martes, 23 de agosto de 2016

REFLEXIONES PERSONALES SOBRE LA VIDA RELIGIOSA (II)



Al leer los textos bíblicos para hoy me puse a reflexionar sobre los votos en la vida religiosa, sobre todo estimulado por un pasaje de Dürckheim que leí como complemento: “Desde siempre, cuando un alumno rechaza los términos con los que el maestro le trasmitió la verdad, ha sido como un signo del despertar a esa misma verdad: el alumno había comprendido. Muchas veces el alumno ha quemado el libro que contenía la doctrina considerada como sagrada, porque, comparada con el fruto que ha madurado interiormente, todo escrito le parecía paja, y cuando el maestro es un verdadero maestro, se alegra de la ofensa” (El Maestro Interior, 82).



En la vida religiosa: Pobreza (necesidad), Castidad (deseos), Obediencia (voluntad). Los votos religiosos deben ser caminos de libertad, no de subordinación; no implica renuncia a la responsabilidad, ni renuncia a la libertad individual. No se trata de cosas hechas, sino por hacer; no hablan de satisfacciones, sino de trabajo cotidiano. No son valores en sí mismos, sino que están en función de un proyecto de comunidad. Son raíles de crecimiento dentro de un proyecto fraterno común, que tiene su fuente y su fin en el ejercicio del amor. A menudo cosificamos los votos, los convertimos en mero cumplimiento (cumplo y miento); no son caminos de crecimiento, sino de inmadurez de acomodamiento, de falta de compromiso real con la transformación, propia y estructural de la realidad. 

Me permito compartir algunos elementos negativos que me vienen a la mente a partir de experiencias concretas en la práctica de los votos:


En la vida real de nuestras comunidades la CASTIDAD parece ser la reina de todas las virtudes, pero pocas veces los más jóvenes reciben de quienes les preceden en este camino la trasmisión de la experiencia necesaria para vivir la renuncia voluntaria al ejercicio de la sexualidad con gozo y apertura afectiva hacia quienes le rodean, ya sea dentro o fuera de su propia comunidad. Parece primar esta máxima: de eso no se habla, tú te las arreglas como puedas, como mismo hice yo antes. Lamentablemente experimentamos con frecuencia aquello de: viven juntos, pero no se aman; y es que la afectividad entre hermanos o hermanas ha sido vista a menudo como sospechosa.

La OBEDIENCIA es entendida como la aceptación pasiva de todo lo que dice un superior, a cualquier nivel, sin que primen la escucha, el interés de la comunidad o el diálogo. Se supone que uno no debe pensar, razonar, sino pasivamente obedecer, asumir, y eso es visto como virtud. Pero obedecer es escuchar, y en ambas direcciones, y en el proyecto de Jesús adquiere una dinámica peculiar, porque todos somos hermanos, todos tenemos el Espíritu, y juntos buscamos vivir en la Verdad.

Finalmente, la POBREZA, la hija menor del proyecto, porque parece que con los bienes materiales se puede sublimar, o se soporta, la castidad y la obediencia. Hablamos de ser pobres en particular, aunque nuestras congregaciones o institutos sean ricos y poderosos. Pedimos constantemente dinero para luego utilizarlo en cosas innecesarias. No idealizo, ya me ha acusado alguno de esto antes, no hablo de vivir en la miseria, sino de no estar pendiente de consumir lo último del mercado, o de cambiar sin necesidad los muebles de la casa, pero sobre todo, de saber compartir con otros aquello que recibimos, y de estar siempre abiertos y ser solidarios, no sólo en lo material, sino en el espíritu mismo de nuestras comunidades religiosas.

Al final, los votos, como dije antes, no son fines sino medios, modos, maneras de construir un espacio fraterno en el que vivamos el proyecto de Jesús, con la inevitable imperfección de ser humanos, pero siempre compasivos, capaces de perdonar y de entender al otro, en su alteridad y diferencia. Es la fraternidad perfecta lo que se persigue, siguiendo a Jesús, al resaltar los llamados “consejos evangélicos” y en ese sentido han de ser siempre motor impulsor y renovador de nuestras comunidades, pero en lo concreto construir la fraternidad es un ejercicio arduo, difícil, que no termina nunca, y que está mucho más allá del mero cumplimento de los tres votos.


miércoles, 9 de diciembre de 2015

REFLEXIONES PERSONALES SOBRE LA VIDA RELIGIOSA

Mi acercamiento a la vida religiosa en la Iglesia Católica tuvo que ver en buena medida con mi anhelo de encontrar una comunidad en la que me sintiera acogido y aceptado. Mi experiencia de fe, luego del momento numinoso en el que experimenté la Trascendencia, fue una experiencia de comunidad, concreta y palpable, en la que recibí el don de la amistad y la compañía de los hermanos. Mi deseo de seguir el ministerio en la Iglesia nació en la predicación de un sacerdote diocesano, pero cuando pensé en compromiso y consagración particular, lo hice siempre anhelando una vida en comunidad, y ello me llevó finalmente al Carmelo Teresiano, en el que viví durante casi 25 años. 


