1. San Juan de la Cruz fue un hombre de oración; bebió del espíritu de su tiempo, y conoció las formas, devociones y estilos de su época y de su Iglesia. Oró como pueblo (familia pobre), como estudiante, religioso y sacerdote. Recibió el influjo de los maestros de su tiempo, y de la corriente espiritual que promovía la oración y la interioridad.
domingo, 4 de agosto de 2024
ORAR CON SAN JUAN DE LA CRUZ EN 15 PUNTOS
1. San Juan de la Cruz fue un hombre de oración; bebió del espíritu de su tiempo, y conoció las formas, devociones y estilos de su época y de su Iglesia. Oró como pueblo (familia pobre), como estudiante, religioso y sacerdote. Recibió el influjo de los maestros de su tiempo, y de la corriente espiritual que promovía la oración y la interioridad.
martes, 23 de julio de 2024
ORACIÓN Y VIRTUDES TEOLOGALES EN SAN JUAN DE LA CRUZ
lunes, 22 de julio de 2024
ORIGINALIDAD DEL MAGISTERIO SANJUANISTA SOBRE LA ORACIÓN CRISTIANA
"El mensaje sanjuanista sobre la práctica cristiana de la oración es de gran hondura, amplitud y originalidad. Hondura porque coloca la cuestión más allá de la mera descripción y didáctica de un ejercicio concreto o de una práctica devocional; amplitud, porque traslada la cuestión sobre la dificultad o sobre el ejercicio de la oración a la pregunta sobre su autenticidad, es decir, desplaza la cuestión sobre la oración, su qué, su cómo, su cuándo y dónde a la cuestión sobre quién es el que ora y en qué condiciones se puede decir que un hombre ora. Le importa hacer orantes no hacer ni enseñar oraciones; de ahí la originalidad de su mensaje"
(Diccionario de San Juan de la Cruz, Monte Carmelo. Voz: oración).
sábado, 20 de julio de 2024
ORACIÓN EN SAN JUAN DE LA CRUZ (2)
De ahí que, si la palabra oración es poco frecuente en los escritos de San Juan de la Cruz, es
porque el lenguaje que usa es el de la esposa y el Esposo; el de dar y recibir;
el creer y amar; el lenguaje de la unión. Lo que importa en la oración es el
encuentro, la amistad personal; a Juan no le interesa tanto lo de pedir cosas
sino lo de estar con Dios.
¿Es eso
posible, ya no para el místico o el consagrado, sino para la gente común, los
cristianos que viven el medio de la historia y del mundo? Ya Juan contesta en
el prólogo de Subida: “Hay muchas almas que piensan no tienen
oración, y tienen muy mucha; y otras que piensan que tienen mucha y es poco más
que nada”. Invita a no cansarse, a no abandonar la oración, a no pensar que
nada sucede.
Juan, eso sí,
sacrifica lo accidental, no porque no tenga valor, en aras de algo que bien
merece ese sacrificio: lo vivo, la realidad viviente, el espíritu, la fe. Juan
apreciaba las imágenes, pero invita a ir más allá, buscando la imagen de Cristo
que cada uno lleva en su interior. Juan aprecia la belleza de las catedrales y
oratorios, pero nos recuerda que no hay templo más bello para Dios que el
interior de cada ser humano. En el corazón humano existe una vitalidad
insondable que garantiza la posibilidad de la oración.
Cristo Jesús, muerto y resucitado, es el eje de
nuestra relación con Dios, habitando en nosotros. Encontrar a Dios en la
oración quiere decir entrar adentro; amar y ser amado ahí dentro, en el Cristo
cuya imagen llevamos en nuestro interior. Es la mirada de Dios sobre nosotros
la que garantiza la posibilidad de orar. “Ciertamente
resucitado, y por tanto vivo en la historia personal de cada uno, mirando
dentro de esa historia no sólo con bondad sino también con eficacia”,
porque es un amor activo, que produce y transforma. “El mirar de Dios es amar y hacer mercedes”. Gracias a Cristo, “merece el alma el amor de Dios”. “La mirada de Dios cuatro bienes hacen al
alma, a saber: limpiarla, agraciarla, enriquecerla y alumbrarla” (CB 19.6;
32.6; 33.1).
