jueves, 20 de diciembre de 2018

MARÍA Y JOSÉ

"Me parece que la actitud de la Virgen y de San José durante los meses transcurridos entre la anunciación y el Nacimiento son el modelo de las almas interiores; de esos seres que Dios ha escogido para vivir dentro de sí, en el fondo del abismo sin fondo. ¡Con qué paz, con qué recogimiento María y José se sometían y se prestaban a todas las cosas! ¡Cómo, aun las más vulgares, eran divinizadas por Ellos! Porque a través de todo, no dejaban de ser adoradores del don de Dios. Esto no les impedía entregarse a las cosas de fuera cuando se trataba de ejercitar la caridad. El Evangelio nos dice que María subió con toda diligencia a la montaña de Judea para ir a casa de Isabel (Lc 1, 39-40). José la acogió y cuidó con todo su ser. Jamás la visión inefable que Ellos contemplaban en sí mismos disminuyó su caridad exterior..." 

(adaptado Sta. Isabel de la Trinidad- El cielo en la fe).

viernes, 14 de diciembre de 2018

JUAN DE LA CRUZ, UNA FIGURA POLIVALENTE.

He aquí la reflexión de uno de nuestros frailes más venerables de la Provincia Ibérica: José Vicente Rodríguez.

“Se trata de una personalidad variopinta y polivalente. En su existencia hallamos escenas llenas de ternura, momentos trágicos, también situaciones cómicas. Es un hombre que los mismo hace de hortelano, que de peón albañil. Compone los mejores versos de la poesía lírica española, lo mismo que hace un diseño de Cristo en la Cruz, o va cantando y llenando el aire de coplas por los caminos, o gime como una paloma en la cárcel, de la que se fuga arriesgándolo todo. Alguien que se entusiasma viendo cómo juguetean los pececillos en el agua, lo mismo que calma a un perrazo que enseña los dientes como si fuera el lobo feroz, o acoge en el halda de su hábito pardo a una liebrecilla escapada de un incendio. Lo mismo se extasía hablando con Santa Teresa del misterio de la Santísima Trinidad que se las ve y se las desea rechazando las insinuaciones de una doncella de Ávila que se le mete en casa y le tienta sin ambages. Lo mismo hace de cocinero y se desgasta la uñas fregando ollas y sartenes, que prepara un caldillo o una pechuga de pollo para un enfermo inapetente, o también cuenta un par de chistes a sus enfermos del “catarro universal”, y les anima a que se rían y hace que les traigan música para que levanten cabeza. A quien quiere saber de su cárcel le asegura que de allí salió renacido y a quien le vuelve a preguntar le explica: así como el niño pasa nueve meses en el seno de su madre, así yo pasé nueve meses en la cárcel. Barre la iglesia y pone flores… Lo mismo funge de exorcista, que, como si fuera un pitagórico, escucha la música des los astros o dialoga con la fuente cristalina de la finca conventual. Lo mismo pone en paz a dos matones que se están tirando buenas cuchilladas, que hace entrar en razón a una prostituta y desvergonzada que cambia de vida como una Magdalena. Lo mismo labra imagencitas y cristos de madera con la punta agudísima de una lanceta, que construye el acueducto para llevar las aguas del Generalife hasta su convento de los Mártires de Granada…


Practica el ajedrez “a lo divino” en su magisterio y va moviendo sobre el tablero: lo más fácil, lo más dificultoso; lo más sabroso, lo más desabrido; el bien, el mal; la virtud, el pecado; el descanso, lo trabajoso; lo más, lo menos; el todo y la nada; y da jaque mate a la muerte, a la nada, al pecado, al mal…

Es el hombre de los silencios contemplativos más profundos y el relator incansable de los secretos de la vida divina, en la que se abisma a través de la experiencia suprema que se le regala y que la va deletreando y confrontando con la palabra de Dios.

Así era de carismático fray Juan, a quien nos queda preguntarle: 
´¿Cuánto queda, cuánto queda de la noche?´ (Is. 21,11).
´Centinela: alerta, ¿qué nos dices de la noche?´”.

P. José Vicente Rodríguez, o.c.d.

EL DIOS PRESENTE Y AUSENTE DE SAN JUAN DE LA CRUZ

La fiesta de san Juan de la Cruz, el día de su muerte en Úbeda (Jaén) la noche del 13 al 14 de diciembre de 1591, es una ocasión para preguntarle por el Dios que marcó el destino de su vida y lo convirtió en uno de los mayores genios religiosos de todos los tiempos. Él es un creador original de poesía mística y en su vida y en su obra literaria aparece ese Dios ausente y presente al mismo tiempo, una curiosa paradoja. Queramos o no, Dios, su existencia y presencia en el mundo, que fue tema de reflexión durante siglos, hace tiempo que se ha convertido en problema para teólogos, filósofos y científicos y, en menor medida, para el hombre de la calle.

