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domingo, 4 de agosto de 2024

ORAR CON SAN JUAN DE LA CRUZ EN 15 PUNTOS


1. 
San Juan de la Cruz fue un hombre de oración; bebió del espíritu de su tiempo, y conoció las formas, devociones y estilos de su época y de su Iglesia. Oró como pueblo (familia pobre), como estudiante, religioso y sacerdote. Recibió el influjo de los maestros de su tiempo, y de la corriente espiritual que promovía la oración y la interioridad.

2. Como religioso y sacerdote desarrolló indudablemente una pastoral de la oración y la vida espiritual entre los suyos, acompañando y animando para una práctica cristiana más profunda, como así lo cuentan muchos testigos.

3. En sus escritos nos dejó algunas oraciones (Ej: la oración del alma enamorada), sin embargo, en sus obras mayores no nos ha dejado un magisterio explícito acerca de la oración, como sí es el caso de Teresa de Jesús.

4. Más que de oración (formas, métodos, etc.), a Juan le interesa la persona que ora, como prepararla y disponerla, entender por qué es posible y necesario orar.

5. Como esquema general, digamos que Cristo es el punto de partida, las virtudes teologales son el camino, y la meta es la Unión. La unión del alma con Dios es el tema central de la doctrina sanjuanista (unión implica transformación, es un movimiento existencial).

6. Podemos orar porque Dios ha tomado la iniciativa, se ha querido dar a nosotros en Cristo, abriendo la posibilidad de entrar en relación con él. Al hacerlo realizamos nuestra verdadera vocación. Por eso el santo invita a considerar e imitar a Cristo, en quien Dios ha hablado de forma definitiva.

7. Dios se esconde en lo más profundo de nosotros, del otro, de la historia, de la creación. Al salir a buscarlo, con la gracia recibida, se desencadena un dinamismo espiritual que va de la cruz a la resurrección.

8. Necesitamos hacer espacio para Dios en nosotros (propuesta ascética: negar, vaciar de todo lo que no es Dios), y el mismo Dios va creando ese espacio en nosotros. A ese proceso Juan le llama Noche. Nuestras carencias nos permiten caer en la cuenta de nuestra verdadera dignidad, porque únicamente Dios puede satisfacer el anhelo que nos pone en camino.

9. Más que orar, Juan, como Teresa, habla de “ser oración”. Vivir las virtudes teologales (fe, esperanza y caridad), que son al mismo tiempo don de Dios y respuesta nuestra a él. Vivir y orar en cristiano es creer, esperar y amar, en un proceso que es al mismo tiempo purificación y transformación (restar y sumar).

10. Juan nos invita a dejar incluso lo que es bueno (todo lo que no es Dios, incluso las cosas de Dios, sus bienes) para mirar e ir más lejos; para alcanzar el Todo, en el que reencontramos lo que dejamos y mucho más.

11. Es siempre camino y meta de amor (Dios como presencia amorosa), por eso el lenguaje que Juan usa es lenguaje amoroso también (Amado, esposa, unión). Presenta el amor como categoría fundamental de la vida cristiana. Orar es amar.

12. El culmen de la vida teologal está, para Juan de la Cruz, en la contemplación, simplificando toda la vida de oración y el contacto con la Palabra de Dios. Toda la existencia del orante es una “noticia sencilla amorosa” totalizante, que lleva a la comunión con Dios, que se le descubre en toda la realidad humana.

13. En resumen: partimos de una llamada, de un anhelo (Dios llama, va delante siempre), para adentrarnos en un camino, búsqueda, esfuerzo, subida, que pasa por la noche (donde a pesar de todo la Fuente no deja de manar, hasta que amanece con una Llama ardiente en el interior de la persona que ya es una nueva creatura en Cristo, para Dios.

14. También podemos hablar de cuatro momentos (Ian Mathew): el don (Dios), hacer espacio (vacío positivo), dejarse sanar (noche sanadora), pleno encuentro (unión amorosa).

15. La oración como actitud teologal contemplativa crea una síntesis vital entre el amor a Dios y el amor al prójimo, y es fuertemente liberadora e integradora. Que mejor modo de expresar la experiencia orante a la que nos convoca y en la que nos introduce Juan de la Cruz, que sus propios versos: “Quedéme y olvidéme, el rostro recliné sobre el Amado, cesó todo y dejéme, dejando mi cuidado, entre las azucenas olvidado”.

Fr Manuel de Jesús, OCD

martes, 23 de julio de 2024

ORACIÓN Y VIRTUDES TEOLOGALES EN SAN JUAN DE LA CRUZ

"En una época en que los maestros concentraban su atención en la oración y en el ejercicio ascético, entendido como práctica de las virtudes morales, Juan de la Cruz cambió el panorama asentando el pilar de la vida espiritual en las virtudes teologales.

Fe, esperanza y caridad son guía seguro en el camino de la unión con Dios; las tres virtudes teologales son las únicas que pueden considerarse como medio inmediato para esa unión; las demás equivalen a sendas lentas y remotas.

La vida teologal es la que tiende el puente capaz de salvar la infinita distancia entre el ser de Dios y el ser de las criaturas. Las virtudes teologales son medios proporcionados que hacen posible que los extremos (hombre-Dios) lleguen a la unión por transformación de amor.