Para Juan, “amar Dios al alma es meterla en cierta
manera en sí mismo, igualándola consigo” (CB 2.6). Cuando oramos, cuando
nos dirigimos a Dios en amistad, creyendo en su presencia y deseándole y
queriéndole, entonces, a pesar de aparentes arideces, algo está sucediendo. Dios
nos está metiendo dentro de él mismo y nos está haciendo como él. Esos
tiempos de oración seca y monótona activan una corriente espiritual que cambia
nuestras vidas.
Ese es el gran aporte de San Juan de la Cruz, que no hablas de palabras, o técnicas de silencio, sino de encuentro con el Dios vivo. La mirada amorosa de Cristo está constantemente sobre nosotros, y crea esa posibilidad.
(Continúa...)
lunes, 15 de julio de 2024
ORACIÓN EN SAN JUAN DE LA CRUZ (1)
De la lectura del libro de Ian Mathew, EL IMPACTO DE DIOS, son las siguientes notas que pretenden indagar en las enseñanzas de San Juan de la Cruz acerca de la oración
Para hablar de la oración, el autor parte de este
presupuesto:
“Un Dios que se
nos acerca, que penetra allí donde encuentra espacio y que trabaja en la oscuridad
para crear ese espacio… la fe, la esperanza y la caridad que son nuestros ojos
hacia el Dios que se autocomunica… Jesús es quien se ha sumergido en nuestra
oscuridad, y él mismo es el don”. Es mediante la oración que entramos a
formar parte de ese proceso.
San Juan de la
Cruz usa raramente la palabra oración, pero para él la oración es un valor incomparable.
No trata de maneras o métodos para orar, sino del por qué y el para qué de la
oración: ¿Es posible? ¿Es provechosa? Parte de su propia experiencia, pues oró
mucho y sirvió de guía a muchos orantes.
Cuando empieza
a describir su relación personal con Dios que brota de su anhelo, de una
herida: la primera palabra es un grito
que brota de un anhelo, de una herida:
“¿A dónde te escondiste,
¿Amado, y me dejaste con gemido?
Como el ciervo huiste
habiéndome herido;
salí tras ti clamando y eras ido”
(Cántico, canción 1)
El anhelo suscita una salida y una búsqueda, y esa
necesidad se convierte en el centro de su vida, en el motor que le mueve. Orar
significa contactar con ese anhelo o necesidad, que brota del centro de la
persona. Siempre Juan levanta sus ojos a Dios, ya sea en momentos de crisis o
en medio de la vida cotidiana; cuenta un testigo que tenía grandes ratos de
oración y conversaciones con nuestro Señor. Así, orar, conversar con Cristo,
fue para Juan algo habitual, porque ese era el espacio donde las cosas se
clarificaban y donde conseguía la fuerza y perspectiva necesarias para la vida.
Así dice Juan,
en Subida (2S2,5): “No nos queda en todas
nuestras necesidades, trabajos y dificultades, otro medio mejor y más seguro que
la oración y esperanza que él proveerá por los medios que él quisiere…”.
Consejo que es válida también hoy para nosotros: pide a Dios, pero pide en
fe; no como último recurso o como de pasada, sino directamente, y confiando
plenamente. Porque en toda oración, lo que en resumidas cuentas está en juego es toda tu
vida.
“Se puede rezar pidiendo fuerza para mañana, pidiendo
perdón por ayer, pidiendo ayuda para las cosillas de hoy. Se puede orar por
quienes están presos por su conciencia, por amigos y enemigos, por los sin
techo o por los ricos, por la paz del mundo o la tranquilidad interior. Pero en
todos estos casos la necesidad, aunque real, es síntoma de otra necesidad más
profunda; de un anhelo que es tan íntimo y vital como lo somos nosotros para
nosotros mismos”.
