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lunes, 28 de noviembre de 2022

DURUELO, TERESA Y EL CARMELO DESCALZO MASCULINO

Duruelo, cuna de los carmelitas descalzos. Concordancias y discrepancias con santa Teresa

Daniel de Pablo Maroto, ocd (“La Santa”, Ávila)


El día 28 de noviembre de 1568 un reducido grupo de frailes carmelitas, entre ellos fray Juan de Santo Matía (san Juan de la Cruz) iniciaron en el “lugarcillo” de Duruelo, como dice santa Teresa, una aventura espiritual que todavía perdura en los carmelitas descalzos. Era un lugar inhóspito, perdido en la ancha y profunda estepa castellana, que tuvieron que abandonar pronto por insalubre y refugiarse en Mancera (Ávila), otro pueblecito cercano. Duruelo, para el Carmen descalzo, ha sido como un espejo lejano en el que mirarse, una medida de su ser, una diminuta simiente que, enterrada en tierra fértil, germinó, como en la parábola del evangelista Marcos, sin que sepamos cómo.

Pero no basta mirar al pasado como miramos la corriente de un río sin posible retorno, un mero espectáculo estético que se presenta y desaparece sin dejar huella, un viento del Espíritu que se evapora, etc.; sino como un remanso de nutrientes del que todavía vivimos. Su recurrencia en nuestra vida me incita a pensar no solo en los primeros padres, sus prácticas orantes, ascéticas y misioneras en la comarca cercana como si fuese una historia pasada, sino como una simiente viva y fecunda confrontándola con lo que queda en nuestros actos de aquella vida. Y, mejor todavía, reflexionar sobre el “estilo” de vida allí implantado por los primeros hermanos y confrontarla con el ideal propuesto por nuestra “madre” Teresa de Jesús.

Es cierto que la madre Teresa no solo les procuró una casucha donde vivir y que ella, con su imaginaria desbordada, pronto transformó en “convento”; ideó la estructura del vestido exterior: hábito marrón y capa blanca recortados del de los carmelitas calzados; se alegró mucho de su “apostolado” en los pueblos cercanos, predicando más con su ejemplo de vida que con sus palabras; pero se asustó del proyecto penitencial inaugurado que podía retraer a las futuras vocaciones, por ejemplo, andar completamente “descalzos”, práctica a la que ella siempre se opuso, aunque ciertamente identificaba a las “reformas” de algunos religiosos del siglo XVI.

Ella soñó con “hombres” de su familia religiosa que viviesen los mismos ideales que iba sembrando en la familia “femenina”; que cumpliesen con la “misión” de la Iglesia que ni ella ni sus monjas podían cumplir “por ser mujeres”. Teresa lloraba por no poder ir a tierras de misión, como testificó en los Procesos canónicos una hija muy querida. Y -muy importante- sacerdotes que ayudasen a sus “monjas” a ser perfectas carmelitas descalzas como santos y sabios confesores, predicadores y directores espirituales con experiencia de las “vías” del Señor; no “medio letrados” que la engañaron con su poco saber, sino auténticos “letrados”, como los encontró en los conventos de los dominicos, franciscanos y jesuitas, y aun en el clero secular.

¿Asumieron los carmelitas descalzos este proyecto ideal de la “madre Teresa”? Este es el problema, la pregunta que la familia teresiana tiene que plantearse siempre en la búsqueda del famoso “carisma” de la orden. Ella es la “Fundadora”, la piedra angular sobre la que debe asentarse el edificio de los frailes. La pregunta que nos podemos hacer a varios siglos de distancia es si los contemporáneos de la madre Teresa la tuvieron como “fundadora” y qué relación tuvieron con ella. Es difícil contestar a la propuesta, pero podemos tener algún indicio para responder a la pregunta. Ciertamente es raro que una mujer “reformase” una orden clerical. Por lo que he indagado en la historia, solo otra mujer en Francia reformó una rama de franciscanos.

Creo que fuera de alguna salida de tono de algún “descalzo”, los frailes tuvieron respeto y admiración por la “madre” Teresa. Ella se permitió, en alguna ocasión, criticar ciertas actuaciones de los descalzos, por ejemplo, que les diesen mejor de comer y que tuviesen cuidado con la higiene, como escribió al padre Gracián cuando preparaban las nuevas Constituciones en el capítulo de 1581; expresó también el deseo de que algunos fuesen “maestros” (doctores) con estudios universitarios. La propuesta no tuvo éxito. No obstante la carencia de títulos académicos, la Reforma teresiana en España creó, posiblemente, la mejor escuela de espiritualidad en el siglo XVII, obra de grandes profesores y escritores de espiritualidad y de mística en sus colegios, y también eminentes en teología y filosofía. ¡Cuánto hubiese gozado la madre Teresa al conocer a estos grandes teólogos místicos y filósofos!

Es verdad que, en los Procesos para la beatificación y canonización, sobre todo los “informativos” desde el año 1591, aparecen pocos carmelitas descalzos, en una enorme desproporción con las “descalzas” y con otras órdenes religiosas. Pero a los frailes descalzos les cabe la honra, en el gobierno del P. Nicolás Doria, de haber recuperado, con poco éxito, el cuerpo de la Santa desde Alba de Tormes al convento de San José de Ávila, al que tenía derecho. Y durante ese mismo gobierno, en el que participó también fray Juan de la Cruz, se imprimieron las Obras de la madre Teresa en Salamanca, 1588. En la “Dedicatoria” a la Emperatriz María de Austria, hermana de Felipe II, el provincial, Padre Doria, le dice: “Estos [tratados] ofrecemos ahora a Vuestra Majestad como la más preciosa joya que tenemos”.

Como participación de la madre Teresa en la vida de los frailes descalzos, recordemos que, desde el año 1575, no solo defendió a los descalzos ante el general de la orden contra la persecución de los calzados, sino que fue la primera que propuso pedir a la Santa Sede una bula de separación de los provinciales de España, siguiendo unidos a la orden. Y la inteligente carmelita María de San José recordó a los descalzos que fueron las monjas quienes subvencionaron el viaje a Roma de dos descalzos para conseguir el preciado documento.

