jueves, 3 de septiembre de 2020

MIRADAS AL "CÁNTICO"... (1)

"¿A dónde te escondiste, Amado/ y me dejaste con gemido?/ Como el ciervo huiste, habiéndome herido;/ salí tras ti clamando, y eras ido" (San Juan de la Cruz)

Palabras clave: Amor/herida-búsqueda/ausencia

 La canción anterior brota indudablemente de un corazón enamorado. El anhelo del alma (de la persona) es unirse a Dios, el Amado, porque ha comprendido que  únicamente Él colma, llena; y quiere unirse no de modo exterior o accidental, sino esencialmente. No se conforma ya con una práctica religiosa meramente formal, ni con un cumplimiento superficial de ciertas normas o preceptos: quiere más. Ese deseo brota de una herida, de una ausencia, que el alma percibe cuando “cae en la cuenta”, cuando despierta, cuando “ve”. Cristo está, dice la Palabra, en el seno del Padre, y para encontrarle, tenemos que crecer y ahondar en la comunión con él, es decir, entrar, ser parte, en esa intimidad de amor

Esto es fundamental: este es un camino, un viaje, que implica una decisión, una elección, una toma de partido radical. Ahora voy entendiendo que debo ser capaz de dejar, incluso lo bueno, por alcanzar lo mejor; porque me mueve el amor, y porque voy con la fe, es decir, con la certeza de que ese amor que busco y recibo al mismo tiempo, que es presencia y ausencia, no me falta nunca. Y el alma ya no pide saber simplemente: pide participar de esa comunión de amor en que viven el Padre y el Hijo por el Espíritu.

 “El Verbo Hijo de Dios, juntamente con el Padre y el Espíritu Santo, esencial y presencialmente está escondido en el íntimo ser del alma; por tanto, el alma que le ha de hallar le conviene salir de todas las cosas según la afección y voluntad y entrarse en sumo recogimiento dentro de sí misma, siéndole todas las cosas como si no fuesen” (6). 

Esto no implica un despojo total, ni tampoco no reconocer nuestras necesidades humanas elementales; Juan de la Cruz habla personas consagradas en primer lugar, pero su propuesta vale también para quienes siguen a Cristo en medio de las vicisitudes cotidianas. Podemos y tenemos que usar los bienes materiales (comer, vestirnos, cuidarnos), y también necesitamos recibir y dar amor, para crecer humana y espiritualmente. Pero el santo nos invita (como lo hace Teresa) a que lo hagamos con libertad interior (“como si no fuesen”), huyendo de posesiones y afectos que nos esclavicen y limiten en nuestra subida al monte de Dios. 

Pero, podemos preguntar: Está bien, yo renuncio voluntariamente a muchas cosas, pero luego, cuando busco a Dios, no le encuentro, no le siento. Dice Juan que Dios está: ¿Cómo es ese estar de Dios? Porque a veces me parece estar sin él… Y Juan responde:

Por grandes comunicaciones y presencias, y altas y subidas noticias de Dios que un alma en esta vida tenga, no es aquello esencialmente Dios, ni tiene que ver con él, porque todavía, a la verdad, le está al alma escondido, y por eso siempre le conviene al alma sobre todas esas grandezas tenerle por escondido y buscarle escondido… Porque ni la alta comunicación ni presencia sensible es cierto testimonio de su graciosa presencia, ni la sequedad y carencia de todo eso en el alma lo es de su ausencia en ella” (3).

Entonces: “Está, pues, Dios en el alma escondido, y ahí le ha de buscar con amor el buen contemplativo”. De eso trata precisamente la propuesta de Juan: emprender un camino de interiorización, para ahondar en el conocimiento propio, y adentrarse, por el camino de la oración, hacia ese lugar secreto donde Dios y el alma pueden conversar sin velos. 

Aquí entonces la mirada positiva sobre el ser humano y su condición: “¡Oh, pues, alma hermosísima entre todas las criaturas, que tanto deseas saber el lugar donde está tu Amado, para buscarle y unirte con él! Ya se te dice que tú misma eres el aposento donde él mora y el retrete y escondrijo donde está escondido; que es cosa de grande contentamiento y alegría para ti ver que todo tu bien y esperanza está tan cerca de ti, que esté en ti, o, por mejor decir, tú no puedas estar sin él”. 

