jueves, 1 de febrero de 2018

EL AMOR EN SAN JUAN DE LA CRUZ: “Donde nace el agua y se hace todo fruto”.

Cierta conversación reciente sobre algunos fragmentos de las CAUTELAS de San Juan de la Cruz, avivaron mi deseo de mostrar la otra cara del santo, o mejor, la imagen completa de quien a menudo se presenta solo como defensor de la ascesis y la renuncia. Es innegable que Juan de la Cruz tiene pasajes en sus obras que intimidan por su aparente dureza, y más si son leídos sesgadamente, sin insertarlos en la totalidad de su propuesta espiritual.
De ahí que me gustaría mostrar en el CÁNTICO algunos textos que muestran la esencia de la doctrina sanjuanista; es en este libro donde aparece todo el itinerario del discípulo, “desde que un alma comienza a servir a Dios hasta que llega al último estado de perfección”, y que según el título de la obra “tratan del ejercicio de amor entre el alma y el esposo Cristo”. No voy a agotar la riqueza doctrinal que este libro contiene, tan solo dar una mirada rápida, al menos por ahora, para, como dirían nuestros santos, “engolosinar”.

Primero, algunas frases, partiendo de lo que dice el prólogo acerca del tema: “Los dichos de amor es mejor declararlos en su anchura, para que cada uno de ellos se aproveche según su modo y caudal de espíritu que abreviarlos a un sentido que no se acomode al paladar” (Prólogo, 2); es decir, para que cada uno lea, escuche con el corazón, y descubra lo que necesite descubrir en estas frases de San Juan de la Cruz, y se quede deseando más.

FRASES QUE HABLAN DEL AMOR.  Primero, esta frase como punto de partida:“Grande contento es para el alma entender que nunca Dios falta del alma, aunque esté en pecado mortal” (1,8); el vínculo nuestro con él parte de la confianza en que el amor de Dios se nos regala, es un don, y por ello entendemos que: “Cuando Dios es amado, con grande facilidad acude a las peticiones de su amante”(1,13), y “De Dios no se alcanza nada si no es por amor”(1,13).

El amor de Dios no pugna con nuestro amor a los demás, pues: “Las criaturas son como un rastro del paso de Dios, por el cual se rastrea su grandeza, potencia y sabiduría y otras virtudes divinas” (5,3);

Mucho se cita esta frase de las cartas de Juan de la Cruz: “Adonde no hay amor, ponga amor y sacarás amor…”, y esta la complementa: “Cuanto más el alma conoce a Dios, tanto más le crece el apetito y pena por verle” (6,2). Luego, claro que el amor hiere y hace clamar por lo amado: “Donde hiere el amor, allí está el gemido de la herida clamando siempre en el sentimiento de la ausencia” (1,14), porque “El alma más vive donde ama que en el cuerpo donde anima” (8,3).

LA SALUD ESTÁ EN AMAR: “La salud del alma es el amor de Dios, y así, cuando no tiene cumplido amor, no tiene cumplida salud, y por eso está enferma. Porque la enfermedad no es otra cosa que falta de salud, de manera que, cuando ningún grado de amor tiene el alma, está muerta; mas cuando tiene algún grado de amor de Dios, por mínimo que sea, ya está viva, pero está muy debilitada y enferma por el poco amor que tiene; pero cuanto más amor se le fuere aumentando, más salud tendrá, y, cuando tuviere perfecto amor, será su salud cumplida” (11,11).

Esta puede parecer a algunos que no habla de amor, pero sí: “Tal es la miseria del natural de esta vida, que aquello que el alma le es más vida y ella con tanto deseo desea, que es la comunicación y conocimiento de su amado, cuando se le viene a dar, no lo puede recibir sin que casi le cueste la vida” (13,3). Así dice también una canción muy conocida: “Lo más hermoso nos cuesta la vida”, y nada hay por encima del amor.

En fin, que “el mirar de Dios es amar y hacer mercedes” (19,6), y Teresa de Jesús tiene una frase similar.

En Cántico 27, 1 y 2, San Juan de la Cruz utiliza dos símiles valientes para hablar del amor de Dios al alma: primero, dice que Dios se da alma, le regala, como si él fuese su esclavo y el alma fuese Dios; luego, habla de Dios con imágenes femeninas: dice que regala y sirve al alma como la madre sirve y regala a su hijo, “criándole en sus mismos pechos”, que están abiertos para el ama con tan soberano y largo amor. Precioso. Luego dice más adelante: “Dar el pecho uno a otro es darle su amor y amistad y descubrirle sus secretos como a amigo” (27,4).