Tienen esa virtualidad porque las virtudes teologales son un don infundido de Dios al ser humano y al mismo tiempo son acogida y respuesta por parte nuestra a la comunión que Dios le ofrece. Fe, esperanza y amor vienen de Dios y hacia Dios conducen. Cuando son acogidas por el ser humano se convierten en actitudes fundamentales con las que el ser humano se dispone ante el misterio, entra en comunión con él y lo respeta en su ser.

El hombre ha sido querido por Dios, desde toda la eternidad, para vivir en comunión con él, y para que pueda alcanzar ese fin ha recibido de parte del Creador unas capacidades que hacen posible la relación de amistad entre ambos.

Al Dios que se nos ha revelado en Jesucristo, respondemos con la fe. Al Dios que promete una plenitud de vida el hombre responde con la esperanza. Al Dios Amor que nos ha amado primero, respondemos con la caridad que es el amor de Dios derramado en nuestros corazones (Romanos 5,5).

Fe, esperanza y amor, como acogida y respuesta a la comunión que Dios ofrece al ser humano, hacen posible la relación dialogal entre ambos, respetando el ser y la identidad de cada uno.

Aunque las tres virtudes teologales son el único medio proporcionado para alcanzar la unión, da mayor relevancia a la fe (dedica a ella todo el libro segundo de Subida), pero lo que dice de ella el santo podemos extenderlo a las otras dos virtudes, pues forman un todo inseparable".

Diccionario de San Juan de la Cruz (Monte Carmelo)

 

lunes, 22 de julio de 2024

ORIGINALIDAD DEL MAGISTERIO SANJUANISTA SOBRE LA ORACIÓN CRISTIANA

 

"El mensaje sanjuanista sobre la práctica cristiana de la oración es de gran hondura, amplitud y originalidad. Hondura porque coloca la cuestión más allá de la mera descripción y didáctica de un ejercicio concreto o de una práctica devocional; amplitud, porque traslada la cuestión sobre la dificultad o sobre el ejercicio de la oración a la pregunta sobre su autenticidad, es decir, desplaza la cuestión sobre la oración, su qué, su cómo, su cuándo y dónde a la cuestión sobre quién es el que ora y en qué condiciones se puede decir que un hombre ora. Le importa hacer orantes no hacer ni enseñar oraciones; de ahí la originalidad de su mensaje" 

(Diccionario de San Juan de la Cruz, Monte Carmelo. Voz: oración).

sábado, 20 de julio de 2024

ORACIÓN EN SAN JUAN DE LA CRUZ (2)

De la lectura del libro de Ian Mathew, EL IMPACTO DE DIOS, son las siguientes notas que pretenden indagar en las enseñanzas de San Juan de la Cruz acerca de la oración, ahora en la segunda entrega: 

De ahí que, si la palabra oración es poco frecuente en los escritos de San Juan de la Cruz, es porque el lenguaje que usa es el de la esposa y el Esposo; el de dar y recibir; el creer y amar; el lenguaje de la unión. Lo que importa en la oración es el encuentro, la amistad personal; a Juan no le interesa tanto lo de pedir cosas sino lo de estar con Dios.

 ¿Es eso posible, ya no para el místico o el consagrado, sino para la gente común, los cristianos que viven el medio de la historia y del mundo? Ya Juan contesta en el prólogo de Subida: “Hay muchas almas que piensan no tienen oración, y tienen muy mucha; y otras que piensan que tienen mucha y es poco más que nada”. Invita a no cansarse, a no abandonar la oración, a no pensar que nada sucede.

 Juan, eso sí, sacrifica lo accidental, no porque no tenga valor, en aras de algo que bien merece ese sacrificio: lo vivo, la realidad viviente, el espíritu, la fe. Juan apreciaba las imágenes, pero invita a ir más allá, buscando la imagen de Cristo que cada uno lleva en su interior. Juan aprecia la belleza de las catedrales y oratorios, pero nos recuerda que no hay templo más bello para Dios que el interior de cada ser humano. En el corazón humano existe una vitalidad insondable que garantiza la posibilidad de la oración.

Cristo Jesús, muerto y resucitado, es el eje de nuestra relación con Dios, habitando en nosotros. Encontrar a Dios en la oración quiere decir entrar adentro; amar y ser amado ahí dentro, en el Cristo cuya imagen llevamos en nuestro interior. Es la mirada de Dios sobre nosotros la que garantiza la posibilidad de orar. “Ciertamente resucitado, y por tanto vivo en la historia personal de cada uno, mirando dentro de esa historia no sólo con bondad sino también con eficacia”, porque es un amor activo, que produce y transforma. “El mirar de Dios es amar y hacer mercedes”. Gracias a Cristo, “merece el alma el amor de Dios”. “La mirada de Dios cuatro bienes hacen al alma, a saber: limpiarla, agraciarla, enriquecerla y alumbrarla” (CB 19.6; 32.6; 33.1).

 Para Juan, “amar Dios al alma es meterla en cierta manera en sí mismo, igualándola consigo” (CB 2.6). Cuando oramos, cuando nos dirigimos a Dios en amistad, creyendo en su presencia y deseándole y queriéndole, entonces, a pesar de aparentes arideces, algo está sucediendo. Dios nos está metiendo dentro de él mismo y nos está haciendo como él. Esos tiempos de oración seca y monótona activan una corriente espiritual que cambia nuestras vidas.