Con el paso del tiempo reflexioné muchas veces en el sentido de mi consagración al ministerio sacerdotal en el seno de una comunidad eclesial concreta, confrontando el ideal con la realidad, creciendo en mi comprensión del proyecto evangélico y siempre tratando de ahondar y crecer, de no quedarme en lo hecho ni conformarme con lo que sabía, sino buscando, creyendo que Dios es fraternidad y es futuro. A lo largo de los años descubrí muchas limitaciones en la vida eclesial y religiosa, pero siempre seguí eligiendo permanecer en ellas por lo que me aportaban como persona y como creyente. Creí que esas limitaciones, a veces difíciles de asumir, no invalidaban la esencia del proyecto que se defendía. No vine, como diría Thomas Merton, ignorando los límites del proyecto que asumía, pero acepté muchas cosas por lo que la comunidad aportaba a mi soledad esencial. Necesitaba a la comunidad y aun la necesito, pero no de manera incondicional, no renunciando a cosas esenciales, a ideales y proyectos que identifican mi modo de ser y estar en el mundo.


Creo que en mi proceso de maduración y crecimiento aprendí a amar y aceptar a mis hermanos y a mi comunidad, más allá de elementos concretos, difíciles y problemáticos, pero siento que la comunidad a su vez no actuó del mismo modo respecto a mí, y no lo digo como critica, sino como algo que experimento. Aun alejado de la comunidad mis sentimientos hacia ella siguen siendo positivos, sigo recordando con afecto a las personas con las que viví esa experiencia, pero no he sentido reciprocidad ni preocupación de parte de la comunidad ni de dichas personas. Llamar hermana o hermano a una persona no es una cuestión formal o de pertenencia a una institución, sino una experiencia esencial que descubre al otro de una manera nueva, por lo que esa hermandad no termina nunca, no importa dónde estemos ni lo que hagamos.


En los últimos años he vivido, no una crisis de fe, como suele decirse de una persona que se aleja de la práctica cristiana, sino una crisis de comunidad que no he logrado superar todavía. Fue la comunidad la que me trajo al seno de la vida cristiana, y es la comunidad la que me hizo cuestionarme todo, la que removió mis seguridades y compromisos concretos, pero es la comunidad la que sigue constituyendo el proyecto que anhelo y busco como razón de vida. He asumido que soy una persona solitaria en esencia con una nostalgia radical de amistad que se hizo experiencia en la relación con Jesús de Nazaret, pero que necesita luego concretizarse en un grupo de personas que caminen juntas, respetando al mismo tiempo lo singular de cada miembro del grupo.


La comunidad cristiana o una comunidad religiosa concreta no es una mera institución o cofradía o asociación gremial en la que la pertenencia se convierte en elemento aglutinador y la defensa de lo propio en bandera de combate, sino que es un espacio de crecimiento humano, en el que nos sostenemos mutuamente para crecer y fructificar, teniendo como suelo y como cielo la fe, es decir, la confianza y la entrega al servicio de los otros. Nunca una idea, una institución o un proyecto pueden ser más importantes que una persona concreta, pues han de estar al servicio de esta y no viceversa; tampoco debe el ministerio de la Palabra utilizar la amenaza, ni confundir el dedo que apunta a la luna con la luna misma, y mucho menos entender el compromiso religioso como enemigo de la cultura y de la vida.


Si algo creí desde el principio de mi experiencia de fe es que el proyecto cristiano es un proyecto humanizador, que eleva y engrandece todo lo humano, y que para hacerlo utiliza, no la condena y el rechazo, sino el abrazo y el perdón. Pero a menudo son otros anhelos los que nos mueven, otras prioridades las que defendemos, y nos falta amor, el mucho amor que permanece mientras todo acaba pasando. Errar es de humanos, dijo alguien, y no hay mayor verdad; ciertas exigencias de perfección acaban deshumanizándonos si no partimos de ello. Por ello creo que nos falta una mayor capacidad de aceptación, una mayor comprensión de nuestros límites y una mayor disponibilidad para amar y para sanarnos mutuamente mientras hacemos el camino.