La ausencia de Dios aparece en la primera estrofa del Cántico Espiritual de san Juan de la Cruz como el grito de un creyente que finge increencia y que, al no sentir su presencia, pregunta angustiado: “¿Adónde te escondiste, Amado?” La pregunta por Dios no expresa la duda de los agnósticos o la negación de los ateos, sino el deseo de un cristiano que busca apasionadamente al Amado, “el Verbo Hijo de Dios”, hambriento de evidencias; es la pasión del místico que ha vislumbrado una realidad que lo trasciende en forma de ausencia de un Dios que no se le revela del todo, sino en un claroscuro para la razón.

El místico poeta se convierte en teólogo para convencer a los humanos que el problema de la existencia de Dios no se resuelve en el sentimiento de presencia sensible, sino en la convicción de que Dios sigue siendo un misterio para la razón, más allá de los conceptos que nos podemos formar de Él. Por eso la pregunta del poeta: “adónde” te escondes Dios, Amado mío, tiene un sentido como un grito desde la fe, no desde la razón, aunque ni la una ni la otra nos dan una respuesta con evidencias, sino en una cierta ignorancia. “Es de notar -dice Juan de la Cruz- que por grandes comunicaciones y presencias y altas y subidas noticias de Dios que un alma en esta vida tenga, no es aquello esencialmente Dios”. Ni tampoco la carencia de ese sentimiento sensible es prueba de la no presencia ni existencia de Dios en la vida del creyente (Cántico, 1, 3-4).

Juan de la Cruz -como los grandes espirituales- propone que para buscar y encontrar a Dios y resolver el enigma del Adónde hay que “salir de todas las cosas según la afección y voluntad y entrarse en sumo recogimiento dentro de sí mismo” (ib., 1, 6). Propone al lector creyente que Dios habita en el interior del ser humano y si no lo “siente” es “porque está escondido y tú no te escondes también para hallarle y sentirle” (ib., 8-9), porque no lo busca en fe y en amor y por caminos de la ignorancia inmolando la propia razón. “Quiero decir -escribe- que nunca te quieras satisfacer en lo que entendieres de Dios, sino en lo que no entendieres de Él” (ib. 1, 12). Y aunque parezca irracional, es verdad que los que más sienten la ausencia de Dios son a veces los más creyentes y santos, los más enamorados; son los que “padecen” las “noches” oscuras pasivas del sentido y del espíritu, como explica san Juan de la Cruz en la Subida del Monte Carmelo y en la Noche oscura.

Dios está ausente de los raciocinios humanos porque los supera. Si pudiésemos “demostrar” la existencia de Dios y su esencia por la razón, se oscurecería la fe, que es, como decían los viejos catecismos, “creer lo que no vimos”; la fe es el tributo de la racionalidad humana a Dios que, racionalmente, tiene que ser un ausente y desconocido, un huido de la mente humana, como dice el místico poeta gimiendo por la ausencia: “salí tras ti clamando y eras ido” (canción 1). La huida y la ausencia del Dios cristiano lo expresa Juan de la Cruz cuando, preguntando a las criaturas -la hermosa creación de “bosques y espesuras plantadas por la mano del Amado” Dios (canción 4)- no le sirven de mensajeros eficaces porque “no saben decirme lo que quiero” (canción 6); y lo único que escucha es su elocuencia muda “Un no sé qué que quedan balbuciendo” (canción 7).

Pero él busca presencia, un Dios tangible y presente, no silencio o balbuceo, y encuentra la respuesta satisfactoria y definitiva en la “cristalina fuente” de la fe (canción 12). El drama de la búsqueda de Dios se resuelve en la vida de Juan de la Cruz y de los cristianos santos en el encuentro con el Amado escondido y revelado en los “valles solitarios nemorosos”, en la “música callada” y la “soledad sonora” (canciones 15 y 16) y en el misterioso Aquello, que le dio el Esposo Cristo al alma enamorada en el matrimonio espiritual que transforma al hombre en Dios “por participación”.

