jueves, 14 de noviembre de 2019

FELIZ DÍA DE TODOS LOS SANTOS DEL CARMELO

Los Santos del Carmelo son una inmensa muchedumbre de hermanos nuestros que consagraron su vida a Dios, abrazando las enseñanzas del divino Maestro e imitando su vida, y se entregaron al servicio de la Virgen María en la oración, la abnegación evangélica y el amor a las almas, sellado a veces con su sangre. Ermitaños del Carmelo, mendicantes de la Edad media, doctores y predicadores, misioneros y mártires; monjas que dilataron el pueblo de Dios con la misteriosa fecundidad de su vida contemplativa; religiosas que descubrieron el rostro de Cristo a sus hermanos con el apostolado sanitario o docente, sobre todo en tierras de misión; seglares que en medio del mundo supieron encarnar el espíritu de la Orden. Toda la familia del Carmelo de la patria con María, su madre, a la cabeza constituye en este día el motivo de nuestro gozo y nuestra alabanza al Padre. Recordamos a nuestros hermanos que ayer se dedicaban a la asidua oración en la tierra y hoy participan en la liturgia del cielo, y nos unimos espiritualmente a su gloria, mientras peregrinamos por los caminos que ellos, animosos, recorrieron, viviendo en obsequio de Cristo y siguiendo las huellas de nuestra Señora.

ORACIÓN:

Te pedimos, Señor,que nos asistan con su amistad, ejemplo y protección la santísima Virgen María y todos los santos de la familia del Carmelo, para que, imitando con fidelidad sus vidas, sirvamos generosamente a tu iglesia con el amor,la fraternidad, la oración y la vida apostólica.

lunes, 11 de noviembre de 2019

CAMINANDO CON TERESA (8): BIENAVENTURANZA Y CRUZ DEL CONTEMPLATIVO

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Demos un paso más en la lectura de CAMINO, ahora  repasando los capítulos del 16 al 18, que conforman una especie de preámbulo, antes de entrar directamente en los temas oracionales. Teresa, ya lo hemos dicho, revisa varias veces lo que escribe, ya sea por sugerencia de los teólogos censores o por su propia cuenta.  Ahora comienza a escribir esta parte, utilizando una comparación singular: el juego de ajedrez, y así escribe: "Voy entablando el juego"; saber "mover las piezas"; "Quien no sabe dar jaque, no sabrá dar mate"; y aquí jugamos a "dar mate a este Rey divino". Con su imaginación, Teresa pone su conocimiento del juego en función del combate ascético del Carmelo. 

Lo presenta así: el tablero y el juego son la vida.  Los jugadores, ella y Dios. Las piezas y los movimientos, las virtudes de ella y la táctica secreta de él. Interesan sobre todo dos piezas: la dama (Teresa) y el Rey; pero en la visión teresiana, la Dama es la humildad, y el Rey del otro color, es el amor. Para Teresa, importa el objetivo: vencer, dar jaque mate a Dios, algo sumamente atrevido a primera vista.  Pero resulta que a Dios se le rinde sólo cuando uno se rinde a él. Y eso es "humildad". Se le da jaque mate con la humildad. Deberá entonces Teresa seguir explicando la jugada del Rey, la del amor, pero aquí surge lo inesperado.... Teresa destruye lo escrito, arranca las páginas de su cuaderno, y  empieza de nuevo a escribir. 