Y termino recordando que la madre Teresa, que comenzó alabando la existencia de los “descalzos” como parte de una familia unida, y que pensó que “esta [la fundación de frailes] era muy mayor merced que la que me hacía en fundar casas de monjas” (Fundaciones, 14, 12); terminó casi lamentando su existencia por los trabajos que le daban: “Algunas veces me pesara que se había comenzado”. Alaba la existencia de las monjas que iban bien, pero las de los frailes “no iban mal, mas llevaba principio de caer mu presto”, y da algunas razones (Ib. 23, 12) (¡!). Los carmelitas descalzos debemos continuar mirando a Duruelo y lo que la madre Teresa nos sigue ayudando a ser fieles a su vida y su magisterio.


(Para más información, cf. DANIEL DE PABLO MAROTO, Ser y misión del Carmelo Teresiano. Historia de un carisma, Madrid, Editorial de Espiritualidad, 2011, 386 pp.).

martes, 24 de agosto de 2021

EL PRIMER CONVENTO DESCALZO...

Lunes 24 de agosto de 1562
: fundación de San José de Ávila por Santa Teresa de Jesús. Aquí está el relato que Teresa hace en el libro de la Vida (36, 5-6) :

"Pues todo concertado, fue el Señor servido que, día de San
Bartolomé, tomaron hábito algunas y se puso el Santísimo
Sacramento, y con toda autoridad y fuerza quedó hecho nuestro
monasterio del gloriosísimo padre nuestro San José, año de mil y
quinientos y sesenta y dos. Estuve yo a darles el hábito, y otras dos
monjas de nuestra casa misma, que acertaron a estar fuera. Como
en ésta que se hizo el monasterio era la que estaba mi cuñado
(que, como he dicho, la había él comprado por disimular mejor el
negocio), con licencia estaba yo en ella, y no hacía cosa que no
fuese con parecer de letrados, para no ir un punto contra
obediencia. Y como veían ser muy provechoso para toda la Orden
por muchas causas, que aunque iba con secreto y guardándome no
lo supiesen mis prelados, me decían lo podía hacer. Porque por
muy poca imperfección que me dijeran era, mil monasterios me
parece dejara, cuánto más uno. Esto es cierto. Porque aunque lo
deseaba por apartarme más de todo y llevar mi profesión y
llamamiento con más perfección y encerramiento, de tal manera lo
deseaba, que cuando entendiera era más servicio del Señor dejarlo
todo, lo hiciera -como lo hice la otra vez- con todo sosiego y paz.
Pues fue para mí como estar en una gloria ver poner el Santísimo
Sacramento y que se remediaron cuatro huérfanas pobres (porque
no se tomaban con dote) y grandes siervas de Dios, que esto se
pretendió al principio, que entrasen personas que con su ejemplo
fuesen fundamento para en que se pudiese el intento que
llevábamos, de mucha perfección y oración, efectuar, y hecha una
obra que tenía entendido era para servicio del Señor y honra del
hábito de su gloriosa Madre, que éstas eran mis ansias.
Y también me dio gran consuelo de haber hecho lo que tanto el
Señor me había mandado, y otra iglesia más en este lugar, de mi
padre glorioso San José, que no la había. No porque a mí me
pareciese había hecho en ello nada, que nunca me lo parecía, ni
parece. Siempre entiendo lo hacía el Señor, y lo que era de mi parte
iba con tantas imperfecciones, que antes veo había que me culpar
que no que me agradecer. Mas érame gran regalo ver que hubiese
Su Majestad tomándome por instrumento -siendo tan ruin- para tan
gran obra. Así que estuve con tan gran contento, que estaba como fuera de mí, con grande oración."

viernes, 27 de noviembre de 2020

DURUELO: LA REBELIÓN DE LOS FRAILES DESCALZOS.

El día 28 de noviembre recordamos los carmelitas descalzos el nacimiento de la orden el año 1568 en Duruelo, un “lugarcillo” de la provincia de Ávila, aventura iniciada por dos personajes ilustres del Carmelo, Fray Antonio de Jesús (Heredia) y Fray Juan de la Cruz. Aquel hecho lejano provoca en nosotros nostalgias y agradecimiento por la herencia recibida. Voces críticas en la familia del Carmen descalzo afirman que fue el P. Nicolás Doria, elegido provincial en 1585, y en puestos de responsabilidad hasta su muerte en 1594, el que introdujo en la Reforma teresiana cambios en la vida de las comunidades que desfiguraron el proyecto primigenio de la madre Teresa. Como el tema es demasiado amplio para tratarlo en hojas volanderas, someto a revisión uno de sus aspectos: la vida ascética del Carmen descalzo. 

La historiadora Teresa escribió la crónica de Duruelo en torno al año 1574 sobre la vida que allí iniciaron los primeros descalzos. Primero conoció la casa destartalada que le regaló un amigo abulense que pronto trasformó en su imaginaria en convento para frailes (Fundaciones, 13, 3). A Juan de la Cruz le había enseñado la madre Teresa la “manera de proceder” de las monjas descalzas en la fundación de Valladolid: la “mortificación”, el “estilo de hermandad”, todo vivido con “moderación” (ib., 13, 5). 
Poco después, en febrero de 1569, conoció también la vida que iniciaron allí los descalzos, de camino a Toledo desde Valladolid, y dejó sus apuntes críticos. Para comenzar, quedó “espantada” ante la decoración del hábitat frailuno: en el zaguán de la casucha, convertido en iglesia (¡!), habían colocado los frailes “cruces y calaveras”, un Cristo de papel pegado al palo de una cruz junto a la pila de agua bendita; el desván lo habían convertido en “coro” (¡!), abierto a las inclemencias del tiempo: lluvias, vientos y nieves. Y en los rincones, “dos ermitillas” (¡!) para dormir, decoradas también con “sus cruces y calaveras”. Y completaban el ajuar los cinco relojes del P. Antonio “para tener las horas concertadas”. Nada que sugiriese un Cristo resucitado y viviente. Pues bien, aquí nació una de las escuelas de espiritualidad y de mística más importantes de la historia (Fundaciones, 14, 1, 6-8).

Aprobó su dedicación misionera en los pueblos cercanos, abandonados pastoralmente, cumpliendo uno de los fines de la rama masculina de su Reforma: la “salvación de las almas”, la misión de confesar y predicar de palabra y con el buen ejemplo (Fundaciones, 14, 8 y 11). Pero criticó los excesos penitenciales, no obstante su mirada emocional a los santos padres del Monte Carmelo donde nació la orden, con fríos, hambres y mucha soledad para la contemplación. 