En esta reflexión, por contraste, cabe el problema de la increencia, otro modo de estar Dios ausente de la civilización moderna, la otra cara de la moneda de Dios como problema del hombre, lo que llamó un gran teólogo el drama del humanismo ateo, que fue minoritario en tiempos pasados y está siendo mayoría en las masas de la civilización occidental, fundada, queramos o no, en raíces cristianas. Admitimos que los ateos pueden tener razones para no creer en una religión tan complicada y exigente como el cristianismo y suponemos que tienen razón. Lo que parece más irracional es que sean “antiteístas”, luchadores para extirpar la creencia de las gentes, porque existen al menos tantas razones objetivas para creer como para no creer.

Si en el pasado se perseguía a los ateos cuando la fe en Dios era un sostén de los estados confesionales y de la convivencia ciudadana y hoy lo consideramos un abuso del poder civil y de las Iglesias, mayor error es suprimir o perseguir al cristianismo, una civilización que creó la Europa civilizada y evitó en dos ocasiones que hoy sea musulmana.

Y mucho más irracional es destruir los vestigios de esa civilización, sus manifestaciones artísticas y culturales. Me parece más comprensible la actitud de los agnósticos que tienen tantas razones para creer como para no creer y por eso comprenden la racionalidad de las dos actitudes y respetan la creencia y la increencia que ellos mismos viven. Y lo absolutamente irracional son las guerras de religión, desgraciadamente tan abundantes en la historia de las civilizaciones.

Daniel de Pablo Maroto
Carmelita Descalzo
“La Santa” - Ávila
(Tomado de la página de los Carmelitas Descalzos de la Provincia Ibérica).

LAS RELIQUIAS DE SAN JUAN DE LA CRUZ: entre Úbeda y Segovia.

En la medianoche del 13 al 14 de diciembre de 1591 a la edad de cuarenta y nueve años, muere San Juan de la Cruz, compañero inseparable de Santa Teresa de Jesús, en su ardua tarea de reformar la Orden del Carmelo.

Inmediatamente después de la muerte de Juan de la Cruz, se extendió su fama de santidad. Dos años después de su muerte, su cuerpo que estaba en Úbeda (Jaén), desde el día de su fallecimiento, es llevado en secreto a Segovia, por Dña. Ana de Mercado y Peñalosa, ya que según cuentan San Juan de la Cruz había manifestado su deseo de ser enterrado en Segovia, diciendo a sus compañeros: " Doña Ana enviará a por mí y me traerá”.

En el traslado a Segovia se hacen las primeras amputaciones al cuerpo para obtener reliquias. En Madrid, un pie para el convento de Úbeda, pero en el translado las Carmelitas de Descalzas de Sabiote (Jaén), arrancaron del pie, aprovechando el orificio de una herida, dos huesecillos cuya ausencia era imperceptible.

Cinco años después de su muerte, el Papa Clemente VIII ordena que se restituya, se devuelva el cuerpo a Úbeda. Al final aún pidiéndose que se enviase la cabeza del Santo con otras reliquias solo se recibió para la veneración de los ubetenses, una pierna de rodilla abajo y un antebrazo. Todavía en el siglo siguiente, se repartieron distintas reliquias, entre las comunidades de frailes de Madrid y Medina del Campo y de monjas de Valladolid y de Segovia.

El proceso canónico lo inició el obispo de Valladolid en el año 1615 y posteriormente se envió a Roma. Ya antes, los superiores de la Orden, en el año 1603, dieron orden de que se recuperara toda la documentación existente sobre él y también la enviaron a Roma en el año 1618.

San Juan de la Cruz fué declarado Venerable el día 7 de noviembre de 1662. El 6 de octubre de 1674, Clemente X aprobaba los milagros que se habían presentado a su consideración y el mismo Papa, el 25 de enero de 1675 publicaba el Breve Pontificio de beatificación, beatificación que se celebró solemnemente en Roma el 21 de abril siguiente.

El Papa Benedicto XIII aprobó otros milagros atribuidos a su intercesión el día 12 de enero de 1726 y lo canonizó el 27 de diciembre del mismo año con la Bula “Pia mater Ecclesia”. El 24 de agosto de 1926, el Papa Pío XI, lo proclamó Doctor de la Iglesia.

Sus reliquias se encuentran parte en Úbeda y la mayor parte en el Convento de los Carmelitas Descalzos de Segovia, en una capilla monumental restaurada en 1926, por Félix Granda.