Las posibles razones: que el censor del texto teresiano no viese correcto hablar de juego en un libro espiritual, tanto más cuando algún moralista de la época declaraba el juego de ajedrez absolutamente inconciliable con la vocación religiosa y clerical. Otra razón de más peso es que Teresa sigue una línea doctrinal que luego se le viene abajo, porque comprende, desde su propia experiencia, que no puede condicionar nadie el deseo de dar de Dios, y que la relación entre Dios y el alma es mucho más compleja que el juego de ajedrez

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No quise dejar de aprovechar esa página teresiana casi perdida (Ver: capítulo 24, de la primera redacción de Camino), pero ahora vayamos a la redacción definitiva, y presentemos una especie de resumen de los tres capítulos mencionados antes (16, 17 y 18), partiendo de sus títulos de los capítulos, y ello nos ayudará a tener una mirada general sobre los asuntos que quiere proponer la Santa: 

Capítulo 16: Comienza aquí a hablar Teresa del camino para llegar a la contemplación, y de la diferencia entre los contemplativos y los que se contentan con tener oración mental. También del cómo es posible que Dios regale la contemplación a algunos que no están dispuestos todavía, ni siquiera en virtudes. Teresa no modifica su posición respecto a la humildad y las virtudes en la vida de oración, pero sí amplía las posibilidades del amor, sobre todo del amor de Dios. Teresa misma a experimentado la largueza de la misericordia de Dios, y descubrirá en su camino que los dones de Dios son de una gratuidad incondicional.  

Capítulo 17: Presenta entonces, luego de la tesis del capítulo anterior, una paradoja: que aun cuando Dios puede dar contemplación perfecta a cualquiera si es su deseo, no todas los que han dedicado su vida a la oración son llamados a la contemplación, y que el verdadero humilde ha de ir contento por el camino que le lleve Dios. Es un viejo problema al que Teresa da vueltas desde el principio: ¿Por qué Dios no se da a todos los que se le entregan de la misma manera? Ella entiende que es cosa de Dios regalar sus dones, y que lo nuestro es disponernos: en la oración, en el amor, en la vida.

Capítulo 18: Dice que no piensen que los contemplativos viven solo de visiones y regalos espirituales, sino que han de sufrir muchos más contratiempos que los activos, y que esos sufrimientos  son de mucha consolación para ellos. Pero también, ya desde el anterior, reivindica el valor del servicio, si es voluntad de Dios. Cuando Dios introduce a alguien en las altas cimas de la contemplación, lo primero que hace es darle fuerzas, porque luego va a darles cruz (Tabor y Calvario, bienaventuranza y cruz). 

Teresa ha querido ya empezar a hablar de oración, de las diversas formas de oración, pero como suele sucederle, se "divierte", se distrae, volviendo a insistir en aspectos previos que considera muy importantes para entender este camino. 

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Enumeremos lo más importante:

1. La necesidad de virtudes grandes para poder adentrarse con frutos y verdad en el camino de la oración y contemplación ("Digo que no vendrá el Rey de la gloria a nuestra alma, si no nos esforzamos a ganar las virtudes grandes").

2. Que Dios puede dar a un alma "distraída"contemplación perfecta, para ayudarla a salir de su  mal estado. Teresa procura conciliar dos tesis: Que cuanto nos damos, más se nos da Dios, pero a la vez, incluso a quien no se da, Dios se entrega. De los primeros, dice, que el Señor "siéntalos a su mesa, dales de lo que come hasta quitar el bocado de la boca para dársele". 

3. No justificar nuestra falta de ánimo y constancia en el camino, diciendo: No somos ángeles, no somos santos. Es importante tener humildad, al mismo tiempo que una santa osadía, y Dios no rechaza a quien se entrega de ese modo al combate de la fe. 

4.Que no todos son para contemplación, incluso si llevan vida de oración, y que lo importante es disponerse para lo que mande el Señor; la contemplación no es necesaria para la salvación, y perseverar en el camino interior. 

5. Lo seguro es la humildad, la mortificación y el desasimiento, y son tan necesarias Marta como María para la obra de Dios. En los tres capítulos resalta el valor incalculable del servicio fraterno, pues sirviendo no se deja de alcanzar la perfección. 