Pero aquello era un espejo lejano, vida de ermitaños, no imitable por una orden de contemplativos, pero frailes apóstoles, maestros universitarios y urbanícolas. Lo dialogó con ellos, pero oyó una respuesta cerrada: “Les rogué mucho no fuesen en las cosas de penitencia con tanto rigor, que le llevaban muy grande”. “Ellos -escribe con pena- hicieron poco caso de mis palabras para dejar sus obras”. Y -por humildad- atribuyó su propuesta de menor rigor a “ser flaca y ruin”, “imperfecta y de poca fe”. Y les dejó que practicasen las virtudes fuertes de los varones. Fue una espina que llevó clavada en el alma hasta la muerte. La Fundadora daba menos importancia a las penitencias extremas; prefirió vivir en pobreza, en el desclasamiento del yo, prendida de la Providencia divina y en la práctica de la caridad fraternal (Fundaciones, 14, 12). 

Hubo una penitencia extrema que rechazó del todo, a pesar de ser un distintivo de las “reformas” de los religiosos varones de su tiempo: la descalcez absoluta, ni zapatos, ni alpargatas, frailes pisando el polvo y los cantos de los caminos, el agua o la nieve en todo lugar. Y así vivieron los reformados carmelitas “descalzos” desde el año 1568 hasta el 1581. Al parecer, el eminente carmelita descalzo, Juan de Jesús (Roca), atribuyó la práctica al consejo de la madre Fundadora, pero ella protestó airadamente contra el bulo. “Me cae en gracia -escribe- porque soy la que siempre lo defendí [prohibí] al padre Fray Antonio”. Y la razón es clara: tanta penitencia “espantaría” a los “buenos talentos”. Menos mal que se equivocó porque a la Reforma acudieron no solo montaraces ermitaños, no siempre analfabetos, sino gentes de la nobleza, acaudalados hombres de negocios y universitarios con sus títulos, sacerdotes con sus experiencias pastorales. Sí le pareció mal ver a los “descalzos” “en buenas mulas con sus sillas”, como vio ella a unos “mocitos” descalzos. Lo que sí les aconsejó es “que les diesen bien de comer” y el “trabajo de manos” (en Carta a Ambrosio Mariano, 12-XII-76, nn. 7-8). 

La vida penitente de los descalzos y sus quehaceres siguieron su camino y sus relaciones con la madre Teresa fueron intensas y divergentes porque encontramos en sus escritos palabras de dura confrontación, como cuando escribe hacia 1576: “algunas veces me pesara de que se había comenzado [la Reforma de la orden], si no tuviera tan gran confianza de la misericordia de Dios. Digo las cosas de los frailes, que las de las monjas siempre hasta ahora han ido bien. Y las de los frailes no iban mal, mas llevaba principio de caer muy presto […]. Harto fatigada me tenían algunas veces” (Fundaciones, 23, 12). El desgobierno procedía de que no tenían constituciones propias, “en cada casa hacían como les parecía” (¡!). Después, el P. Jerónimo Gracián, nombrado comisario apostólico para los descalzos, “hizo Constituciones para los frailes” y se remedió en parte el desorden (ib., n. 13). 

Termino recordando algunos consejos de la madre Teresa a los frailes descalzos con ocasión de la separación de los calzados en el capítulo de Alcalá de 1581. Lo hizo en unos “memoriales” con sugerencias para incluir en las futuras Constituciones de las monjas y los frailes. En relación con los frailes le pide al P. Gracián que no sean “vicarios” en los conventos de monjas, ni que ellas estén sujetas a los priores; que no platiquen las monjas con los confesores, sino que manifiesten solo sus pecados; rechaza a los “negros devotos” de las esposas de Cristo (Carta del 19-II-81, nn. 1-3). En las cosas de las monjas, “no hay que dar parte a los frailes” (Carta a Gracián, 21-II-81, n. 4). Y, finalmente, que los frailes no abusen de los “rigores” penitenciales haciendo caso omiso de la “moderación” de la Fundadora. “Que aprovechen de dar más de comer a esos padres que suelen” (Carta, 23-II-81, n. 3). Y que “procure vuestra paternidad haya limpieza en camas y pañizuelos de mesa (servilletas), aunque más se gaste” (ib., n. 4). ¡Al fin, fundados por una mujer! Aunque sabía que algunos de sus consejos caerían en saco roto. 

Los “descalzos” carmelitas, varones fuertes, seguirían imponiendo un plus penitencial sobre lo mandado a las monjas considerándose superiores en la vida ascética, rebelándose contra la propuesta de moderación de la reformadora Teresa. Ese ambiente fue profundizándose a partir del gobierno provincial del P. Nicolas Doria y sus secuaces el año 1585, con la “observancia” de las leyes y el recorte de la “misión” apostólica iniciada por el P. Gracián. Pero la semilla estaba sembrada en la fundación de Duruelo y vivida más intensamente en los conventos fundados en lugares alejados de las ciudades, como Mancera, Pastrana, La Peñuela, El Calvario, Altomira, La Roda, etc. Es sabido que la madre Teresa prefería fundar sus conventos en las ciudades ricas y populosas y bien comunicadas y, a ser posible, algunas de los frailes, en ciudades universitarias. Conoció la de Alcalá, Valladolid y Salamanca.

DANIEL DE PABLO MAROTO 
Carmelita Descalzo. “La Santa”. Ávila

lunes, 25 de mayo de 2020

TERESA, TIEMPOS DE PANDEMIA

Comparto un artículo del P. Daniel de Pablo Maroto, ocd, publicado en el blog De la rueca a la pluma, sobre un tema un tema de interés, ligado a la historia y a la situación actual: 

El ‘catarro universal’ (1580) y los ‘quehaceres’ de la ‘contagiada’ Teresa

En tiempos de pandemia, conviene buscar modelos de superación en la historia. Pues bien, entre tantas epidemias como ha sufrido la humanidad, recuerdo el “catarro universal” que sufrieron los españoles a comienzos de agosto de 1580; y lo hago porque santa Teresa de Jesús fue una de las “contagiadas” y su actitud puede ayudarnos a superar la crisis.

Situemos la vida de la madre Teresa en ese momento histórico. Llegó a Valladolid el día 8 de agosto cuando se había ya declarado la enfermedad: “Llegada a Valladolid —escribe— dióme una enfermedad tan grande que pensaron muriera. Quedé tan desganada y tan fuera de parecerme podía hacer nada” (Fundaciones, 29, 1). Pero venía ya algo tocada, como escribe a María de San José en Sevilla: “Yo ando razonable de salud con hartos cuidados y trabajos” (Carta del 6-agosto-80, n. 11).