Juan, que como
místico ha sondeado las profundidades del alma humana, ha dicho algo
fundamental: hemos sido creados para necesitar a Dios; tenemos una “capacidad
infinita” para Dios. Todas las demás necesidades son síntomas de esta
necesidad universal, la más real de todas, la necesidad de Dios. Nuestras
necesidades son expresión de una necesidad mayor: estamos hechos para cosa más
alta, y en ello radica nuestra dignidad (por ello nos arde y escuece dentro, y
sufrimos esta hambre y necesidad que no saciamos con nada que no sea Dios).
Juan usa el
término “esposa” para hablar de esa necesidad; toda la humanidad y cada persona
tiene ese rango. Desde la propia creación fuimos modelados para Cristo; tenemos
capacidad y necesidad de Cristo.
Nuestra
carencia es nuestra dignidad. Y cuando la sentimos es cuando más somos
lo que realmente somos; cuando manifestamos nuestra queja desde dentro, por esa
falta, demostramos nuestra madurez. Esa queja se llama ORACIÓN; por eso la oración es un valor supremo para la persona
humana. Y si la oración nos conduce a ser nosotros mismos, entonces es también
un valor supremo para el mundo: devuelve al universo su ritmo, su equilibrio,
su verdad.
Así, por eso, para Juan solamente Dios salva, y el amor nos abre a un Dios que está empeñado en salvar. Dios se autoentrega en Cristo, se comunica de modo arrollador, y necesita quienes reciban ese don, quienes estén abiertos a la escucha. Por eso, para Juan, los que aman (los que oran) son los que más aprovechan a la Iglesia y los que salvan al mundo.
“Es
más precioso delante de Dios y del alma un poquito de este puro amor y más
provecho hace a la Iglesia. aunque parece que no hace nada, que todas esas
otras obras juntas” (CB 29,2).
“Adviertan, pues, aquí los que son muy activos, que piensan ceñir al mundo con sus predicaciones y obras exteriores, que mucho más provecho haría a la Iglesia, y mucho más agradarían a Dios, dejado aparte el buen ejemplo que de sí darían, si gastasen siquiera la mitad de ese tiempo en estarse con Dios en oración, aunque no hubiesen llegado a tan alta como ésta. Cierto, entonces harían más y con menos trabajo con una obra que con mil, mereciéndolo su oración, y habiendo cobrado fuerzas espirituales en ella; porque de otra manera todo es martillar y hacer poco más que nada, y a veces nada, y aun a veces daño” (CB 29, 3).
Así resume el
autor el mensaje de Juan: sólo Dios salva; el amor crucificado efectúa la
apertura del mundo al don; ese amor se pone en marcha en la oración. La oración
es el motor del cambio y el valor supremo frente a las necesidades del mundo.
jueves, 11 de enero de 2024
ORACIÓN TERESIANA
Descubre el secreto y el método de Santa Teresa de Ávila para orar y ser escuchada
Descubre el fascinante mundo de
la oración según Santa Teresa de Ávila, una mística y doctora de la Iglesia.
Exploraremos su método único y el secreto que ha inspirado a generaciones.
Santa Teresa de Ávila, destacada mística y escritora española del siglo
XVI, dejó un legado espiritual profundo que trasciende el tiempo. Su enfoque
único y apasionado hacia la oración ha capturado la atención de creyentes y
buscadores espirituales durante siglos.
En este artículo, exploraremos el método de Santa Teresa para orar y cómo
podemos incorporarlo en nuestras vidas cotidianas.
El método de Santa Teresa para orar:
La oración mental profunda: Santa Teresa abogaba por una oración mental
profunda, una comunión íntima con Dios que va más allá de las palabras. Su
método se centraba en una conversación personal y sincera con el Creador,
buscando una conexión profunda del alma con lo divino.