6. Los contemplativos han de sufrir muchos trabajos; son como el que durante la guerra lleva la bandera, que parece no hace nada, pero si esta cae, se acaba todo. Importa ser obedientes en hacer lo que Dios pide y tener virtudes, que las experiencias místicas extraordinarias son cosa incierta, y puede por ahí engañarnos el demonio

7. Por tanto, buscar virtudes y perseverar en la oración, y toca hacerlo con paz y confianza, dejando en las manos de Dios que nos haga llegar hasta las cimas de la contemplación. No porque todos no podamos ser contemplativos, vamos a dedicar menos esfuerzo a la oración, ni tampoco sentir que el servicio fraterno vale menos y retarda la perfección mística. Lo dirá Teresa luego en Moradas: Marta y María siempre juntas.

(Ideas tomadas de los comentarios de Tomás Alvarez, ocd)

viernes, 8 de noviembre de 2019

ISABEL DE LA TRINIDAD. Breve biografía.

ISABEL CATEZ nació el 18 de julio de 1880 en el campo de Avor, cerca de Bourges (Francia), y fue bautizada cuatro días después. En 1887, pocos años después del traslado de la familia a Digione, su padre muere. El 19 de abril de 1891 recibió la Primera Comunión: aquel día comenzará una difícil lucha para “superarse a sí misma por amor”, aprendiendo a dominar su temperamento de fuerte voluntad, apasionado e impetuoso.

Cada vez más íntimamente unida a Cristo, en 1894 emitió privadamente el voto de virginidad. Al sentirse llamada a la vida religiosa, pidió permiso a la madre para entrar en el Carmelo de Digione; pero obediente a la madre, que se oponía, prohíbiendole que visitara el monasterio, no entró hasta el 2 de agosto de 1901. 

Hábil y premiada pianista, alegre y activa en la vida parroquial y social de su ciudad, vivió el tiempo anterior a su entrada en el Carmelo aprendiendo a encontrar a Cristo en todas las cosas, entregando sólo a Él su corazón, aunque se dedique a diversas actividades, participando en festivales de baile y pasando momento con amigos.

En el monasterio, donde el 8 de diciembre de 1901 hizo los primeros votos tomando el nombre de Isabel de la Trinidad, creció su unión con la Santísima Trinidad en la profundidad de su alma. Imitando a María, aprendió a guardar cada vez más la presencia de Dios vivo y a hacer cada día la voluntad del Señor, contemplando el “amor más grande” manifestado en Jesús Crucificado. 

Pocos meses después de la profesión religiosa, celebrada el 11 de enero de 1903, se manifestaron los primeros síntomas de la enfermedad de Addison —entonces incurable— que la condujo rápidamente a la muerte víctima de dolores atroces. Aceptó todo con sentimientos de paz y abandono confiado en la misericordia de Dios, como ocasión propicia para identificarse con el Esposo crucificado. Murió a los 26 años el 9 de noviembre de 1906.

Fue beatificada por Juan Pablo II el 25 de noviembre de 1984 y canonizada por el Papa Francisco el 16 de octubre de 2016.

Oficina de las Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice
Traducción: Iglesiaactualidad

martes, 5 de noviembre de 2019

CAMINANDO CON TERESA (7): UN NUEVO ESTILO DE VIVIR


Seguimos este camino con Teresa y su libro más querido, el que más trabajó y revisó, y quiso ver impreso; un verdadero manual para comunidades cristianas. El libro, hemos dicho, está dividido en dos partes: la primera acerca de la preparación para la oración o las condiciones y virtudes del orante, y la segunda dedicada a la oración propiamente dicha. 

Estamos todavía en la primera parte: los capítulos del 1 al 3 hablan sobre la finalidad de la reforma teresiana; luego, del 4 al 15, de los presupuestos de una ética comunitaria, de un estilo de vivir concebido por Teresa, desde su experiencia personal y para su comunidad de mujeres orantes. Tres aspectos fundamentales: amor fraterno, desasimiento y humildad. Ahí estamos todavía, y esta semana leeremos los capítulos 12, 13, 14 y 15; hasta lo leído, hemos escuchado a Teresa, y podemos glosar dos ideas o consignas, puramente evangélicas: el autentico amador tiene en poco la vida (quién no da la vida, la pierde) y en poco la honra (libertad interior frente a las apariencias y maneras del mundo).