Sus cartas de este tiempo —pocas en este período de agosto-diciembre— dibujan bien el cuadro patológico de la madre Teresa después del contagio. A partir del 9 de agosto, hay un silencio sospechoso en su correspondencia durante un mes, seguramente porque la enfermedad la obligó a la inactividad total o parcial. En septiembre, comienza a informar de su estado de salud: tiene “achaques ordinarios, en especial de la perlesía” (parálisis) y sin calentura (Cta. a Gaspar Daza, 8-septiembre-80, n. 3). “Yo estoy ya, podemos decir, buena […] y de la flaqueza también lo estoy”. Y se lamenta también de que su “cabeza” no está bien como para escribir de su mano (Carta al P. Gracián, 4-octubre-80, nn. 3 y 10). ¡Ojo, que han pasado casi dos meses del supuesto contagio! Y sigue poco después “con poca salud” (Carta a las Carmelitas de San José, 7-octubre- n. 1).



Es extraño que desde el 6 de agosto del año 1580 no haya escrito a María de San José en Sevilla hasta el 25 de octubre. Y no lo ha hecho por “la poca salud después que estoy en Valladolid” y se encuentra en ese momento “tan flaca la cabeza que no sé cuándo podré escribir de mi letra […]. Sepa —le dice también— que el mal ha sido tanto que no pensaron que viviera. Ya estoy sin calenturas días ha […]”. “La cabeza está tan flaca que aun de notar [dictar] me canso […]. Fue tan grande el hastío, que me enflaqueció más que las calenturas. (Ib. nn. 3, 4 y 11).

Y, finalmente, escribe al P. Gracián que está “buena”, pero “para acabar de estar”, es mejor que le escriba, le dice entre bromas y veras (2-8 noviembre-80, n. 7). Y ya el 20 de noviembre parece que se aleja la tempestad: “Estoy buena, gloria a Dios”, le comenta (n. 2). Eso mismo le dice a María de San José al día siguiente: “Yo estoy mejor, gracias a Dios. Voy tornando en mí, aunque no falta en qué padecer con mis continuas enfermedades y cuidados”. Y las últimas noticias de ese año fatídico: quisiera escribir de su mano, le dice a María de San José, pero “mi cabeza y las muchas ocupaciones […] no dan lugar”. Y se al despedirse: “Yo nunca he acabado de volver en mí del todo” (27-diciembre-80, nn. 1 y 7). El P. Gracián es un testigo excepcional de la decadencia de Teresa después de aquella fecha y lo expuso en algunas de sus obras, no obstante, siguieron dos años de mucha actividad.

Junto a este cuadro, el lector coloque en sincronía el de los “quehaceres” y quedará admirado al ver cómo una persona contagiada por una pandemia, con 65 años cumplidos, con un cuadro clínico de graves enfermedades crónicas, ha podido soportar una carga de problemas, trabajos y preocupaciones, que colmarían la vida de una persona joven, con excelente salud y muy activa. Selecciono los más complejos y que preocuparon a la madre Teresa causados por su familia natural y la mayoría que afectaron a su misión de fundadora. El arco cronológico es el mismo: desde agosto a diciembre de 1580 y la fuente son las mismas cartas.

Comencemos con unos antecedentes muy penosos para la madre Teresa como fue la muerte repentina de su hermano Lorenzo (“de un flujo de sangre”) en su finca de La Serna (Ávila) el 26 de junio de ese fatídico año, estando ella en Segovia. Él le había avisado que presentía su próxima muerte, como así fue (Carta a Lorenzo, 19-junio-80, n. 2). Teresa lo sintió no solo por parentesco cercano, sino porque había sido una ayuda providencial en su misión de fundadora y porque le había confiado la dirección de su alma como maestra de espíritus. La desaparición inesperada de Lorenzo complicó mucho la vida siempre agitada de su hermana que tuvo que resolver los problemas jurídicos y económicos de una hacienda tan complicada de un rico “Indiano” del cual había sido nombrada testamentaria.

Tiene que preocuparse de la hacienda que dejó Lorenzo en América; de la ida y la vuelta de la flota o la armada que traía noticias y dineros sirviéndose de los servicios de María de San José, priora en Sevilla; de la devolución de los dineros prestados, entre otros a las monjas de Sevilla; de la fábrica de la capilla de enterramiento en el convento de San José de Ávila; de ayudar a los dos hijos que Lorenzo tenía en España y uno en Las Indias. De Teresita con sus tentaciones y escrúpulos morales, monja en San José; y de Francisco, moviéndose entre el casorio o profesar en el Carmelo descalzo, iniciándose en el noviciado de Pastrana y abandonando poco después; problemas que se plantean si profesa qué sucede con la herencia del padre, a compartir también con su hermana Teresita. Finalmente, intentando el casorio de Francisco con una joven de Segovia que no llegó a buen puerto.

Por otra parte, su hermano Pedro, un pobre neurasténico que dio preocupaciones al bueno de su hermano Lorenzo y seguía en la misma situación con su hermana Teresa y su sobrino Francisco y ella tuvo que intervenir para solucionar el problema. Y todavía le quedaba tiempo para aconsejar a la priora de Sevilla, María de San José cómo tiene que cuidar sus “hinchazones” con “con infusión de ruibarbo” por la mañana; pero que, por si acaso, que consulte con el médico (Carta del 27-diciembre-80, n. 2).

Finalmente, le quedaba tiempo para dar la triste noticia al sobrino Lorenzo en Las Indias para recuperar la hacienda de su padre y dejando aquí una hija natural de la que también tuvo que ocuparse su tía Teresa, preocupada de que el padre le enviase dineros para su alimentación y crianza (Cf. Cartas a él, desde Valladolid, 27-XII-80; y Ávila, 15-XII-81, n.4-5).

Con razón, se lamentaba de tanta baraúnda de asuntos, lejos de su soñada vida de clausura en compañía de sus hijas y hermanas y que nos hace comprender su lamento: “¡Oh, mis hijas, qué cansancio y contiendas traen consigo estas haciendas temporales. Siempre lo pensé y ahora lo tengo visto por experiencia. Que, a mi parecer, que todos los trabajos que he traído en las fundaciones en parte no me han desabrido ni cansado tanto como estos; no sé si lo ha hecho la mucha enfermedad, que ha ayudado” (Carta a las monjas de San José, Valladolid, 7-octubre-80, n. 10).