La imaginación como puerta a lo divino: La santa invitaba a usar la imaginación como una puerta
para acceder a la presencia de Dios. En sus escritos, describía cómo la mente
puede visualizar escenas sagradas, como la Encarnación o la Pasión de Cristo,
para fortalecer la conexión con lo divino.
La recogida interior: Santa Teresa abogaba por la "recogida
interior", un estado en el cual la mente y el corazón se retiran de las
distracciones del mundo exterior para centrarse exclusivamente en la presencia
de Dios. Esta recogida espiritual facilita la oración profunda y contemplativa.
La oración de quietud: Dentro de su método, Santa Teresa enfatizaba la
"oración de quietud", un estado en el cual el alma, después de haber
buscado a Dios con fervor, entra en una profunda paz y silencio interior. Esta
quietud permite que Dios actúe y hable en el corazón del individuo.
El uso de la palabra o frase breve: La santa recomendaba el uso de una palabra o frase
breve como ancla para la concentración durante la oración. Palabras como
"Jesús" o "Amor divino" se convertían en puntos focales
para centrar la mente y el corazón en la presencia de Dios.
La importancia de la humildad: Santa Teresa resaltaba la humildad como un elemento
clave en la oración efectiva. Reconocer la propia pequeñez frente a la grandeza
de Dios, así como aceptar con humildad las limitaciones y pecados personales,
facilitaba una conexión más profunda con lo divino.
Cómo practicar el método de
Santa Teresa en casa:
Encuentra un espacio tranquilo: Busca un rincón tranquilo en tu hogar donde puedas
retirarte del bullicio y las distracciones. La paz exterior contribuirá a la
recogida interior que Santa Teresa valoraba.
Establece un tiempo diario: Dedica un tiempo específico cada día para la oración. Puede ser por la
mañana, al mediodía o antes de acostarte. La regularidad fortalecerá tu
práctica.
Visualiza escenas sagradas: Usa la imaginación para visualizar escenas sagradas que resuenen contigo.
Puedes meditar en la vida de Jesús, escenas bíblicas o momentos de la vida de
los santos.
Usa una palabra o frase breve: Elige una palabra o frase breve que tenga significado espiritual para ti.
Puede ser "paz", "gracia" o incluso el nombre de Jesús.
Úsala como ancla durante la oración.
Practica la humildad:
Antes de comenzar, reflexiona sobre tu propia humildad y reconoce la grandeza
de Dios. La humildad prepara el corazón para una conexión más profunda.
Acepta la quietud interior: Durante la oración, permite que tu alma se sumerja en la quietud
interior. Acepta la paz y el silencio como un regalo divino.
Conversa con Dios:
Establece una conversación sincera con Dios. Habla desde el corazón,
compartiendo tus alegrías, preocupaciones y agradecimientos. La comunicación
honesta fortalece la relación espiritual.
Al adoptar el método de Santa Teresa para orar en casa, puedes experimentar
una profunda conexión espiritual y encontrar paz en la presencia divina. La
riqueza de su enseñanza perdura, ofreciendo un camino valioso para aquellos que
buscan fortalecer su vida de oración.
(Tomado de: Teresa, de la rueca a la pluma, La Vanguardia)
viernes, 20 de agosto de 2021
LA HUMANIDAD DE CRISTO (VIDA, Capítulo 22)
Este es un capítulo esencial, del LIBRO DE LA VIDA de Santa Teresa, que hace de bisagra entre lo que precede (Tratado de los grados de oración), y la parte siguiente del libro (La nueva vida en Cristo). Dos razones importantes mueven a Teresa a detenerse aquí: el no haber hablado mucho de Cristo, de su vida humana, de su presencia e importancia en el proceso de oración, en los capítulos precedentes, y a las propias dificultades de Teresa en su oración mística con respecto al lugar de la humanidad de Cristo en este camino.