 Ese es el gran aporte de San Juan de la Cruz, que no hablas de palabras, o técnicas de silencio, sino de encuentro con el Dios vivo. La mirada amorosa de Cristo está constantemente sobre nosotros, y crea esa posibilidad.

(Continúa...)

lunes, 15 de julio de 2024

ORACIÓN EN SAN JUAN DE LA CRUZ (1)

  De la lectura del libro de Ian Mathew, EL IMPACTO DE DIOS, son las siguientes notas que pretenden indagar en las enseñanzas de San Juan de la Cruz acerca de la oración

Para hablar de la oración, el autor parte de este presupuesto:

“Un Dios que se nos acerca, que penetra allí donde encuentra espacio y que trabaja en la oscuridad para crear ese espacio… la fe, la esperanza y la caridad que son nuestros ojos hacia el Dios que se autocomunica… Jesús es quien se ha sumergido en nuestra oscuridad, y él mismo es el don”. Es mediante la oración que entramos a formar parte de ese proceso.

 San Juan de la Cruz usa raramente la palabra oración, pero para él la oración es un valor incomparable. No trata de maneras o métodos para orar, sino del por qué y el para qué de la oración: ¿Es posible? ¿Es provechosa? Parte de su propia experiencia, pues oró mucho y sirvió de guía a muchos orantes.

 Cuando empieza a describir su relación personal con Dios que brota de su anhelo, de una herida:  la primera palabra es un grito que brota de un anhelo, de una herida:

“¿A dónde te escondiste,

¿Amado, y me dejaste con gemido?

Como el ciervo huiste

habiéndome herido;

salí tras ti clamando y eras ido”

(Cántico, canción 1)

 

El anhelo suscita una salida y una búsqueda, y esa necesidad se convierte en el centro de su vida, en el motor que le mueve. Orar significa contactar con ese anhelo o necesidad, que brota del centro de la persona. Siempre Juan levanta sus ojos a Dios, ya sea en momentos de crisis o en medio de la vida cotidiana; cuenta un testigo que tenía grandes ratos de oración y conversaciones con nuestro Señor. Así, orar, conversar con Cristo, fue para Juan algo habitual, porque ese era el espacio donde las cosas se clarificaban y donde conseguía la fuerza y perspectiva necesarias para la vida.

 Así dice Juan, en Subida (2S2,5): “No nos queda en todas nuestras necesidades, trabajos y dificultades, otro medio mejor y más seguro que la oración y esperanza que él proveerá por los medios que él quisiere…”. Consejo que es válida también hoy para nosotros: pide a Dios, pero pide en fe; no como último recurso o como de pasada, sino directamente, y confiando plenamente. Porque en toda oración, lo que en resumidas cuentas está en juego es toda tu vida.

“Se puede rezar pidiendo fuerza para mañana, pidiendo perdón por ayer, pidiendo ayuda para las cosillas de hoy. Se puede orar por quienes están presos por su conciencia, por amigos y enemigos, por los sin techo o por los ricos, por la paz del mundo o la tranquilidad interior. Pero en todos estos casos la necesidad, aunque real, es síntoma de otra necesidad más profunda; de un anhelo que es tan íntimo y vital como lo somos nosotros para nosotros mismos”.

 Juan, que como místico ha sondeado las profundidades del alma humana, ha dicho algo fundamental: hemos sido creados para necesitar a Dios; tenemos una “capacidad infinita” para Dios. Todas las demás necesidades son síntomas de esta necesidad universal, la más real de todas, la necesidad de Dios. Nuestras necesidades son expresión de una necesidad mayor: estamos hechos para cosa más alta, y en ello radica nuestra dignidad (por ello nos arde y escuece dentro, y sufrimos esta hambre y necesidad que no saciamos con nada que no sea Dios).

 Juan usa el término “esposa” para hablar de esa necesidad; toda la humanidad y cada persona tiene ese rango. Desde la propia creación fuimos modelados para Cristo; tenemos capacidad y necesidad de Cristo.

 Nuestra carencia es nuestra dignidad. Y cuando la sentimos es cuando más somos lo que realmente somos; cuando manifestamos nuestra queja desde dentro, por esa falta, demostramos nuestra madurez. Esa queja se llama ORACIÓN; por eso la oración es un valor supremo para la persona humana. Y si la oración nos conduce a ser nosotros mismos, entonces es también un valor supremo para el mundo: devuelve al universo su ritmo, su equilibrio, su verdad.

 Así, por eso, para Juan solamente Dios salva, y el amor nos abre a un Dios que está empeñado en salvar. Dios se autoentrega en Cristo, se comunica de modo arrollador, y necesita quienes reciban ese don, quienes estén abiertos a la escucha. Por eso, para Juan, los que aman (los que oran) son los que más aprovechan a la Iglesia y los que salvan al mundo.

“Es más precioso delante de Dios y del alma un poquito de este puro amor y más provecho hace a la Iglesia. aunque parece que no hace nada, que todas esas otras obras juntas” (CB 29,2).