No he recordado las preocupaciones previas vividas por la persecución de los calzados contra su Reforma de monjas y frailes y el seguimiento del proceso de los descalzos hasta conseguir la independencia de los provinciales de España cuyo documento papal ya se había recibido. Y, finalmente, la fundación de Palencia que, inaugurada pronto y sin grandes problemas, también era una preocupación en su cuerpo maltrecho.


Al concluir esta accidentada y resumida historia, queda la pregunta: ¿Es posible seguir cuestionando el valor de la experiencia mística cristiana expuesta en las Moradas? Los que siguen pensando que los místicos viven en la región de Babia, en Las Batuecas, o perdidos en los Cerros de Úbeda, que lean las obras de santa Teresa, al menos las páginas que he utilizado para pergeñar este doloroso y luminoso panorama de la vida de Teresa de Jesús. La mística cristiana no aliena, sino que encarna en la historia a los místicos, es creadora de grandes empresas, como deja entrever este relato.

miércoles, 28 de noviembre de 2018

DURUELO: ORIGEN Y META DEL CARMELO DESCALZO MASCULINO


DURUELO
28 de noviembre de 2018

Se cumplen hoy 450 años del comienzo de la vida de los carmelitas descalzos en su primera comunidad, Duruelo. Como sabemos, la fundación duró muy poco y puede ser considerada como un primer intento de establecer una vida carmelitano-teresiana masculina, necesitado todavía de muchas correcciones y ajustes. En este sentido, no podemos poner al mismo nivel la fundación del monasterio de San José de Ávila, planta robusta bien enraizada desde el inicio, con el pequeño brote de Duruelo, en busca de una identidad y un terreno propicio para su crecimiento. La historia de los carmelitas descalzos nace así –y quizás así permanece siempre caracterizada- de la provisionalidad y de la inquietud: somos exiliados, en camino hacia una patria que no se encuentra a nuestras espaldas, sino más bien delante de nosotros. Reconozcámoslo: no es fácil vivir en constante tensión, no es fácil atravesar el desierto con todos sus obstáculos, peligros y tentaciones, guiados solamente por la promesa de una tierra en la cual podremos habitar de modo estable.
Sin embargo, al decir estas palabras, nace en mi espíritu una especie de consuelo: ¿No es precisamente esta la experiencia de nuestro padre y hermano fray Juan de la Cruz? Si es cierto que no podemos contar con un lugar y una historia “encantada”, no nos falta, sin embargo, un alma, un rostro, un carisma en el cual reencontrarnos y asentarnos. Me atrevería a decir que la historia de los carmelitas descalzos no es tanto la que se puede reconstruir a partir de los documentos y de los archivos, cuanto aquella que cada hijo de santa Teresa emprende saliendo en la noche, sin otra luz que aquella que le arde en el corazón, hacia el objeto del deseo o, mejor: atraído por la fuerza de Aquél que lo desea y lo espera. Es la historia de una “dichosa ventura”, en la cual se gana más cuanto más se pierde; cuanto más uno se aleja, tanto más se acerca; cuanto menos se es protagonista, tanto más se participa en el protagonismo del Espíritu de Dios en la historia.
No debería maravillarnos que, en los orígenes de los carmelitas descalzos, no encontremos otra cosa que un punto sobre un mapa en un gran espacio vacío, una nada que dice que aquello que cuenta no se encuentra allí. Y entonces no tiene sentido detenerse, es necesario continuar caminando, buscando, interrogando e interrogándose. Este es el esfuerzo que lleva consigo ser carmelitas descalzos y esta es nuestra verdadera y profunda descalcez. ¡Y cuantos riesgos se esconden en ella! Como al pueblo de Israel en el desierto, el camino nos pesa, deseamos ser como los otros pueblos, con sus tranquilizantes divinidades, tenemos nostalgia del Egipto del cual hemos salido, nos rebelamos contra quienes nos guían, despreciamos los dones con los que el Padre nos sostiene en el camino y, finalmente, tenemos miedo de entrar en la tierra prometida.
¿Quién puede continuar en este éxodo? Solo quien se ha encontrado con el Dios vivo, solo quien ha hecho la experiencia del fuego que no se consume, de la “llama de amor viva”. En el origen de nuestro camino no hay muros ni estructuras: hay una llama que brilla en la noche
. Era la llama que ardía en el corazón de Teresa y que se encendió también en el corazón de Juan en aquel bendito encuentro en el monasterio de Medina. Fue allí donde se concibió nuestro modo de ser carmelitas, fielmente, pero también en modo diverso a como habíamos sido hasta entonces.
Teresa, después de cinco años de vida feliz en la comunidad de San José, siente su corazón dilatarse, escucha la voz del Señor que le dice: “Espera un poco y verás grandes cosas” (F 1,7-8). Sin que ella lo quiera, ya el Espíritu la está lanzando al mar espacioso de la Iglesia universal. Y el pequeño, jovencísimo fray Juan, se deja envolver en esta aventura, acepta el riesgo de una novedad que humanamente debía parecerle bastante frágil e insegura. No obstante, no se deja intimidar por las valoraciones humanas y los cálculos racionales: se fía de la palabra de Dios que siente resonar en la voz de una mujer experta y apasionada.
Y, de este modo, empiezan a caminar juntos. Esta es la otra condición para poder afrontar el camino hacia la tierra prometida: recorrerlo juntos. Quizás si todavía hoy, 450 años después de Duruelo, la meta nos resulta lejana, es porque hemos caminado en modo demasiado solitario, permitidme decirlo: demasiado masculino y demasiado clerical. Teresa debió presentir este riesgo y por ello quiso conducir consigo a fray Juan a Valladolid, para que experimentase el estilo de fraternidad propio de sus comunidades. Juan lo vio y, estoy convencido, lo comprendió y lo hizo suyo. Pero ¿consiguió transmitirlo también a sus hermanos? Los tiempos no eran fáciles, como nos enseña la historia. Hoy, sin embargo, hermanos, en medio de tantas dificultades, de tantas debilidades y fragilidades, tenemos una gran oportunidad. Hoy, después de tantos fracasos históricos y eclesiales y de tanta experiencia de gracia, nos es dado recomenzar no desde la fuerza, sino desde la debilidad, no desde la potencia, sino desde la impotencia ¡Bendita nuestra debilidad y nuestra impotencia si gracias a ellas renunciamos a nuestra autosuficiencia y nos abandonamos en las manos de los hermanos! Si cesamos de defendernos los unos de los otros, si comenzamos a hablarnos y a conocernos, entonces llegaremos a la meta, esa meta que Duruelo nos señala como una flecha, como una indicación que orienta en el camino. Desde aquí empezamos de nuevo, con el único equipaje que necesitamos para el camino: ser hermanos, ser descalzos, tener como hermana la Virgen María.