Dos citas bíblicas para confirmarlo:  Que el reino de Dios está dentro de vosotros, y Vosotros sois templo de Dios”. En eso radica la dignidad del ser humano; ahí está la certeza que nos sostiene en el camino de la fe: Dios está, Dios nunca nos falta. No podemos ser, estar ni existir sin Él.

Pero, ¿y el pecado?: “Grande contento es para el alma entender que nunca Dios falta del alma, aunque esté en pecado mortal, cuánto menos de la que está en gracia”. El esfuerzo y la confianza de la mano; luchar cada día por vencer el pecado, no para que..., sino porque... 

 Pregunta nuestro santo entonces: ¿Qué más se puede pedir?:

 “¿Qué más quieres, qué más buscas fuera de ti, pues dentro de ti tienes tus riquezas, tus deleites, tu satisfacción, tu hartura y tu reino, que es tu Amado, a quien desea y busca tu alma? Gózate y alégrate en tu interior recogimiento con él, pues le tienes tan cerca. Ahí le desea, ahí le adora, y no le vayas a buscar fuera de ti, porque te distraerás y cansarás y no le hallarás ni gozarás más cierto, ni más presto, ni más cerca que dentro de ti. Sólo hay una cosa, que, aunque está dentro de ti, está escondido. Pero gran cosa es saber el lugar donde está escondido para buscarle allí a lo cierto. Y esto es lo que tú también aquí, alma, pides cuando con afecto de amor dices: ¿Adónde te escondiste?”.

En resumen: hermosura del alma, misterio del amor infinito que mora en ella; invitación a no estar derramados, sino a buscar en lo interior, a recoger los sentidos, a estarse con Él en intimidad, a “esconderse”. Esto no es una invitación a escapar de lo real, a alienarse, ni a dar la espalda a las necesidades de nuestro prójimo o a las injusticias del mundo presente. Esto significa que no podemos ayudar ni aportar si no partimos de esa intimidad con Aquel que lo sostiene todo. 

Ahora, vamos a detenernos brevemente en una palabra: ESCONDIDO/Esconderse...

Puesto que está en mí el que ama mi alma, ¿cómo no le hallo ni le siento? La causa es porque está escondido, y tú no te escondes también para hallarle y sentirle. Porque el que ha de hallar una cosa escondida, tan a lo escondido y hasta lo escondido donde ella está ha de entrar, y, cuando la halla, él también está escondido como ella.” (9)

Que Dios está, pero está escondido, significa que su dar pide una respuesta de parte nuestra, una esfuerzo, un disponerse (que no contradice  lo gratuito del don). Para encontrar hay que buscar; para ganar hay que perder. Para vivir hay que morir. Esa aparente contradicción está en el misterio de la vida, que se gana dándola. 

Dios está hay, delante de nosotros, pero "escondido". ¿dónde? Por ejemplo: en la creación, en el prójimo, en la alegría y en el dolor, en la historia, en los desafíos, en la enfermedad; en los momentos hermosos de nuestra historia personal, y en los tristes y difíciles también. 

Así terminamos esta primera lectura, escuchando a San Juan de la Cruz decirnos: “¡Ea, pues, alma hermosa!, pues ya sabes que en tu seno tu deseado Amado mora escondido, procura estar con él bien escondida, y en tu seno le abrazarás y sentirás con afección de amor”.

 Les propongo que leamos detenidamente el texto compartido, y luego lo confrontemos con el primer capítulo de las MORADAS de Teresa; hay muchos elementos en común, y con otros pasajes de la obra teresiana. Aunque nuestros dos santos escriben desde experiencias diferentes y con diferente lenguaje, coinciden en lo esencial. Y eso esencial es el fundamento necesario a todo proyecto de vida espiritual, o vida de oración, que queramos vivir. 

FRANCISCO HABLA DE TERESA

“En la escuela de la santa andariega aprendemos a ser peregrinos. La imagen del camino puede sintetizar muy bien la lección de su vida ...