 En la canción 28 sigue hablando de amor, comentando el verso tan citado: “Mi alma se ha empleado/ y todo mi caudal en su servicio; / ya no guardo ganado, / ni ya tengo otro oficio, / que ya sólo en amar es mi ejercicio”. Y afirma: “Dios no se sirve de otra cosa sino de amor”, y explica el por qué: “Todas nuestras obras y todos nuestros trabajos, aunque sea lo más que pueda ser, no son nada delante de Dios; porque en ellas no le podemos dar nada ni cumplir su deseo, el cual es sólo engrandecer al alma”. Lo que agrada a Dios es hacer crecer al ser humano, engrandecerlo, y eso solo lo consigue igualándole consigo, y esto se realiza únicamente en el amor. “La propiedad del amor es igualar al que ama con la cosa amada”. Este es el camino, el modo de hacer la voluntad de Dios; tratar con Él no ya buscando ganancias, ni gustos ni otras cosas, sino ejercitándose en el amor, amándole, amando. En esto ha de emplearse el alma, y solo desde aquí se entiende esta suplica: “Amado mío, todo lo áspero y trabajoso quiero por ti y todo lo suave y sabroso quiero para ti” (28,10).

Este continuo ejercicio de amor aprovecha mucho a la Iglesia, y deja claro luego que “para este fin de amor fuimos criados”. Aquí hay una defensa fuerte de la vida contemplativa, pues el santo dice que en este momento han de olvidarse y dejarse las obras exteriores, aunque sean de gran servicio de Dios; con esto no está rechazando el compromiso de una vida activa, sino defendiendo un momento particular del itinerario espiritual del discípulo. Todos conocemos la historia de Marta y María en los Evangelio: cada una tiene su sitio en el discipulado, y ambas pugnan constantemente en nosotros; aquí el Santo pide valorar el ejercicio interior, la contemplación, frente a un activismo desenfrenado,  a menudo habitual entre quienes están llamados a crecer en amistad y comunión con Dios para poder servir mejor.

Cito Cántico 29, 3: “Adviertan pues, aquí los que son  muy activos, que piensan ceñir al mundo con sus predicaciones y obras exteriores, que mucho más provecho harían a la Iglesia y mucho más agradarían a Dios, dejando aparte el buen ejemplo que de sí darían, si gastasen siquiera la mitad de ese tiempo en estarse con Dios en oración… porque de otra manera, todo es martillar y hacer poco más que nada, y a veces nada, y aun a veces daño”.

El propósito del camino cristiano es la comunión de amor con Dios en Jesús, y por ello la oración no es otra cosa que ejercicio de amor; las obras no pueden hacerse sino en virtud de este amor, y así ha de valorarse el ESTAR CON DIOS en intimidad, sobre todo quienes “quieren que todo sea obrar…, no entendiendo ellos la vena y raíz oculta de donde nace el agua y se hace todo fruto”. Y aquí también se le une Teresa, con un texto de Moradas Séptimas (4,15): “No hagamos torres sin fundamento, que el Señor no mira tanto la grandeza de la obra como el amor con que se hacen”.

Me detengo aquí por el momento, pero pienso seguir buscando ideas en los escritos del santo carmelita, para provecho propio y de quien quiera servirse

lunes, 12 de septiembre de 2016

REFLEXIONES PERSONALES SOBRE LA VIDA RELIGIOSA (3)...TEODORO Y ANDRÉS...


Esta es una breve reflexión que escribí el último 15 abril, viernes, cuando estarían celebrando su cumpleaños el P. Teodoro Becerril y el hermanito Andrés Pedráz; ambos carmelitas descalzos: con ambos compartí parte importante de mi historia personal:

