de las personas y de darles una identidad nueva. Toda comunidad ha de ser una realidad que hace crecer y madurar a las personas, las hace más orantes, fraternas, más amigas de Dios y más solícitas del bien de su pueblo. 

Siempre en formación 

Se trata por tanto de saberse habitados por una identidad dinámica, siempre en camino, que crece y se desarrolla. Una vez asumida, es custodiada y actualizada continuamente, también como respuesta a los cambios del contexto en el cual se vive y a los signos de los tiempos. La vida entera del carmelita se convierte en un camino sin pausas, sabiendo que cuando no se avanza, se está parado, y que quien no crece, disminuye. Sobre todo, estamos invitados a vivir en una actitud constante de disponibilidad a aprender y a crecer, con una verdadera docibilitas, que nos abre a una actualización permanente. Esto vale para cada individuo, para cada comunidad y para toda la Orden. En este proceso de formación resulta fundamental la integración progresiva de los votos en la propia vivencia religiosa carmelitana. Los votos no son un estado de vida adquirido y estático, sino valores que es necesario asimilar y poner en práctica día tras día. De esta forma también los votos contribuyen al proceso de formación permanente.

(Tomado de: Declaración carismática OCD)

FRANCISCO HABLA DE TERESA

“En la escuela de la santa andariega aprendemos a ser peregrinos. La imagen del camino puede sintetizar muy bien la lección de su vida ...