Mensaje del P. Saverio Cannistrà, ocd, Prepósito General, con motivo del 450º aniversario de la fundación de Duruelo.

sábado, 5 de octubre de 2013

REGLA PRIMITIVA DEL CARMELO.

REGLA "PRIMITIVA" 
DE LA ORDEN DE LA BIENAVENTURADA VIRGEN 
MARIA DEL MONTE CARMELO, 
DADA POR SAN ALBERTO, PATRIARCA DE JERUSALEN, 
Y CONFIRMADA POR INOCENCIO IV
.

1. Alberto, llamado a ser Patriarca de la Iglesia de Jerusalén por la gracia de Dios, a los amados hijos en Cristo Brocardo y demás ermitaños, que viven bajo su obediencia junto a la fuente de Elías, en el Monte Carmelo, salud en el Señor y bendición del Espíritu Santo.
2. En distintas ocasiones y de muchas maneras (cf Hb 1,1) los santos Padres dejaron establecido el modo cómo cada uno (sea cual fuere su estado o el género de vida religiosa que abrazó) ha de vivir "en obsequio" de Jesucristo (cf 2Co 10,5), sirviéndole lealmente con corazón puro y buena conciencia (cf 1Tm 1,5). Pero, como nos pedís que os demos una fórmula de vida adecuada a vuestro proyecto común, para guardarla obligatoriamente en lo sucesivo:
Prior y vínculos sagrados
3. Disponemos, en primer lugar, que tengáis a uno de vosotros como prior; el cual será elegido para el cargo por unanimidad o, al menos, por acuerdo de la mayoría más grave. A él prometerá obediencia cada uno de los demás y tratará de cumplirla de veras con las obras (cf Jn 3,18), acompañando ese compromiso con los de castidad y renuncia a la propiedad.
Lugares para vuestra residencia
4. Podréis estableceros en los desiertos o en otros lugares que se os donaren y sean del todo idóneos para la observancia de vuestra vida religiosa, según lo juzguen conveniente el prior y los hermanos.
Celdas de los hermanos
5. Además, en vista de la situación del lugar escogido para residencia, tenga cada uno de vosotros celda individual y separada, que le habrá asignado el prior mismo, con la anuencia de los otros hermanos o de los más graves.
Mesa común
6. Haced esto, sin embargo, de manera que toméis en un refectorio común los alimentos que os repartieren, mientras escucháis juntos algún fragmento de la Sagrada Escritura, cuando pueda efectuarse sin dificultad.
Autoridad del prior
7. A ningún hermano le estará permitido, sin la licencia del prior que hubiere por entonces, mudarse de celda asignada, ni intercambiarla por otra.
La celda del prior estará a la entrada del lugar de residencia, para que sea él quien primero reciba a los visitantes, y disponga luego, a discreción, cuanto se haya de hacer.
Oración contínua
8. Permanezca cada uno en su celda, o en las proximidades, meditando día y noche la ley del Señor (cfr 1P 4,7), a no ser que se halle justificadamente ocupado en otros quehaceres.
Liturgia de las horas
9. Los que saben rezar las horas canónicas con los clérigos, las recitarán conforme a las disposiciones de los santos Padres y a la costumbre legítima de la Iglesia. Los que no sepan, dirán veinticinco padrenuestros por maitines, excepto los domingos y solemnidades, en cuyo oficio de vigilia mandamos duplicar ese número, de manera que se repita la oración dominical cincuenta veces. Se dirán siete padrenuestros en las laudes de la mañana, así como en las restantes horas, menos vísperas, en que deben rezarse quince.
Renuncia a la propiedad y comunidad de bienes
10. Ningún hermano considerará nada como suyo propio. Tenedlo todo en común (cf Hch 4,32; 2,44). El prior, por medio del hermano que haya designado para ese oficio, distribuirá a cada uno cuanto le haga falta (cf Hch 4,35), atendiendo a la edad y a las necesidades personales.
Lícita posesión de algunos bienes en común
11. Se os autoriza la posesión de asnos o mulos, en la medida de lo preciso, así como la cría de algunos animales o aves.
Oratorio para el culto divino
12. Construid, si ello es posible sin mayor incomodidad, en medio de las celdas el oratorio, donde habéis de reuniros cada mañana para participar en la celebración de la misa, cuando resulte fácil en la práctica.