Por eso, el capítulo está escrito en dialogo con el
lector, y esto de nuevo por dos razones: porque el problema de la
Humanidad de Jesús se plantea expresamente a quienes andan ya adelantados en la
oración, como es el caso de los lectores de Teresa, y porque ese problema lo
plantean, en su entorno, los libros y teólogos, al alcance de esos mismos
lectores.
Posiblemente es la primera vez que Teresa se enfrenta
a un problema teológico, cristológico, de especial trascendencia en la práctica
espiritual. Prueba de lo importante que es para ella es que lo vuelve a tratar
años después en Moradas (sextas, capítulo 7). Tres líneas se entrecruzan en
este capítulo: el diálogo con el lector, el propio recuerdo de Teresa y las
razones en que Teresa funda su tesis cristológica.
ESQUEMA
DEL CAPÍTULO:
#s 1-4: Falsa doctrina cristológica de ciertos libros,
y error de la misma Teresa.
#5: Tesis contraria. Importancia insuperable de la
Humanidad de Jesús.
#s 6-8: Primera serie de razones para probarlo:
humildad…
#s 9-12: Segunda serie de razones: no somos ángeles…
#s 13-18: Insistencia, en diálogo con el lector.
LO
PRIMERO: El error del
puro espiritualismo.
En el título o epígrafe del capítulo se anuncian dos
temas: que los contemplativos no deben “levantar
el espíritu a cosas altas”, y que la Humanidad de Cristo “es el medio para la más subida contemplación”.
En realidad, es un mismo problema, algo complejo: es un error “levantar el espíritu apartándolo de todo lo
corpóreo” porque la Humanidad de Cristo (corpórea) es indispensable para el
progreso espiritual, incluso el progreso místico. No es un problema que Teresa
se invente, sino que ella polemiza con un error muy difundido en los libros y
maestros espirituales de su tiempo (tal vez, incluso en el nuestro).
El error en cuestión tenía visos de espiritualismo.
Consistía, según ella, en asegurar que, al llegar el orante, o el simple
cristiano, a una cierta altura de vida espiritual, tiene que optar por
espiritualizarse del todo para entrar en la órbita de lo divino: dejar de lado
la atención a lo corpóreo; dejar, por tanto, también de lado, la Humanidad de
Jesús como motivo de oración; ir levantando el espíritu por encima de todo lo
criado; cuadrar la mente (“considerándose en cuadrada manera”) y engolfándose
en el océano inmenso de la divinidad.
Ya fuera que ella lo presentará bien o no, lo que le
interesa en el momento presente es el tema central: la Humanidad de Cristo, su
coyuntura histórica-evangélica, su Pasión, su Cuerpo… ¿Entran o no en la
oración del místico? El “voy de vuelo”
del orante místico, ¿tiene que dejar aparcado al Jesús del evangelio, de la
Eucaristía, al Resucitado glorioso? Algunos libros acudían a un texto bíblico
para apoyarse: “Les conviene que yo me
vaya, porque si no, no vendrá el Espíritu…”.
En esa doctrina
espiritualista de cuadrar la mente, Teresa distingue dos cosas: lo de “ir
levantando el espíritu” para provocar suavemente el ingreso en lo sobrenatural
místico, cosa en que ella jamás incurrió, porque “veía era atrevimiento”. Y
luego, lo de orillas, juntamente con lo corpóreo, a la Humanidad de Cristo,
error en que ella misma incurrió por breve tiempo después de iniciar la oración
de quietud, o en las primeras fases de su oración mística.
“¿Es posible, Señor mío, que cupo en mi
pensamiento ni una hora que Vos me habíais de impedir para mayor bien? ¿De
dónde me vinieron a mí todos los bienes sino de Vos?” (4).