Conocí a Teodoro a través del P. Ramón Martín, que desde Matanzas me llevó a la Habana para que hiciera una experiencia vocacional con los frailes; yo había estado hablando con los Padres Jesuitas, pero finalmente me decanté por los frailes de Teresa, que había conocido de forma indirecta: mi párroco en Güines era muy devoto de la Santa y su espiritualidad. Fue por él que conocí al P. Ramón, y de ahí llegué a la capital, donde vivían por ese entonces Teodoro, Marciano, Juan Vicente y el hermano Andrés. Teodoro era el superior, y enseguida capté que era un hombre de fuerte personalidad, que se imponía a todos a su alrededor, pero al mismo tiempo procuraba ser campechano, buscando imitar algunas actitudes propias del cubano. Todos hablaban de su fuerte carácter, de su genio, muchos le temían, y se contaban muchas anécdotas en la parroquia acerca de sus impulsos; los más cercanos, solían llamarle a escondidas “El león de Castilla”. Al principio me dejé conquistar por la supuesta mentalidad de avanzada de otro fraile, pero poco a poco en mi itinerario de aprendizaje descubrí que en el fondo ni este fraile era tan de avanzada, ni Teodoro un hombre de pensamiento cerrado. Él siempre tuvo conmigo mucha deferencia, y al mismo tiempo me respetó bastante, porque creo que supe ponerle freno las primeras veces en que intentó imponerse a la fuerza, y luego acabé queriéndole como un padre. Teodoro fue, puede decirse así, genio y figura hasta la sepultura, y conservó su carácter y estilo impositivo hasta el final, pero con el paso de los años y la cercanía de los jóvenes, postulantes y seminaristas, creo fue ablandándose y adquiriendo otro modo de comportarse, casi como un abuelo, aunque se molestaba mucho cuando alguien lo tildaba de tal, pues no quería que le vieran como un viejo. Para que se entienda mejor todo lo anterior, recuerdo que a los frailes les costaba mucho abrazar a otro fraile, producto de la mentalidad con la que fueron formados, sobre todo los españoles; Teodoro iba a España por tres meses y cuando regresaba, al principio, nos tendía la mano con distancia, pero nosotros, que nos alegrábamos con su vuelta, acabamos imponiéndole la costumbre del abrazo, de una mayor cercanía, de exteriorizar más sus sentimientos. Teodoro y yo no siempre nos entendimos bien, pues sentía que su afán de controlarlo todo a su alrededor impedía mi desarrollo como persona, fraile y sacerdote; él sentía que podía hacer todo mejor que nadie, que tenía que tener el control de toda la casa, de la parroquia, incluso de tu vida, y eso provocó siempre problemas en su entorno con otros frailes y personas de la comunidad parroquial, y aunque necesité alejarme de su excesiva influencia varias veces siempre acababa él reclamándome que regresara, porque a pesar de todo se entendía conmigo mejor que con otros. 

Reconozco que la pérdida de Teodoro supuso para mí una verdadera crisis, incluso vocacional, de la que todavía no acabé de salir, pues fue siempre un apoyo, a pesar de que teníamos modos diversos de entender la vocación y la vida. Creo que me comprendió bastante, aunque siempre vi que su propia manera de entender la realidad y de actuar hizo que limitara el desarrollo de otros a su alrededor, y por ello le reclamé siempre su autoritarismo, a lo que él respondía siempre negándolo; me defendió muchas veces ante otros frailes, y aunque tenía ideas teológicas conservadoras no solía escandalizarse mucho cuando le compartía criterios u opiniones poco ortodoxos. Como profesor en el seminario solía ser muy divertido, daba clases de canto y liturgia, y siempre repartía caramelos a los seminaristas; inolvidable el examen de liturgia con 100 preguntas de verdadero o falso que ponía siempre al final del curso de liturgia, y su orgullo cuando los seminaristas cantaban la misa en latín en alguna celebración importante.


Compartíamos nuestro amor por los gatos, nunca se molestaba cuando ellos hacían trastadas en la casa, ni siquiera la vez que los dos gatos se subieron al árbol de Navidad y lo echaron abajo. Guardo con aprecio algunas cosas suyas como recuerdo, y a menudo sueño con él, pero también puedo reconocer sus limitaciones, lo difícil que a menudo resultaba convivir con él, y lo errado que resultó mantenerlo como párroco durante tantos años. Creo que pensar en santidad cristiana exige siempre hablar del hombre real, para entender mejor sus luchas y conquistas, y he dicho más de una vez que me habría gustado Teodoro hubiera cedido su lugar antes a otros para acompañarles con su experiencia y sabiduría, pero no fue así, y es en el resumen de su vida donde debemos encontrar lo que como persona, fraile y sacerdote nos legó. 