Si la vida religiosa no es todo eso, entonces no es nada: ni de Jesús, ni religiosa, ni vida. Lo esencial no son las formas ni lo exterior; no son los hábitos ni las normas; no es la defensa a ultranza de un título o una estirpe. No digo que esas cosas no sean parte del camino, pero no son lo más importante. Lo esencial, ya lo dijo un niño, es invisible para los ojos, y se busca con el corazón. Por eso ahora mismo estoy alejado físicamente de mi comunidad concreta y de la vida eclesial; no porque dejara de amarles y de llevarles conmigo, sino porque no he podido conformarme, ni he negado mis límites, ni he dejado de buscar.


M. Valls, ocd.
5 de diciembre de 2015.

viernes, 20 de febrero de 2015

"VUELVAN A MÍ DE TODO CORAZÓN"

“El profeta Joel  insiste en la conversión interior: «Vuelvan a mí de todo corazón» (2:12). Regresar al Señor "con todo el corazón" significa emprender el camino de una conversión no superficial y transitoria, sino un itinerario espiritual que tiene que ver con el lugar más íntimo de nuestra persona.

Aquel "vuelvan a mí de todo corazón" no implica sólo el individuo, sino que se extiende a la entera comunidad, es una convocación dirigida a todos..

Queridos hermanos y hermanas, el Señor no se cansa jamás de tener misericordia de nosotros, y quiere ofrecernos una vez más su perdón, invitándonos a volver a Él con un corazón nuevo, purificado del mal, para tomar parte de su gozo... ¿Cómo acoger esta invitación? Nos lo sugiere San Pablo: 'les suplico en nombre de Cristo: 
'déjense reconciliar con Dios'
(2 Cor 5:20).

 Con esta conciencia, iniciamos confiados y gozosos el itinerario cuaresmal. Que María Inmaculada..  nos acompañe en este momento favorable, para que podamos llegar a cantar juntos la alegría de la victoria en la Pascua de Resurrección."

FRANCISCO. Miércoles de Ceniza 2015 (fragmentos)


ABRAZAR EL FUTURO CON ESPERANZA

“Conocemos las dificultades que afronta la vida consagrada en sus diversas formas: la disminución de vocaciones y el envejecimiento, sobre todo en el mundo occidental, los problemas económicos como consecuencia de la grave crisis financiera mundial, los retos de la internacionalidad y la globalización, las insidias del relativismo, la marginación y la irrelevancia social... Precisamente en estas incertidumbres, que compartimos con muchos de nuestros contemporáneos, se levanta nuestra esperanza, fruto de la fe en el Señor de la historia, que sigue repitiendo: 
«No tengas miedo, que yo estoy contigo» (Jr 1,8).

La esperanza de la que hablamos no se basa en los números o en las obras, sino en aquel en quien hemos puesto nuestra confianza (cf. 2 Tm 1,12) y para quien «nada es imposible» (Lc 1,37). Esta es la esperanza que no defrauda y que permitirá a la vida consagrada seguir escribiendo una gran historia en el futuro, al que debemos seguir mirando, conscientes de que hacia él es donde nos conduce el Espíritu Santo para continuar haciendo cosas grandes con nosotros.

No hay que ceder a la tentación de los números y de la eficiencia, y menos aún a la de confiar en las propias fuerzas. Examinad los horizontes de la vida y el momento presente en vigilante vela. Con Benedicto XVI, repito: «No os unáis a los profetas de desventuras que proclaman el final o el sinsentido de la vida consagrada en la Iglesia de nuestros días; más bien revestíos de Jesucristo y portad las armas de la luz – como exhorta san Pablo (cf. Rm 13,11-14) –, permaneciendo despiertos y vigilantes». Continuemos y reemprendamos siempre nuestro camino
 con confianza en el Señor”.

Francisco, papa
Mensaje a la Vida Consagrada



sábado, 7 de febrero de 2015

VIVIR EL PRESENTE CON PASIÓN

"La memoria agradecida del pasado nos impulsa, escuchando atentamente lo que el Espíritu dice a la Iglesia de hoy, a poner en práctica de manera cada vez más profunda los aspectos constitutivos de nuestra vida consagrada. Desde los comienzos del primer monacato, hasta las actuales «nuevas comunidades», toda forma de vida consagrada ha nacido de la llamada del Espíritu a seguir a Cristo como se enseña en el Evangelio. Para los fundadores y fundadoras, la regla en absoluto ha sido el Evangelio, cualquier otra norma quería ser únicamente una expresión del Evangelio y un instrumento para vivirlo en plenitud. Su ideal era Cristo, unirse a él totalmente, hasta poder decir con Pablo: «Para mí la vida es Cristo» (Flp 1,21); los votos tenían sentido sólo para realizar este 
amor apasionado.