Contra esa
doctrina y contra su propio error, erige Teresa su tesis: “Apartarse del todo de Cristo y que entre en
cuenta este divino Cuerpo con nuestras miserias, ni con todo lo criado, no lo
puedo sufrir” (1). Como si se sintiese acosada por esa depreciación
de lo cristológico, ella se propone resaltar el primado de la Humanidad de
Jesús a lo largo de todo su camino espiritual, y busca razones, como los
teólogos; pero le brota todavía, instintivamente, un motivo más fuerte y
estrictamente personal. Más que razones, en Teresa prima lo experimentado por
ella.
En sentido
negativo, recuerda que, cuando se dejó seducir por los libros de intentó
prescindir de la Humanidad de Cristo, andaba como “en el aire”, sin ánimo ni
apoyo, estancada en su vida espiritual, sin progreso en el amor. Dice: “me
parece iba sin camino”.
En sentido positivo, su testimonio insistente de la
luz que aportó Cristo a su vida: “Con tan
buen amigo al lado”. De las páginas más hermosas de Teresa las que refieren
a Cristo y su humanidad, en este capítulo 22 de VIDA (6-9). “Para contentar a Dios y que nos haga grandes
mercedes, quiere sea por manos de esta Humanidad Sacratísima, en quien dijo su
majestad se deleita… Lo he visto por experiencia… Por esta puerta hemos de
entrar… No quiera otro camino, aunque esté en la cumbre de la contemplación…
Este Señor nuestro es por quien nos vienen todos los bienes… Tan buen amigo al
lado, que no nos dejará en los trabajos y tribulaciones, como hacen los del
mundo… Bienaventurado quien de verdad le amare y siempre le trajere cabe sí”.
Así lo recomienda a García de Toledo (7), y así lo reafirma en MORADAS 6.7,15),
que gracias que no le vengan por la Humanidad de Jesús, ella no las quiere: “No quiero ningún bien, sino adquirido por
quien nos vinieron todos los bienes”.
Veamos las dos razones cristológicas que presenta
Teresa, sobre las cuales funda su razón:
1. Implica una sutil y dañosa falta de humildad no ir por
el camino de la Humanidad de Cristo. Todo intento de escalar la esfera de lo
divino, descartando, por menos espiritual, la mediación de Cristo, será
soberbia solapada, vano esfuerzo prometeico. Referencias bíblicas a San Juan y
a San Pablo, así como a otros santos (7, segundo párrafo).
2. No hacerlo es ignorar la propia condición humana: que
somos hombres y no ángeles…Nuestra propia condición humana nos hace
insustituible la mediación de Cristo hombre (“Porque le miramos hombre y vémosle con flaquezas y trabajos, y es
compañía…”). Utiliza varias comparaciones en los #s 12 y 13: el águila y el
sapo, la voz y el canto, el huerto y el riego.
PERO, ¿A qué se refiere Teresa cuando habla de la
“Humanidad de Jesús?
Pareciera una expresión abstracta, pero para Teresa no
lo es; refiere a Jesús mismo y todo su misterio: su aventura evangélica,
palabras, sentimientos y acciones; su Pasión, su Cuerpo glorioso y resucitado.
También su presencia eucarística (“compañero
nuestro en el Santísimo sacramento, que no parece fue de su mano apartarse un
momento de nosotros”). También refiere a su misteriosa presencia al lado
del orante o del creyente, como amigo, compañero y buen capitán. En fin, Cristo
para Teresa es el Amor de Dios, fuente de ese Amor: “Quiero concluir con esto: que siempre
que se piense en Cristo nos acordemos del amor con que nos hizo tantas mercedes,
y cuán grande nos lo mostró Dios en darnos tal prenda del que nos tiene: que
amor saca amor... Procuremos ir
mirando esto siempre y despertándonos para amar”.