Tanto Teodoro como Andrés, a quien todos llamaban “el hermanito”, acabaron siendo personajes famosos dentro del mundo eclesial habanero, de los que se contaban muchísimas anécdotas, aunque no todas eran ciertas, pero es lo normal en estos casos. Con Andrés tuve también la suerte de compartir en mis dos estancias en España. Recuerdo, por ejemplo, una visita que hice a Segovia, donde el hermanito era conventual en ese entonces; fue él quien me mostró la casa, el sepulcro del santo, la famosa huerta y ermita. También me visitó en Ávila alguna vez (creo que acompañado de Raulito Panellas), y con él, y su hermano Wenceslao, fui a conocer el Parque del Retiro, en Madrid por primera vez. Al final estaba en la casa de enfermos de Arturo Soria, donde nos vimos también varias veces en retiros y encuentros de frailes, hasta que me trajeron las noticias de su empeoramiento final, de algunas cosas raras que hacía (y que no me asombraron tanto, porque formaron parte de su vida siempre), y de su muerte. En unas fotos que guardo aparezco en una calle de Madrid con Andrés, y dos cubanas que viven en Madrid. En fin, muchos recuerdos suyos, incluido la lectura de una especie de relato autobiográfico que escribió ya fuera de Cuba sobre toda su experiencia como religioso en la isla en los años más difíciles de la revolución. 

Todavía me parece verlo sentado en la portería del convento rezando con un breviario en inglés con el que pretendía aprender ese idioma, o cortando el agua en el momento justo en que estábamos duchándonos, siempre con su hábito y su manojo de llaves en el bolsillo, sus espejuelos para leer en la punta de la nariz o sus excéntricas opiniones acerca de muchos temas, incluidos los extraterrestres. Tenía varios tomos del libro “Caballo de Troya”, que prestaba a la gente de la parroquia, andaba con caramelos en los bolsillos del hábito para los muchachos de la catequesis y ponía una cara muy singular cuando la gente que acudía a la portería le contaba historias de su vivir cotidiano.

Al evocar aquí mis recuerdos de estos dos hermanos en el Carmelo Teresiano, aprovecho para confirmar la comunión espiritual con ambos en ese misterio que constituye nuestra vida en Dios.

martes, 23 de agosto de 2016

REFLEXIONES PERSONALES SOBRE LA VIDA RELIGIOSA (II)



Al leer los textos bíblicos para hoy me puse a reflexionar sobre los votos en la vida religiosa, sobre todo estimulado por un pasaje de Dürckheim que leí como complemento: “Desde siempre, cuando un alumno rechaza los términos con los que el maestro le trasmitió la verdad, ha sido como un signo del despertar a esa misma verdad: el alumno había comprendido. Muchas veces el alumno ha quemado el libro que contenía la doctrina considerada como sagrada, porque, comparada con el fruto que ha madurado interiormente, todo escrito le parecía paja, y cuando el maestro es un verdadero maestro, se alegra de la ofensa” (El Maestro Interior, 82).



En la vida religiosa: Pobreza (necesidad), Castidad (deseos), Obediencia (voluntad). Los votos religiosos deben ser caminos de libertad, no de subordinación; no implica renuncia a la responsabilidad, ni renuncia a la libertad individual. No se trata de cosas hechas, sino por hacer; no hablan de satisfacciones, sino de trabajo cotidiano. No son valores en sí mismos, sino que están en función de un proyecto de comunidad. Son raíles de crecimiento dentro de un proyecto fraterno común, que tiene su fuente y su fin en el ejercicio del amor. A menudo cosificamos los votos, los convertimos en mero cumplimiento (cumplo y miento); no son caminos de crecimiento, sino de inmadurez de acomodamiento, de falta de compromiso real con la transformación, propia y estructural de la realidad. 

Me permito compartir algunos elementos negativos que me vienen a la mente a partir de experiencias concretas en la práctica de los votos:


En la vida real de nuestras comunidades la CASTIDAD parece ser la reina de todas las virtudes, pero pocas veces los más jóvenes reciben de quienes les preceden en este camino la trasmisión de la experiencia necesaria para vivir la renuncia voluntaria al ejercicio de la sexualidad con gozo y apertura afectiva hacia quienes le rodean, ya sea dentro o fuera de su propia comunidad. Parece primar esta máxima: de eso no se habla, tú te las arreglas como puedas, como mismo hice yo antes. Lamentablemente experimentamos con frecuencia aquello de: viven juntos, pero no se aman; y es que la afectividad entre hermanos o hermanas ha sido vista a menudo como sospechosa.