(Tomado de Facebook)

martes, 11 de diciembre de 2018

LOS GRANDES SÍMBOLOS DE SAN JUAN DE LA CRUZ


A propósito de su cercana festividad litúrgica, voy rumiando lo que conozco del santo y guardo en mi memoria, para compartirlo en alguna de las celebraciones de esta semana: su biografía, que puede resumirse en sus tres nombres: Juan de Yepes, Juan de Santo Matías, Juan de la Cruz; su itinerario espiritual, sus libros, incluso su mala fama de hombre duro, austero, de autor difícil e inaccesible para la mayoría. Tampoco el misterio del santo se me ha abierto del todo a mí mismo, a pesar de haber estudiado largamente su obra; siempre digo que me es más afín Teresa: su espontaneidad, su lenguaje llano, su profundo humanismo, pero también siempre me sigo sumergiendo en las hondas aguas del mundo sanjuanista, tratando de beneficiarme de su doctrina. Así, en este rumiar, se me presentan los cuatro grandes símbolos que el santo utiliza en sus obras, y en lo que cada uno significa para mí mismo, luego de conocer la obra de Juan de la Cruz: El Monte, La Noche, La Fuente y La Llama. Trato de explicarlos brevemente con mis propias palabras: 

EL MONTE: Una de las obras de Juan, Subida al Monte Carmelo, y su famoso dibujo a mano del Monte de la Perfección, con su sendero recto y sus atajos, en una progresiva desnudez y desapego, para alcanzar la cima, donde vive Dios solo. De aquí sale esta imagen que me habla de ascenso, de esfuerzo, de sudor, pero también de anhelo, de propósito, de sueños. Evoco los montes del Antiguo Testamento en los que Dios habla a los profetas, sobre todo pienso en Elías en el Monte Carmelo, y en Jesús hablando largamente a sus discípulos. En determinado momento del ascenso dirá Juan: "Ya por aquí no hay camino porque para el justo no hay ley". Dios está (es) en la cumbre, y allí se sabe todo. También con los montes, que son altos, se vinculan las virtudes, y allí en el monte mana el agua pura. 

LA NOCHE: Aparentemente oscura, tenebrosa, pero que puede ser también ceguera momentánea a causa de la mucha luz. Juan dice que la noche es purificadora, y que cuanto más oscuro se hace, más pronto está el amanecer. Habla de Noche del espíritu y del sentido, de noche activa y pasiva, de aprendizaje y libertad al final de este proceso. "Oh, noche amable más que la alborada". Y es que en la noche ve el alma lo que Dios quiere, y en la noche se ora; Juan habla de noche dichosa, sosegada, serena. "La noche enseña ciencia a la noche". "Por esta noche oscura pasa el alma para llegar a la divina luz"; es un camino estrecho hacia la vida eterna, y el alma va dejando el estado de principiante para mejor aprovechar el don de Dios. 

LA FUENTE: Para mí este símbolo en Juan está vinculado al Cántico, porque la Fuente tiene su música también; la fuente que canta me remite al desierto, tal y como lo entiende El Principito. La fuente refresca, alivia, calma la sed, renueva, limpia. Es un símbolo luminoso. "La Fonte que mana y corre...", la que sostiene la ascensión al monte y el descenso a la oscuridad. Dios es como la fuente, de la que cada uno coge como lleva el vaso, el agua viva y cristalina, la que pidió la samaritana y la que el ciervo anhela. Dios es una fuente de amor que no deja de manar, y también el alma se vuelve fuente cuando está unida a Dios y fluye con Él. La Eucaristía es fuente de vida para todos los que a ella se acercan. 

LA LLAMA: El fuego que arde, la presencia del Espíritu divino en el ser humano. El amor, la vida, la herida que hace gozar y que enamora; lo que llena al ser humano y lo plenifica, y "que a vida eterna sabe". "El amor, cuyo oficio es herir, para enamorar y deleitar, como en la tal alma está en viva llama, estále arrojando sus heridas, como llamaradas tiernisimas de delicado amor". En la imperfección del alma esta llama no es tan amigable y suave, pero sí lo es en el estado de unión con Dios. Entonces es sabrosa y consume. 

Caminando a la parroquia, para celebrar la misa, caigo en la cuenta de que estos cuatro símbolos coinciden con los famosos cuatro elementos: tierra, aire, agua y fuego, o al menos a mí me lo parece, y entonces adquieren para mí, sentido de totalidad y plenitud, y me permiten comprender mejor el misterio de Dios y de la vida.  

 Esto tengo que seguirlo meditando todavía un poco más....

Fray Manuel de Jesús, ocd

FRANCISCO HABLA DE TERESA

“En la escuela de la santa andariega aprendemos a ser peregrinos. La imagen del camino puede sintetizar muy bien la lección de su vida ...