La pregunta que hemos de plantearnos en este Año es si, y cómo, nos dejamos interpelar por el Evangelio; si este es realmente el vademecum para la vida cotidiana y para las opciones que estamos llamados a tomar. El Evangelio es exigente y requiere ser vivido con radicalidad y sinceridad. No basta leerlo (aunque la lectura y el estudio siguen siendo de extrema importancia), no es suficiente meditarlo (y lo hacemos con alegría todos los días). 
Jesús nos pide ponerlo en práctica, vivir sus palabras.

Jesús, hemos de preguntarnos aún, ¿es realmente el primero y único amor, como nos hemos propuesto cuando profesamos nuestros votos? Sólo si es así, podemos y debemos amar en la verdad y la misericordia a toda persona que encontramos en nuestro camino, porque habremos aprendido de él lo que es el amor y cómo amar: sabremos amar porque tendremos su mismo corazón.

Nuestros fundadores y fundadoras han sentido en sí la compasión que embargaba a Jesús al ver a la multitud como ovejas extraviadas, sin pastor. Así como Jesús, movido por esta compasión, ofreció su palabra, curó a los enfermos, dio pan para comer, entregó su propia vida, así también los fundadores se han puesto al servicio de la humanidad allá donde el Espíritu les enviaba, y de las más diversas maneras: la intercesión, la predicación del Evangelio, la catequesis, la educación, el servicio a los pobres, a los enfermos... La fantasía de la caridad no ha conocido límites y ha sido capaz de abrir innumerables sendas para llevar el aliento del Evangelio a las culturas y a los más diversos ámbitos de la sociedad.

El Año de la Vida Consagrada nos interpela sobre la fidelidad a la misión que se nos ha confiado. Nuestros ministerios, nuestras obras, nuestras presencias, ¿responden a lo que el Espíritu ha pedido a nuestros fundadores, son adecuados para abordar su finalidad en la sociedad y en la Iglesia de hoy? ¿Hay algo que hemos de cambiar? ¿Tenemos la misma pasión por nuestro pueblo, somos cercanos a él hasta compartir sus penas y alegrías, así como para comprender verdaderamente sus necesidades y poder ofrecer nuestra contribución para responder a ellas? «La misma generosidad y abnegación que impulsaron a los fundadores, decía san Juan Pablo II, deben moveros a vosotros, sus hijos espirituales, a mantener vivos sus carismas que, con la misma fuerza del Espíritu que los ha suscitado, siguen enriqueciéndose y adaptándose, sin perder su carácter genuino, para ponerse al servicio de la Iglesia y llevar a plenitud la implantación de su Reino».



Al hacer memoria de los orígenes sale a luz otra dimensión más del proyecto de vida consagrada. Los fundadores y fundadoras estaban fascinados por la unidad de los Doce en torno a Jesús, de la comunión que caracterizaba a la primera comunidad de Jerusalén. Cuando han dado vida a la propia comunidad, todos ellos han pretendido reproducir aquel modelo evangélico, ser un solo corazón y una sola alma, gozar de la presencia del Señor. Vivir el presente con pasión es hacerse «expertos en comunión», «testigos y artífices de aquel “proyecto de comunión” que constituye la cima de la historia del hombre según Dios».  En una sociedad del enfrentamiento, de difícil convivencia entre las diferentes culturas, de la prepotencia con los más débiles, de las desigualdades, estamos llamados a ofrecer un modelo concreto de comunidad que, a través del reconocimiento de la dignidad de cada persona y del compartir el don que cada uno lleva consigo, permite vivir en relaciones fraternas.

Sed, pues, mujeres y hombres de comunión, haceos presentes con decisión allí donde hay diferencias y tensiones, y sed un signo creíble de la presencia del Espíritu, que infunde en los corazones la pasión de que todos sean uno (cf. Jn 17,21). Vivid la mística del encuentro: «la capacidad de escuchar, de escuchar a las demás personas. La capacidad de buscar juntos el camino, el método»,[ dejándoos iluminar por la relación de amor que recorre las tres Personas Divinas (cf. 1 Jn 4,8) como modelo de toda relación interpersonal”.

Francisco, papa.
Mensaje a la Vida Consagrada

FRANCISCO HABLA DE TERESA

“En la escuela de la santa andariega aprendemos a ser peregrinos. La imagen del camino puede sintetizar muy bien la lección de su vida ...