Colación de tema espiritual y corrección fraterna
13. Asimismo los domingos u otros días, si fuere menester, tened juntos una colación sobre la observancia en la vida común y la salvación de las almas. En este encuentro se corregirán también con caridad las faltas y culpas de los hermanos, de haberlas en alguno.
Ayuno
14. Guardad ayuno todos los días, menos los domingos, desde la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz hasta el día de la Resurrección del Señor, a no ser que la enfermedad o debilidad física u otra causa razonable aconseje su dispensa, pues la necesidad no está sujeta a ley.
Abstinencia
15. Observad la abstinencia de carne, a menos que la toméis como remedio en caso de enfermedad o debilidad. Y ya que, debido a los viajes, tenéis que mendigar a menudo vuestro sustento, fuera de casa podréis comer legumbres preparadas con carne, a fin de ahorrar molestias a quien os dé hospedaje. Pero queda autorizada la comida de carne en las travesías.
Armas para el combate espiritual
16. Puesto que la vida del hombre en este mundo es tiempo de prueba (cf Jb 7,1), y todo el que se propone vivir como buen cristiano sufre persecución (cf 2Tm 3,12), y vuestro enemigo, el diablo, como león rugiente, ronda buscando a quien devorar (cf 1P 5,8), procurad con toda solicitud poneros las armas que Dios os da para poder resistir a las estratagemas del diablo (cf Ef 6,11).
Abrochaos el ceñidor de la castidad (cf Ef 6,14). Protegeos con el peto de piadosas consideraciones, pues escrito está: "El pensamiento santo te guardará" (Pr 2,11,según los LXX). Por coraza vestíos la justicia (cf Ef 6,14), a fin de amar al Señor, vuestro Dios, con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas (cf Dt 6,5), y al prójimo como a vosotros mismos.
Tened siempre embrazado el escudo de la fe, que os permitirá apagar las flechas incendiarias del malo (cf Ef 6,16); pues sin fe es imposible agradar a Dios (cf Hb 11,6). Tomad por casco la salvación (cf Ef 6,17), confiando en el único Salvador que libera a su pueblo de los pecados (cf Mt 1,21).
Que la espada del Espíritu, toda palabra de Dios (cf Ef 6,17), os pueble colmadamente (cf Col 3,16) los labios y el corazón (cf Rm 10,8). Y cuanto hagáis, realizadlo por la palabra del Señor (cf Col 3,17; 1Co 10,31).
Laboriosidad
17. Empleaos en algún trabajo, para que el diablo os halle siempre ocupados; no sea que, por culpa de la ociosidad, descubra el maligno brecha por donde penetrar en vuestras almas. Tenéis a propósito la enseñanza, así como el ejemplo del apóstol san Pablo, por el que hablaba Cristo (cf 2Co 13,3), y al que Dios nombró pregonero y maestro para predicar a los paganos la fe y la verdad (cf 1Tm 2,7). Si lo seguís, imposible equivocaros. Escribe él: "No vivimos entre vosotros sin trabajar, sino que trabajamos y nos cansamos día y noche, a fin de no ser carga para nadie. No es que no tuviésemos derecho para hacerlo, pero quisimos daros un ejemplo que imitar. Cuando vivimos con vosotros, os lo mandamos: 'El que no trabaja, que no coma'. Porque nos hemos enterado de que algunos viven sin trabajar, muy ocupados en no hacer nada. Pues a esos les mandamos y recomendamos, por el Señor Jesucristo, que trabajen con tranquilidad para ganarse el pan" (cf 2Ts 3,7-12). Este es un buen camino de santidad: ¡a recorrerlo! (cf Is 30,21).
Práctica del silencio
18. Valora el Apóstol el silencio, por el hecho de imponerlo en el trabajo (cf 2Ts 3,12). Y como afirma el Profeta: Obra de la justicia es el silencio (cf Is 32,17). Y en otro lugar: "Vuestra fuerza estriba en callar y confiar" (Is 30,15). Por tanto, ordenamos que guardéis silencio desde la terminación de completas hasta después del rezo de prima del día siguiente. Fuera de este tiempo, aunque la práctica del silencio no sea tan estricta, evitad cuidadosamente la charlatanería; pues, como enseña la Escritura y lo abona la experiencia: "En el mucho hablar no faltará pecado" (Pr 10,199. Y: "Quien suelta los labios, marcha a la ruina" (Pr 13,3). Y también: "El locuaz se hace odioso" (Si 20,8). El Señor, a su vez, advierte en el Evangelio: "De toda palabra ociosa que hablen los hombres darán cuenta en el día del juicio" (Mt 12,36). Por consiguiente, que cada uno haga balanza y pesas para sus palabras, y puerta y cerrojo para su boca (no sea que resbale a causa de la lengua y caiga, y su caída resulte mortal sin remedio) (cf Si 28,29-30), vigilando su proceder, conforme al aviso del Profeta, a fin de que no se le vaya la lengua (cf Sal 38,2). Que cada cual se afane con todos sus cinco sentidos por guardar el silencio, obra de la justicia (cf Is 32,17).
Humilde servicio de autoridad
19. Tú, hermano Brocardo, y cualquiera que te suceda en el cargo de prior, recordad siempre y poned puntualmente por obra la máxima del Señor en el Evangelio: "El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo" (Mt 20,26-27; cf Mc 10,43-44).
Obediencia obsequiosa al prior
20. Por vuestra parte, los demás hermanos, tratad con deferencia y humildad a vuestro prior, fijándoos, más que en su persona, en la de Cristo, que os lo puso como superior, y que afirma a propósito de los pastores de la Iglesia: "Quien a vosotros os escucha, a mí me escucha; quien a vosotros os rechaza, a mí me rechaza" (Lc 10,16). Hacedlo así, para que no os condenen en el juicio por menosprecio de la autoridad; antes bien, os recompensen con la vida eterna, en pago de vuestra obediencia.
Conclusión

21. En las breves páginas de este escrito os dictamos la norma de vida, a la que habéis de ajustar vuestra conducta. Si alguno rebasare el estricto cumplimiento de la misma, el Señor, a su vuelta, se lo retribuirá. Procédase, sin embargo, con discreción, ya que ella atempera la práctica de las virtudes.

martes, 17 de septiembre de 2013

SAN ALBERTO DE JERUSALÉN

Nacido hacia la mitad del siglo XII en la ciudad de Castel Gualtieri en Emilia (Italia), ingresó en los Canónicos Regulares de la Santa Cruz de Mortara (Pavía), y fue su prior en 1180. Obispo de Bobbio en 1184, es trasladado al año siguiente a Vercelli, donde gobernó durante veinte años. Durante este período desempeñó, con firmeza y prudencia, misiones de alcance nacional e internacional. Fue mediador de paz entre las ciudades de Pavía y Milán en 1194 y entre las ciudades de Parma y Piacenza cinco años después. En 1191 celebró un sínodo diocesano de gran valor en la parte disciplinar, que ha continuado sirviendo de norma hasta los tiempos modernos. Desarrolló también una gran actividad legislativa a favor de las órdenes religiosas: dictó los estatutos para los canónicos de Biella y se cuenta entre los consejeros para la regla de los Humillados.
Fue elegido en 1205 Patriarca de Jerusalén y poco después nombrado legado papal para la provincia eclesiástica de Jerusalén. Llegó a Palestina a principios de 1206 y fijó su residencia en Accon (Acre), al estar Jerusalén ocupada por los sarracenos. En Palestina desarrolló una notable actividad de pacificación no sólo entre los cristianos, sino también entre éstos y los no cristianos, y realizó su misión con gran energía. Durante su patriarcado, reunió en comunidad a los ermitaños del Monte Carmelo y les dió una Regla. El 14 de septiembre de 1214, durante una procesión, Alberto fue asesinado a puñaladas por el Maestro del Hospital del Espíritu Santo, al cual había reprendido y depuesto de su cargo por su mala vida.
Su espiritualidad

Por los años 1206-1209, a petición de los eremitas que moraban en el Monte Carmelo, entregó al "hermano B (rocardo) y compañeros" una Norma de vida o Regla, que llamamos "Regla de San Alberto".