“Adviertan, pues, aquí los que son muy activos, que piensan ceñir al mundo con sus predicaciones y obras exteriores, que mucho más provecho haría a la Iglesia, y mucho más agradarían a Dios, dejado aparte el buen ejemplo que de sí darían, si gastasen siquiera la mitad de ese tiempo en estarse con Dios en oración, aunque no hubiesen llegado a tan alta como ésta. Cierto, entonces harían más y con menos trabajo con una obra que con mil, mereciéndolo su oración, y habiendo cobrado fuerzas espirituales en ella; porque de otra manera todo es martillar y hacer poco más que nada, y a veces nada, y aun a veces daño” (CB 29, 3).

 Así resume el autor el mensaje de Juan: sólo Dios salva; el amor crucificado efectúa la apertura del mundo al don; ese amor se pone en marcha en la oración. La oración es el motor del cambio y el valor supremo frente a las necesidades del mundo.

jueves, 11 de enero de 2024

ORACIÓN TERESIANA

 Descubre el secreto y el método de Santa Teresa de Ávila para orar y ser escuchada

Descubre el fascinante mundo de la oración según Santa Teresa de Ávila, una mística y doctora de la Iglesia. Exploraremos su método único y el secreto que ha inspirado a generaciones.

Santa Teresa de Ávila, destacada mística y escritora española del siglo XVI, dejó un legado espiritual profundo que trasciende el tiempo. Su enfoque único y apasionado hacia la oración ha capturado la atención de creyentes y buscadores espirituales durante siglos.

En este artículo, exploraremos el método de Santa Teresa para orar y cómo podemos incorporarlo en nuestras vidas cotidianas.

 


El método de Santa Teresa para orar:

La oración mental profunda: Santa Teresa abogaba por una oración mental profunda, una comunión íntima con Dios que va más allá de las palabras. Su método se centraba en una conversación personal y sincera con el Creador, buscando una conexión profunda del alma con lo divino.

La imaginación como puerta a lo divino: La santa invitaba a usar la imaginación como una puerta para acceder a la presencia de Dios. En sus escritos, describía cómo la mente puede visualizar escenas sagradas, como la Encarnación o la Pasión de Cristo, para fortalecer la conexión con lo divino.

La recogida interior: Santa Teresa abogaba por la "recogida interior", un estado en el cual la mente y el corazón se retiran de las distracciones del mundo exterior para centrarse exclusivamente en la presencia de Dios. Esta recogida espiritual facilita la oración profunda y contemplativa.

La oración de quietud: Dentro de su método, Santa Teresa enfatizaba la "oración de quietud", un estado en el cual el alma, después de haber buscado a Dios con fervor, entra en una profunda paz y silencio interior. Esta quietud permite que Dios actúe y hable en el corazón del individuo.

El uso de la palabra o frase breve: La santa recomendaba el uso de una palabra o frase breve como ancla para la concentración durante la oración. Palabras como "Jesús" o "Amor divino" se convertían en puntos focales para centrar la mente y el corazón en la presencia de Dios.

La importancia de la humildad: Santa Teresa resaltaba la humildad como un elemento clave en la oración efectiva. Reconocer la propia pequeñez frente a la grandeza de Dios, así como aceptar con humildad las limitaciones y pecados personales, facilitaba una conexión más profunda con lo divino.

 

Cómo practicar el método de Santa Teresa en casa:

Encuentra un espacio tranquilo: Busca un rincón tranquilo en tu hogar donde puedas retirarte del bullicio y las distracciones. La paz exterior contribuirá a la recogida interior que Santa Teresa valoraba.

Establece un tiempo diario: Dedica un tiempo específico cada día para la oración. Puede ser por la mañana, al mediodía o antes de acostarte. La regularidad fortalecerá tu práctica.

Visualiza escenas sagradas: Usa la imaginación para visualizar escenas sagradas que resuenen contigo. Puedes meditar en la vida de Jesús, escenas bíblicas o momentos de la vida de los santos.

Usa una palabra o frase breve: Elige una palabra o frase breve que tenga significado espiritual para ti. Puede ser "paz", "gracia" o incluso el nombre de Jesús. Úsala como ancla durante la oración.

Practica la humildad: Antes de comenzar, reflexiona sobre tu propia humildad y reconoce la grandeza de Dios. La humildad prepara el corazón para una conexión más profunda.

Acepta la quietud interior: Durante la oración, permite que tu alma se sumerja en la quietud interior. Acepta la paz y el silencio como un regalo divino.

Conversa con Dios: Establece una conversación sincera con Dios. Habla desde el corazón, compartiendo tus alegrías, preocupaciones y agradecimientos. La comunicación honesta fortalece la relación espiritual.


Al adoptar el método de Santa Teresa para orar en casa, puedes experimentar una profunda conexión espiritual y encontrar paz en la presencia divina. La riqueza de su enseñanza perdura, ofreciendo un camino valioso para aquellos que buscan fortalecer su vida de oración.

(Tomado de: Teresa, de la rueca a la pluma, La Vanguardia)

viernes, 20 de agosto de 2021

LA HUMANIDAD DE CRISTO (VIDA, Capítulo 22)

  Este es un capítulo esencial, del LIBRO DE LA VIDA de Santa Teresa, que hace de bisagra entre lo que precede (Tratado de los grados de oración), y la parte siguiente del libro (La nueva vida en Cristo). Dos razones importantes mueven a Teresa a detenerse aquí: el no haber hablado mucho de Cristo, de su vida humana, de su presencia e importancia en el proceso de oración, en los capítulos precedentes, y a las propias dificultades de Teresa en su oración mística con respecto al lugar de la humanidad de Cristo en este camino.