La OBEDIENCIA es entendida como la aceptación pasiva de todo lo que dice un superior, a cualquier nivel, sin que primen la escucha, el interés de la comunidad o el diálogo. Se supone que uno no debe pensar, razonar, sino pasivamente obedecer, asumir, y eso es visto como virtud. Pero obedecer es escuchar, y en ambas direcciones, y en el proyecto de Jesús adquiere una dinámica peculiar, porque todos somos hermanos, todos tenemos el Espíritu, y juntos buscamos vivir en la Verdad.

Finalmente, la POBREZA, la hija menor del proyecto, porque parece que con los bienes materiales se puede sublimar, o se soporta, la castidad y la obediencia. Hablamos de ser pobres en particular, aunque nuestras congregaciones o institutos sean ricos y poderosos. Pedimos constantemente dinero para luego utilizarlo en cosas innecesarias. No idealizo, ya me ha acusado alguno de esto antes, no hablo de vivir en la miseria, sino de no estar pendiente de consumir lo último del mercado, o de cambiar sin necesidad los muebles de la casa, pero sobre todo, de saber compartir con otros aquello que recibimos, y de estar siempre abiertos y ser solidarios, no sólo en lo material, sino en el espíritu mismo de nuestras comunidades religiosas.

Al final, los votos, como dije antes, no son fines sino medios, modos, maneras de construir un espacio fraterno en el que vivamos el proyecto de Jesús, con la inevitable imperfección de ser humanos, pero siempre compasivos, capaces de perdonar y de entender al otro, en su alteridad y diferencia. Es la fraternidad perfecta lo que se persigue, siguiendo a Jesús, al resaltar los llamados “consejos evangélicos” y en ese sentido han de ser siempre motor impulsor y renovador de nuestras comunidades, pero en lo concreto construir la fraternidad es un ejercicio arduo, difícil, que no termina nunca, y que está mucho más allá del mero cumplimento de los tres votos.


miércoles, 9 de diciembre de 2015

REFLEXIONES PERSONALES SOBRE LA VIDA RELIGIOSA

Mi acercamiento a la vida religiosa en la Iglesia Católica tuvo que ver en buena medida con mi anhelo de encontrar una comunidad en la que me sintiera acogido y aceptado. Mi experiencia de fe, luego del momento numinoso en el que experimenté la Trascendencia, fue una experiencia de comunidad, concreta y palpable, en la que recibí el don de la amistad y la compañía de los hermanos. Mi deseo de seguir el ministerio en la Iglesia nació en la predicación de un sacerdote diocesano, pero cuando pensé en compromiso y consagración particular, lo hice siempre anhelando una vida en comunidad, y ello me llevó finalmente al Carmelo Teresiano, en el que viví durante casi 25 años. 


Con el paso del tiempo reflexioné muchas veces en el sentido de mi consagración al ministerio sacerdotal en el seno de una comunidad eclesial concreta, confrontando el ideal con la realidad, creciendo en mi comprensión del proyecto evangélico y siempre tratando de ahondar y crecer, de no quedarme en lo hecho ni conformarme con lo que sabía, sino buscando, creyendo que Dios es fraternidad y es futuro. A lo largo de los años descubrí muchas limitaciones en la vida eclesial y religiosa, pero siempre seguí eligiendo permanecer en ellas por lo que me aportaban como persona y como creyente. Creí que esas limitaciones, a veces difíciles de asumir, no invalidaban la esencia del proyecto que se defendía. No vine, como diría Thomas Merton, ignorando los límites del proyecto que asumía, pero acepté muchas cosas por lo que la comunidad aportaba a mi soledad esencial. Necesitaba a la comunidad y aun la necesito, pero no de manera incondicional, no renunciando a cosas esenciales, a ideales y proyectos que identifican mi modo de ser y estar en el mundo.


Creo que en mi proceso de maduración y crecimiento aprendí a amar y aceptar a mis hermanos y a mi comunidad, más allá de elementos concretos, difíciles y problemáticos, pero siento que la comunidad a su vez no actuó del mismo modo respecto a mí, y no lo digo como critica, sino como algo que experimento. Aun alejado de la comunidad mis sentimientos hacia ella siguen siendo positivos, sigo recordando con afecto a las personas con las que viví esa experiencia, pero no he sentido reciprocidad ni preocupación de parte de la comunidad ni de dichas personas. Llamar hermana o hermano a una persona no es una cuestión formal o de pertenencia a una institución, sino una experiencia esencial que descubre al otro de una manera nueva, por lo que esa hermandad no termina nunca, no importa dónde estemos ni lo que hagamos.