Por aquí viene, a mi parecer, el profundo HUMANISMO de Teresa,
porque su mirada Jesús humano humaniza su propia comprensión de la llamada y el
modo de hacerla concreta. Cuando dice: “Es
gran cosa, mientras vivimos y somos humanos, traerle humano”, nos invita a
seguirle humanamente, y no tratando de huir de nuestra humanidad. “Nosotros no somos ángeles, sino tenemos
cuerpo; queremos hacer ángeles estando en la tierra, y tan en la tierra como
estaba yo, es desatino” (10). Así es que, “todo este cimiento de la oración va fundado en humildad, y mientras más
se abaja un alma en la oración, más la sube Dios”.
Termina Teresa este capítulo volviendo a la oración de
la que ha estado hablando, y para la que pide humildad y libertad por parte del orante (“Con libertad se ha de andar este camino, puestos en las manos de Dios”).
Y dice:
1. Procurar la verdadera pobreza de espíritu, que es “no buscar consuelo ni gusto en la oración,
sino consolación en los trabajos por amor de Él, que siempre vivió en ellos, y
estar en ellos y en las sequedades quieta” (11).
2. “Si su Majestad
nos quiere subir a ser de los de su cámara y secreto, ir de buena gana; si no,
servir en oficios bajos y no sentarnos en el mejor lugar… Dios tiene cuidado,
más que nosotros, y sabe para lo que es cada uno. ¿De qué sirve gobernarse a sí
quien tiene dada ya toda su voluntad a Dios?” (12).
3. “En todo es
menester experiencia y discreción” (18).
(Resumen preparado a partir de la lectura del capítulo y los comentarios de Tomás Álvarez, ocd)
domingo, 20 de junio de 2021
LA CONTEMPLACIÓN COMO SERVICIO APOSTÓLICO
sábado, 19 de junio de 2021
CAMINOS DE ORACIÓN: LA LECTIO DIVINA...
2ª. La meditatio es la reflexión sobre el sentido del texto y, su aplicación a la vida del lector. Este ya sabe lo que dice el texto en sí. Ahora busca lo que le dice a él. Se trata de "perforar la pared de la distancia entre el ayer del texto y el hoy de nuestra vida". Cuando la lectura convierte el texto en palabra propia, cuando hace suya la Palabra de Dios, ha llegado el momento de la meditación: la búsqueda de la verdad oculta en el texto. Es el momento de hacerle preguntas al texto y de resumir su sentido en una frase. La percepción del sentido del texto no procede tanto del estudio cuanto de la experiencia vital del lector. Implica, pues, a toda la persona, que es sujeto y objeto a la vez de la meditación. Por confrontarse con la Palabra, la meditación se distingue de la mera introspección. Para que el texto ilumine la vida, la vida ha de iluminar el texto.
De la conversación con Dios se pasa, pues, a saberse en su presencia; de la atención a sus palabras a saberse atendido por su querer; del mirar a Dios a saberse contemplado por El; de la escucha de su Palabra a su descubrimiento en nuestra vida. La oración es una búsqueda de Dios, pero también es revelación de Dios. Pero para llegar a esto no es preciso separarse del mundo. La contemplación evita la huida del mundo. El lugar de la experiencia de Dios está en la propia vida.
martes, 4 de mayo de 2021
NO OLVIDES LA ORACIÓN...
TODO LE GLORIFICA...
"La oración no es lo único que le da gloria a Dios, también el trabajo. Golpear un yunque, serrar un madero, pintar una pared, manejar caballos, barrer, fregar, todo le da gloria a Dios si, estando en su gracia, lo haces como tu deber. Comulgar dignamente glorifica a Dios de gran manera; pero comer con agradecimiento y templanza también. Levantar las manos en oración glorifica a Dios. Pero el hombre con la horquilla llena de estiércol y la mujer con un cubo lleno de comida para los cerdos también le glorifican. Tan grande es Dios que todo le glorifica si se hace con esa intención. Vive así, pues, hermano mío".
EL EFECTO DE LA ORACIÓN...
FRANCISCO HABLA DE TERESA
“En la escuela de la santa andariega aprendemos a ser peregrinos. La imagen del camino puede sintetizar muy bien la lección de su vida ...



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