Por eso, el capítulo está escrito en dialogo con el lector, y esto de nuevo por dos razones: porque el problema de la Humanidad de Jesús se plantea expresamente a quienes andan ya adelantados en la oración, como es el caso de los lectores de Teresa, y porque ese problema lo plantean, en su entorno, los libros y teólogos, al alcance de esos mismos lectores.

Posiblemente es la primera vez que Teresa se enfrenta a un problema teológico, cristológico, de especial trascendencia en la práctica espiritual. Prueba de lo importante que es para ella es que lo vuelve a tratar años después en Moradas (sextas, capítulo 7). Tres líneas se entrecruzan en este capítulo: el diálogo con el lector, el propio recuerdo de Teresa y las razones en que Teresa funda su tesis cristológica.

ESQUEMA DEL CAPÍTULO:

#s 1-4: Falsa doctrina cristológica de ciertos libros, y error de la misma Teresa.

#5: Tesis contraria. Importancia insuperable de la Humanidad de Jesús.

#s 6-8: Primera serie de razones para probarlo: humildad…

#s 9-12: Segunda serie de razones: no somos ángeles…

#s 13-18: Insistencia, en diálogo con el lector.

 

LO PRIMERO: El error del puro espiritualismo.

En el título o epígrafe del capítulo se anuncian dos temas: que los contemplativos no deben “levantar el espíritu a cosas altas”, y que la Humanidad de Cristo “es el medio para la más subida contemplación”. En realidad, es un mismo problema, algo complejo: es un error “levantar el espíritu apartándolo de todo lo corpóreo” porque la Humanidad de Cristo (corpórea) es indispensable para el progreso espiritual, incluso el progreso místico. No es un problema que Teresa se invente, sino que ella polemiza con un error muy difundido en los libros y maestros espirituales de su tiempo (tal vez, incluso en el nuestro).

El error en cuestión tenía visos de espiritualismo. Consistía, según ella, en asegurar que, al llegar el orante, o el simple cristiano, a una cierta altura de vida espiritual, tiene que optar por espiritualizarse del todo para entrar en la órbita de lo divino: dejar de lado la atención a lo corpóreo; dejar, por tanto, también de lado, la Humanidad de Jesús como motivo de oración; ir levantando el espíritu por encima de todo lo criado; cuadrar la mente (“considerándose en cuadrada manera”) y engolfándose en el océano inmenso de la divinidad.

Ya fuera que ella lo presentará bien o no, lo que le interesa en el momento presente es el tema central: la Humanidad de Cristo, su coyuntura histórica-evangélica, su Pasión, su Cuerpo… ¿Entran o no en la oración del místico? El “voy de vuelo” del orante místico, ¿tiene que dejar aparcado al Jesús del evangelio, de la Eucaristía, al Resucitado glorioso? Algunos libros acudían a un texto bíblico para apoyarse: “Les conviene que yo me vaya, porque si no, no vendrá el Espíritu…”.

 En esa doctrina espiritualista de cuadrar la mente, Teresa distingue dos cosas: lo de “ir levantando el espíritu” para provocar suavemente el ingreso en lo sobrenatural místico, cosa en que ella jamás incurrió, porque “veía era atrevimiento”. Y luego, lo de orillas, juntamente con lo corpóreo, a la Humanidad de Cristo, error en que ella misma incurrió por breve tiempo después de iniciar la oración de quietud, o en las primeras fases de su oración mística.

 “¿Es posible, Señor mío, que cupo en mi pensamiento ni una hora que Vos me habíais de impedir para mayor bien? ¿De dónde me vinieron a mí todos los bienes sino de Vos?” (4).

 Contra esa doctrina y contra su propio error, erige Teresa su tesis: “Apartarse del todo de Cristo y que entre en cuenta este divino Cuerpo con nuestras miserias, ni con todo lo criado, no lo puedo sufrir” (1). Como si se sintiese acosada por esa depreciación de lo cristológico, ella se propone resaltar el primado de la Humanidad de Jesús a lo largo de todo su camino espiritual, y busca razones, como los teólogos; pero le brota todavía, instintivamente, un motivo más fuerte y estrictamente personal. Más que razones, en Teresa prima lo experimentado por ella.

 En sentido negativo, recuerda que, cuando se dejó seducir por los libros de intentó prescindir de la Humanidad de Cristo, andaba como “en el aire”, sin ánimo ni apoyo, estancada en su vida espiritual, sin progreso en el amor. Dice: “me parece iba sin camino”.

En sentido positivo, su testimonio insistente de la luz que aportó Cristo a su vida: “Con tan buen amigo al lado”. De las páginas más hermosas de Teresa las que refieren a Cristo y su humanidad, en este capítulo 22 de VIDA (6-9). “Para contentar a Dios y que nos haga grandes mercedes, quiere sea por manos de esta Humanidad Sacratísima, en quien dijo su majestad se deleita… Lo he visto por experiencia… Por esta puerta hemos de entrar… No quiera otro camino, aunque esté en la cumbre de la contemplación… Este Señor nuestro es por quien nos vienen todos los bienes… Tan buen amigo al lado, que no nos dejará en los trabajos y tribulaciones, como hacen los del mundo… Bienaventurado quien de verdad le amare y siempre le trajere cabe sí”. Así lo recomienda a García de Toledo (7), y así lo reafirma en MORADAS 6.7,15), que gracias que no le vengan por la Humanidad de Jesús, ella no las quiere: “No quiero ningún bien, sino adquirido por quien nos vinieron todos los bienes”.