Capítulo 12: Tener en poco la vida y la honra. Es un tema constante, obsesivo en Teresa, y lo reitera una y otra vez a lo largo de este libro, cuando habla de linajes, dineros, etc. Teresa es hija de su tierra y de su tiempo, y ambos tenían sus tópicos, sus mitos, sus costumbres, sus prejuicios, que condicionaban la vida, lo mismo que hoy sucede con nosotros. Los honores, la pureza de sangre, el aparentar, el esconder lo que verdad somos ante la sociedad... 

Ella ha vivido todo eso en su propia familia, y ha buscado esa honra de la que luego reniega, para decir: "Nuestra honra, hermanas, ha de ser servir a Dios, y quien piense que en esto los ha de estorbar, quédese con su honra en su casa". Cuántas veces nos enredamos también nosotros en el juego de la honra y el aparentar, de las máscaras, los puestos, los reconocimientos, los títulos; ella, para todo eso, nos invita a mirar a Cristo, que se abajó y nos dejó ejemplo de humildad. "Dios nos libre de personas que le quieren servir, acordándose de la honra". 

Capítulo 13: Frente a las razones del mundo, la verdadera razón ("De malas razones nos libre Dios"). En la medida en que Teresa va poniendo los requisitos  de la vida que propone, se va vislumbrando a las claras que se trata de un "estilo propio de vida"; frente al "estilo del mundo", un modo alternativo, y así lo hará saber a San Juan de la Cruz cuando lo encuentre (Fundaciones 13,5): "que conozca el estilo de hermandad y recreación que rige en el Carmelo". Teresa trae su experiencia del mundo y de sus muchos años en monasterio, y sabe de razones propias y ajenas para reivindicar derechos, exigir espacios, no perder prestigio social o dentro del mismo mundo conventual ("la gran mentira en que vivimos todos"); todo para alimentar el ego. Frente a esto, Teresa propone "andar en verdad", conocer la verdad de la cruz: "La que no quisiere llevar cruz sino la que le dieren muy puesta en razón, no sé yo para qué está en el monasterio". 

La verdadera razón para Teresa es otra vez Cristo, y también María aparece como ejemplo: "Hijas de tal Madre y esposas de tal Esposo". Razón cristológica, que configura profundamente al orante; la razón dialéctica de la cruz y del amor. Si el esposo es un crucificado ¿es posible esquivar la cruz? Por ahí, y no por excesos de mortificación y penitencias, va lo esencial del desasimiento teresiano.

Para terminar, en el # 6, Teresa habla de ser "ermitañas"; cuando escriba su Modo de visitar los conventos, dirá allí: "Mirar en la manera de hablar, que vaya con simplicidad y llaneza y religión, que lleve más estilo de ermitañas y gente retirada que no ir tomando vocablos de novedades y melindres, creo los llaman, que se usan en el mundo, que siempre hay novedades. Préciense más de groseras que de curiosas en estos casos" (Aquí "groseras" no tiene el sentido peyorativo actual, ni tampoco "curiosas"). Este estilo ermitaño que propone Teresa es un modo de ser y de vivir en el Carmelo reformado, con añoranzas de los orígenes de la Orden y con ecos de la Escritura; es un desasirse de todo, para darnos del todo al Todo.


Capítulo 14: Discernimiento necesario. Aquí otra vez los ecos de su experiencia religiosa de 30 años largos. Antes habló de elementos enfermos del amor fraterno, de pobreza y miseria en los conventos, de sofoco de la libertad de conciencia de las religiosas, de edificios suntuosos e intromisión de los seglares o visitadores. 