Alberto codificó en breves trazos, ricos en citas bíblicas, la tradición monástica del Carmelo. Son normas concretas y prescripciones disciplinares, que insisten, sobre todo, en la meditación de la Palabra de Dios para mejor servir a Jesucristo, en la oración, silencio,´ disciplina y trabajo.

La entregó en un solo cuerpo, pero hoy la tenemos dividida en un prólogo, dieciocho capitulillos y un epílogo.

Cantidad enorme de autores de dentro y fuera de la Orden han comentado durante estos más de siete siglos que cuenta de vida, este maravilloso documento legislativo-espiritual.

Muchos hombres y mujeres se santificaron observando esta Regla, que fue aprobada y renovada por varios Pontífices.

El himno antiguo del Oficio de Lecturas de su fiesta sintetizaba así su espiritualidad:

Alberto, sol refulgente, / pastor y legislador, / tus hijos hoy te celebran, / escucha su invocación./ De la paz y la concordia, Imensajero sembrador,/ eres faro que nos das / en fe y costumbres fulgor. / Patrias fronteras rebosa / de tu virtud el olor; / y llena Jerusalén / tu dignidad y tu honor./ Resplandeciendo en la Iglesia/santo y prudente rector, len santa Regla al Carmelo / guias por sendas de amor. / Haz que en nosotros aumenten / caridad, gracia, oración; / y contigo a Dios rindamos / sempiterna adoración. Amén

sábado, 24 de agosto de 2013

HERENCIA TERESIANA

Las cuatro primeras carmelitas descalzas

 Enseguida creció el grupo, pero aquella mañana del 24 de agosto de 1562, solo cuatro mujeres iniciaron la aventura del Carmelo descalzo. Las pioneras.
Provenían del ambiente cercano a Teresa, y habían sido presentadas o propuestas por sus cercanos amigos y colaboradores.
El P. Gaspar Daza recomendó a Úrsula de los Santos; Pedro de Alcántara, presentó a Antonia del Espíritu Santo, a quien acompañaba espiritualmente; Guiomar de Ulloa trajo a su criada María de Paz; finalmente, Julián de Ávila, a su hermana María de la Cruz. Veamos algún dato de estas cuatro primeras carmelitas descalzas:
1. Úrsula de Revilla, que tomó el nombre de Úrsula de los Santos (41 años). Natural de Ávila. Hija de Martín de Revilla y María Álvarez de Arévalo. Fue la primera en vestir el hábito carmelita, quizá en atención a ser la mayor de las cuatro. Quedó como responsable de la comunidad cuando Teresa de Jesús tuvo que abandonar el monasterio ese mismo día de la fundación, para regresar a la Encarnación.  Profesó el 21 de octubre de 1564, y en 1574, fallecería en el mismo monasterio donde entró.
2. Antonia de Henao, que tomó el nombre de Antonia del Espíritu Santo (27 años). Nacida en Ávila en 1535. Sus padres fueron Felipe de Arévalo y Elvira Díez de Henao. Profesó, como Úrsula,  el 21 de octubre de 1564. Santa Teresa la llevaba muchas veces en sus viajes como compañera (Medina, Duruelo, Malagón,  Valladolid, Toledo…) y más tarde, con Juan de la Cruz, estuvo en la fundación de  los conventos de Granada y Málaga. Pedro de Alcántara, que  fue su confesor antes de entrar en San José, decía de ella: “tiene más oración labrando en su almohadilla que las religiosas en el Coro”. Murió en el Carmelo de Málaga en 1595.
3. María de Paz, que tomó el nombre de María de la Cruz. Desconocemos su edad. Natural de Ledesma (Salamanca). Era sirvienta en casa de doña Guiomar de Ulloa, y allí trató a menudo con Teresa antes de hacerse monja. Acompañó a la santa en la fundación de Valladolid, donde permaneció hasta su muerte, en 1588.
4. María de Ávila, que tomaría el nombre de María de S. José (37 años). Nacida en Ávila en 1525, hija de un tejedor de paños, Cristóbal de Ávila, y de Ana de santo Domingo. Era la mayor de ocho hermanos. Dos años menor que ella era su hermano Julián de Avila, sacerdote que ayudó a Teresa en sus fundaciones. Fue la última de las cuatro en hacer la profesión,  el 6 de julio de 1566, y fallecería la última también, en el monasterio de san José, en 1604.
Ninguna tenía otra dote que aportar que su corazón enamorado de Cristo y su deseo de vivir radicalmente según un estilo nuevo, basado en el amor, la libertad y la verdadera humildad. En un día como hoy, vale la pena recordar a cada una de estas mujeres, estas “cuatro huérfanas pobres”, piedras vivas del edificio teresiano.

("Para vos nací", web).

sábado, 25 de mayo de 2013

UNA INMENSA MUCHEDUMBRE....

Los Santos del Carmelo son una inmensa muchedumbre de hermanos nuestros que consagraron su vida a Dios, abrazando las enseñanzas del divino Maestro e imitando su vida, y se entregaron al servicio de la Virgen María en la oración, la abnegación evangélica y el amor a las almas, sellado a veces con su sangre. Ermitaños del Carmelo, mendicantes de la Edad media, doctores y predicadores, misioneros y mártires; monjas que dilataron el pueblo de Dios con la misteriosa fecundidad de su vida contemplativa; religiosas que descubrieron el rostro de Cristo a sus hermanos con el apostolado sanitario o docente, sobre todo en tierras de misión; seglares que en medio del mundo supieron encarnar el espíritu de la Orden. Toda la familia del Carmelo de la patria con María, su madre, a la cabeza constituye en este día el motivo de nuestro gozo y nuestra alabanza al Padre. Recordamos a nuestros hermanos que ayer se dedicaban a la asidua oración en la tierra y hoy participan en la liturgia del cielo, y nos unimos espiritualmente a su gloria, mientras peregrinamos por los caminos que ellos, animosos, recorrieron, viviendo en obsequio de Cristo y siguiendo las huellas de nuestra Señora.

FRANCISCO HABLA DE TERESA

“En la escuela de la santa andariega aprendemos a ser peregrinos. La imagen del camino puede sintetizar muy bien la lección de su vida ...