Veamos las dos razones cristológicas que presenta Teresa, sobre las cuales funda su razón:

1.  Implica una sutil y dañosa falta de humildad no ir por el camino de la Humanidad de Cristo. Todo intento de escalar la esfera de lo divino, descartando, por menos espiritual, la mediación de Cristo, será soberbia solapada, vano esfuerzo prometeico. Referencias bíblicas a San Juan y a San Pablo, así como a otros santos (7, segundo párrafo).

2.  No hacerlo es ignorar la propia condición humana: que somos hombres y no ángeles…Nuestra propia condición humana nos hace insustituible la mediación de Cristo hombre (“Porque le miramos hombre y vémosle con flaquezas y trabajos, y es compañía…”). Utiliza varias comparaciones en los #s 12 y 13: el águila y el sapo, la voz y el canto, el huerto y el riego.

 

PERO, ¿A qué se refiere Teresa cuando habla de la “Humanidad de Jesús?

Pareciera una expresión abstracta, pero para Teresa no lo es; refiere a Jesús mismo y todo su misterio: su aventura evangélica, palabras, sentimientos y acciones; su Pasión, su Cuerpo glorioso y resucitado. También su presencia eucarística (“compañero nuestro en el Santísimo sacramento, que no parece fue de su mano apartarse un momento de nosotros”). También refiere a su misteriosa presencia al lado del orante o del creyente, como amigo, compañero y buen capitán. En fin, Cristo para Teresa es el Amor de Dios, fuente de ese Amor: “Quiero concluir con esto: que siempre que se piense en Cristo nos acordemos del amor con que nos hizo tantas mercedes, y cuán grande nos lo mostró Dios en darnos tal prenda del que nos tiene: que amor saca amor... Procuremos ir mirando esto siempre y despertándonos para amar”.

Por aquí viene, a mi parecer, el profundo HUMANISMO de Teresa, porque su mirada Jesús humano humaniza su propia comprensión de la llamada y el modo de hacerla concreta. Cuando dice: “Es gran cosa, mientras vivimos y somos humanos, traerle humano”, nos invita a seguirle humanamente, y no tratando de huir de nuestra humanidad. “Nosotros no somos ángeles, sino tenemos cuerpo; queremos hacer ángeles estando en la tierra, y tan en la tierra como estaba yo, es desatino” (10). Así es que, “todo este cimiento de la oración va fundado en humildad, y mientras más se abaja un alma en la oración, más la sube Dios”.

 

Termina Teresa este capítulo volviendo a la oración de la que ha estado hablando, y para la que pide humildad y libertad por parte del orante (“Con libertad se ha de andar este camino, puestos en las manos de Dios”). Y dice:

1.  Procurar la verdadera pobreza de espíritu, que es “no buscar consuelo ni gusto en la oración, sino consolación en los trabajos por amor de Él, que siempre vivió en ellos, y estar en ellos y en las sequedades quieta” (11).

2.  “Si su Majestad nos quiere subir a ser de los de su cámara y secreto, ir de buena gana; si no, servir en oficios bajos y no sentarnos en el mejor lugar… Dios tiene cuidado, más que nosotros, y sabe para lo que es cada uno. ¿De qué sirve gobernarse a sí quien tiene dada ya toda su voluntad a Dios?” (12).

3.  “En todo es menester experiencia y discreción” (18).


(Resumen  preparado a partir de la lectura del capítulo y los comentarios de Tomás Álvarez, ocd)

 

domingo, 20 de junio de 2021

LA CONTEMPLACIÓN COMO SERVICIO APOSTÓLICO

Pese a su eficacia reconocida, la lectio no deja de ser un método de oración. Para esto se requiere la fe. Y justamente la fe es lo que hoy está en crisis. El contexto secularizado en el que se vive hoy en el mundo occidental exige una decisión de fe personal que no puede fundamentarse ya ni en la costumbre ni en el ambiente ni en las tradiciones recibidas. Más aún, la fe es irrelevante en nuestras sociedades. En consecuencia, el creyente, como tal, es cuestionado y marginado tan sutil como eficazmente. Y no parece que los creyentes nos preparemos para hacer frente a esa situación. De hecho, respondemos de forma atolondrada. O tratamos de guardar la fe individual en la propia intimidad o pretendemos vivirla en grupos reducidos y homogéneos. Lo primero está expuesto al peligro de privatizar la fe, como si se tratase de un sentimiento personal. En el segundo caso se manifiesta la tendencia al elitismo: sólo se consideran buenos los que son buenos con uno mismo o con el propio grupo. En ambos casos aparece un debilitamiento en la vivencia común de fe y un "desenganche" de la Iglesia. 

No basta, pues, con salvar la propia fe. El cristiano nace, no cuando dice creer, sino cuando da testimonio de su fe. Ha llegado para la Iglesia la hora de la evangelización, que ha de afrontar retos nuevos. Pero la novedad de esa evangelización no depende de los contenidos ni de una presentación del Evangelio. Ni siquiera la nueva situación de los destinatarios impone por sí misma una evangelización. Que los posibles oyentes del Evangelio hayan cambiado no cambia el mensaje. Hoy como ayer, la evangelización depende de los evangelizadores: "para devolver un sentido evangélico a la sociedad actual es preciso formar bien a los evangelizadores", pues "sólo una Iglesia evangelizada es capaz de evangelizar". 