En los últimos años he vivido, no una crisis de fe, como suele decirse de una persona que se aleja de la práctica cristiana, sino una crisis de comunidad que no he logrado superar todavía. Fue la comunidad la que me trajo al seno de la vida cristiana, y es la comunidad la que me hizo cuestionarme todo, la que removió mis seguridades y compromisos concretos, pero es la comunidad la que sigue constituyendo el proyecto que anhelo y busco como razón de vida. He asumido que soy una persona solitaria en esencia con una nostalgia radical de amistad que se hizo experiencia en la relación con Jesús de Nazaret, pero que necesita luego concretizarse en un grupo de personas que caminen juntas, respetando al mismo tiempo lo singular de cada miembro del grupo.


La comunidad cristiana o una comunidad religiosa concreta no es una mera institución o cofradía o asociación gremial en la que la pertenencia se convierte en elemento aglutinador y la defensa de lo propio en bandera de combate, sino que es un espacio de crecimiento humano, en el que nos sostenemos mutuamente para crecer y fructificar, teniendo como suelo y como cielo la fe, es decir, la confianza y la entrega al servicio de los otros. Nunca una idea, una institución o un proyecto pueden ser más importantes que una persona concreta, pues han de estar al servicio de esta y no viceversa; tampoco debe el ministerio de la Palabra utilizar la amenaza, ni confundir el dedo que apunta a la luna con la luna misma, y mucho menos entender el compromiso religioso como enemigo de la cultura y de la vida.


Si algo creí desde el principio de mi experiencia de fe es que el proyecto cristiano es un proyecto humanizador, que eleva y engrandece todo lo humano, y que para hacerlo utiliza, no la condena y el rechazo, sino el abrazo y el perdón. Pero a menudo son otros anhelos los que nos mueven, otras prioridades las que defendemos, y nos falta amor, el mucho amor que permanece mientras todo acaba pasando. Errar es de humanos, dijo alguien, y no hay mayor verdad; ciertas exigencias de perfección acaban deshumanizándonos si no partimos de ello. Por ello creo que nos falta una mayor capacidad de aceptación, una mayor comprensión de nuestros límites y una mayor disponibilidad para amar y para sanarnos mutuamente mientras hacemos el camino.


Si la vida religiosa no es todo eso, entonces no es nada: ni de Jesús, ni religiosa, ni vida. Lo esencial no son las formas ni lo exterior; no son los hábitos ni las normas; no es la defensa a ultranza de un título o una estirpe. No digo que esas cosas no sean parte del camino, pero no son lo más importante. Lo esencial, ya lo dijo un niño, es invisible para los ojos, y se busca con el corazón. Por eso ahora mismo estoy alejado físicamente de mi comunidad concreta y de la vida eclesial; no porque dejara de amarles y de llevarles conmigo, sino porque no he podido conformarme, ni he negado mis límites, ni he dejado de buscar.


M. Valls, ocd.
5 de diciembre de 2015.

viernes, 20 de febrero de 2015

"VUELVAN A MÍ DE TODO CORAZÓN"

“El profeta Joel  insiste en la conversión interior: «Vuelvan a mí de todo corazón» (2:12). Regresar al Señor "con todo el corazón" significa emprender el camino de una conversión no superficial y transitoria, sino un itinerario espiritual que tiene que ver con el lugar más íntimo de nuestra persona.

Aquel "vuelvan a mí de todo corazón" no implica sólo el individuo, sino que se extiende a la entera comunidad, es una convocación dirigida a todos..

Queridos hermanos y hermanas, el Señor no se cansa jamás de tener misericordia de nosotros, y quiere ofrecernos una vez más su perdón, invitándonos a volver a Él con un corazón nuevo, purificado del mal, para tomar parte de su gozo... ¿Cómo acoger esta invitación? Nos lo sugiere San Pablo: 'les suplico en nombre de Cristo: 
'déjense reconciliar con Dios'
(2 Cor 5:20).

 Con esta conciencia, iniciamos confiados y gozosos el itinerario cuaresmal. Que María Inmaculada..  nos acompañe en este momento favorable, para que podamos llegar a cantar juntos la alegría de la victoria en la Pascua de Resurrección."

FRANCISCO. Miércoles de Ceniza 2015 (fragmentos)


FRANCISCO HABLA DE TERESA

“En la escuela de la santa andariega aprendemos a ser peregrinos. La imagen del camino puede sintetizar muy bien la lección de su vida ...