La novedad de la predicación cristiana radica en que la vida del evangelizador se ajuste al Evangelio. Y si el evangelizador no ha tenido el Evangelio en su corazón, si el Evangelio no ha sido objeto de su contemplación y motivo de su plegaria, no logrará mantenerlo en su boca. La nueva evangelización necesita creyentes nuevos. La llamada a la nueva evangelización es ante todo una llamada a la conversión, una conversión a la contemplación, de forma que transformemos en oración las obras de las manos. La oración cristiana no puede proponerse como meta únicamente el restablecimiento de la paz interior. La oración ni es un camino de introspección ni ha de llevar al ensimismamiento. La oración cristiana es diálogo con Dios, que es el que lleva siempre la iniciativa. Y es ejercicio de fraternidad, que se afirma cuando se reza (Mt 6,9) o se ha de restablecer para poder rezar (Mt 6,15): cerrarse a Dios lleva a cerrarse en uno mismo.

JUAN JOSÉ BARTOLOMÉ
(Selecciones de teología, #140, 1996)

sábado, 19 de junio de 2021

CAMINOS DE ORACIÓN: LA LECTIO DIVINA...

La lectio es un "ejercicio sistemático de escucha de la Palabra". Quien se ejercita en ella tiene como meta descubrir la voluntad de Dios en su propia vida. Para esto emplea como medio la lectura de la Biblia siguiendo una metodología precisa, aunque flexible. La lectura de la Biblia es el instrumento de la escucha de Dios. Es al mismo tiempo lectura de la Biblia y lectura de la experiencia, lectura de la Biblia y lectura de la vida. El esfuerzo de escucha es personal e intransferible, pues Dios nunca habla indiferenciadamente ni quiere lo mismo de todos. Su escucha, pues, no es delegable. Ni siquiera la comunidad eclesial, que es el ámbito propio para la escucha de Dios, puede sustituir el esfuerzo individual de búsqueda. 

La denominación lectio divina se atribuye a Orígenes. La tradición monástica la asumió y sistematizó. Hoy sigue siendo el método más recomendable de lectura creyente de la Biblia. No requiere educación especial, pero sí cierta disciplina. En su forma clásica, la lectio tiene cuatro etapas, que responden a las actitudes permanentes que debemos tener frente a la Palabra de Dios. Han de recorrerse todas y en el orden que se indica. No obstante, en la práctica habitual no es fácil diferenciarlas: son grados de un único proceso. 

1ª. La lectio. Es la lectura pausada y repetida del texto bíblico, hasta que el texto hable por sí mismo. Por más conocido que resulte, esa lectura del texto jamás ha de omitirse. Creerse ya familiarizado con un texto suele llevar a no saber apreciarlo. La lectura pretende entender el texto por lo que en él se dice. No es el lector el que pone cuestiones al texto, sino que se ha de dejar cuestionar por lo que él dice. Ha de atenderse al texto y desinteresarse de cuanto a él le preocupa. Y lo conseguirá si se fija en cómo lo dice, respetando tanto los silencios del texto -lo que no dice por obvio que parezca- como la forma de decirlo. La lectura atenta es el primer paso hacia la adhesión del lector a la Palabra. No basta con hacerse una idea global sobre los temas fundamentales. Pero tampoco es absolutamente necesario conocer el contexto, histórico y literario. Aunque, sin duda, esto también ayuda. No se lee ni para ilustrarse ni para ilustrar, sino para conocer la voluntad de Dios. No resultan, pues, imprescindibles más saberes previos que el saber leer y el saberse responsables ante Dios. La lectura debería ser en voz alta para restituir a la lectura su ambiente primero: la proclamación oral. 


2ª. La meditatio es la reflexión sobre el sentido del texto y, su aplicación a la vida del lector. Este ya sabe lo que dice el texto en sí. Ahora busca lo que le dice a él. Se trata de "perforar la pared de la distancia entre el ayer del texto y el hoy de nuestra vida". Cuando la lectura convierte el texto en palabra propia, cuando hace suya la Palabra de Dios, ha llegado el momento de la meditación: la búsqueda de la verdad oculta en el texto. Es el momento de hacerle preguntas al texto y de resumir su sentido en una frase. La percepción del sentido del texto no procede tanto del estudio cuanto de la experiencia vital del lector. Implica, pues, a toda la persona, que es sujeto y objeto a la vez de la meditación. Por confrontarse con la Palabra, la meditación se distingue de la mera introspección. Para que el texto ilumine la vida, la vida ha de iluminar el texto. 

3ª. La oratio es la consecuencia de esa confrontación entre lo que dice la Palabra y lo que está viviendo el que la escucha. Ante lo que Dios quiere de uno se experimenta la propia pobreza. Y se inicia el diálogo, que es el centro de toda experiencia de oración. Es conversación no sólo porque el orante se vierte en lo que Dios le habla, sino también porque busca convertirse a él. En el proceso la oración tiende a prolongarse en la vida diaria. La oración tiende a simplificarse: el orante aprende a expresarse mejor con menos palabras. El texto bíblico presta el motivo y las palabras de la oración. Es así como la Palabra se vuelve alimento vital y el orante va aceptando el punto de vista de Dios, que ha descubierto, guiado por la Palabra, en el interior de su vida. 

4ª. La contemplatio es silencio y adoración, admiración y gusto ante lo que Dios nos dice. El texto pierde importancia, pues Dios mismo se deja vislumbrar. Desaparece la preocupación por entender lo que dice el texto e, incluso, lo que a través de él me está diciendo Dios, para centrarse en experimentar y gustar al mismo Dios que habla. Al orante le basta saberse contemplado por Dios para acallar cualquier urgencia o necesidad. No hay que cejar hasta llegar a esto. 


De la conversación con Dios se pasa, pues, a saberse en su presencia; de la atención a sus palabras a saberse atendido por su querer; del mirar a Dios a saberse contemplado por El; de la escucha de su Palabra a su descubrimiento en nuestra vida. La oración es una búsqueda de Dios, pero también es revelación de Dios. Pero para llegar a esto no es preciso separarse del mundo. La contemplación evita la huida del mundo. El lugar de la experiencia de Dios está en la propia vida. 

Aquí termina el itinerario de la lectio divina en su versión clásica. La lectura privilegia el momento de la comprensión; en la meditación prima el esfuerzo de apropiación: la oración da paso al diálogo con Dios; en la contemplación aparecen el silencio y la adoración. Apoyado en la complejidad del proceso humano, que va del pensar al actuar, Mons. Martini lo prolongaba en cuatro etapas adicionales. 

La consolatio, un gozo íntimo, efecto de la certeza de vivir en comunión con Dios, es el estado que resulta de la contemplación y en el que surgen las grandes opciones cristianas. La discreteo consiste en la intuición espiritual que logra dar con lo que Dios pide en cada momento concreto. La deliberatio es la decisión interior que lleva a elegir siempre en conformidad con la voluntad divina. La actio es la realización de lo discernido y asumido como querer de Dios. 

La lectio divina, pone pues en marcha un proceso de vida en la que se cuenta con mejores garantías de acertar con lo que Dios quiere y se obtiene mayor generosidad para ponerlo por obra. Con este añadido se subraya la dimensión operativa de la oración y se señala la presencia de la gracia a lo largo de todo el proceso. Se gana en claridad. Pero no se evita cierta impresión de artificiosidad. De hecho, cuanto se detalla iba ya incluido en el modelo clásico. 

JUAN JOSÉ BARTOLOMÉ 
(Revista Selecciones de teología, #140, 1996)

martes, 4 de mayo de 2021

NO OLVIDES LA ORACIÓN...

"Joven, no olvides la oración…Acuérdate, además, de repetir todos los días y tantas veces como puedas estas palabras: «Señor, ten piedad de todos los que comparecen ante Ti». Pues, hora tras hora, termina la existencia terrestre de algunos de los seres humanos de más alta valía espiritual y sus almas llegan ante Dios. ¡Cuántos de ellos han dejado este mundo en la soledad más completa, ignorados por todos, tristes y amargados de la indiferencia general! Y tal vez, aunque no conozcas al que muere, porque vive en el otro extremo del mundo, el Señor oiga tu plegaria. El alma temerosa que llega a la presencia de Dios se conmoverá al saber que hay sobre la tierra alguien que le ama e intercede por ella. Y Dios os mirará a los dos con más misericordia, pues si tú te compadeces del alma de otro, él se compadecerá mucho más, pues su caudal de piedad y amor es inagotable. Así, él perdonará por ti".

Fedor Dostoievski

TODO LE GLORIFICA...


"La oración no es lo único que le da gloria a Dios, también el trabajo. Golpear un yunque, serrar un madero, pintar una pared, manejar caballos, barrer, fregar, todo le da gloria a Dios si, estando en su gracia, lo haces como tu deber. Comulgar dignamente glorifica a Dios de gran manera; pero comer con agradecimiento y templanza también. Levantar las manos en oración glorifica a Dios. Pero el hombre con la horquilla llena de estiércol y la mujer con un cubo lleno de comida para los cerdos también le glorifican. Tan grande es Dios que todo le glorifica si se hace con esa intención. Vive así, pues, hermano mío".

G.M. Hopkins

EL EFECTO DE LA ORACIÓN...

"El efecto de la oración es la unión con Dios. Si alguien está con Dios, está separado del enemigo. Por medio de la oración guardamos nuestra castidad, dominamos nuestro genio y nos liberamos de la vanidad. Nos hace olvidar injurias; vence la envidia, derrota la injusticia y trata de remediar el daño que causa el pecado. Por medio de la oración se logran el bienestar físico, un hogar feliz y apacible, y una sociedad fuerte y ordenada. La oración escuda al viajero, protege al que duerme y da ánimo a los que velan. Te refrescará cuando estés cansado y te consolará cuando estés triste. La oración es el deleite de los alegres y el consuelo de los afligidos. Es la intimidad con Dios y la contemplación de lo invisible. La oración es el goce de las cosas del presente y la sustancia de las cosas por venir".

Gregorio de Nisa

FRANCISCO HABLA DE TERESA

“En la escuela de la santa andariega aprendemos a ser peregrinos. La imagen del camino puede sintetizar muy bien la lección de su vida ...