Ahora toca un aspecto delicado: la marea de mujeres que tocaba a la puerta de aquellos conventos superpoblados, sin posibilidad de discernir las verdaderas vocaciones, ya fuera por inercia de dentro o presiones de fuera. Luego, estaba el tema de la dote que debía acompañar a la candidata, y que una vez recibía y consumía la comunidad, obligaba a la religiosa a permanecer allí.  Por eso Teresa, en sus conventos, corta el asunto de la dote, y además, reclama libertad para echar fuera a las que no resulten adecuadas. 

Teresa  propone hacer un adecuado discernimiento vocacional: ver el espíritu de quien entra, recabar información y larga probación, y además, muy importante, el talento de la candidata, su buen entendimiento. 

Capítulo 15: Aprender a callar. En un marco de experiencia personal teresiana y de ejemplaridad cristológica, Teresa da una consigna: "No disculparse, aunque se vean condenar sin culpa".  Es bueno leer acá una fuerte experiencia que tuvo la Santa poco antes, en Vida 36, 11-14. Para Teresa, la verdadera ascesis requiere una vuelta al Evangelio hasta encontrar en él a Cristo, aceptarlo como razón de vida y como programa, proponerse configurarse con Él. Entre las grandes virtudes que Teresa propone se halla el aprendizaje del silencio: acoger el silencio por amor a la verdad, por Cristo. No es una consigna absoluta, y más adelante hablará del diálogo como virtud también dentro del estilo teresiano. El  misterio del silencio va de la mano con la dignidad de la palabra.

De todo lo anterior, podemos sacar luces para mirar con un mayor detenimiento aspectos importantes de nuestra vida cristiana y nuestro discipulado, a menudo mediatizado por realidades internas y externas, por apegos, temores y prejuicios, y por las consabidas presiones sociales. El propósito de estas lecturas es precisamente ese, crecer, a nivel personal y comunitario, como mujeres y hombres fraternos, orantes y solidarios. 


martes, 29 de octubre de 2019

CAMINANDO CON TERESA (6): LIBRES PARA SEGUIR A CRISTO...

Seguimos haciendo el CAMINO con Teresa, compartiendo lectura y reflexión de esta propuesta de vida, fraternal y orante, como modo de seguimiento de Jesús, en su Iglesia. Ahora Teresa propone y comenta la segunda virtud del orante: DESASIMIENTO, romper amarras, renunciar, con un propósito claro en ello: una mayor LIBERTAD. Teresa se inspira en palabras del Maestro: "Si no lo dejan todo, no pueden ser mis discípulos"; "El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí"; "Quien deje casa o padre o madre o hermanos, por mí, recibirá cien veces más...". Teresa no se ha inventado esta ruta, sólo la interpreta. 

 Desasirse es lo contrario de estar asido, sujeto, amarado; la cuestión está en poseer cosas sin ser poseídas por ellas, y en el caso de las personas, amar sin caer en la cárcel del amor, sin crear dependencias que quiten la libertad interior. Lo que dijo antes: un amor puro, sin afán posesivo, que busca darse... Teresa no habla de esfuerzos penitenciales titánicos, pero propone dos cosas: una profunda necesidad de libertad interior (no solo exterior), y la absoluta necesidad de entregarse uno mismo sin reservas. Habla de dar lo que se es (el todo de la persona) y no solo dar lo que se tiene (las partes). 

"Vuestra soy/ para vos nací/¿qué queréis, Señor, de mí?"

 Entre esos desasimientos que propone Teresa, luego de alertar acerca de el  ladrón y las cadenas que llevamos dentroesta el de los deudos o parientes, el del cuidado exagerado del propio cuerpo o de la salud, y finalmente también desasirse del temor a la muerte. A esto dedicará los capítulos 8,9,10 y 11; capítulos cortos, en los que encontramos ideas y frases con mucha luz para el camino del que busca a Dios.

 En relación con deudos y parientes, Teresa escribe con la experiencia de su vida en el monasterio de la Encarnación, en los que estos andaban por sus anchas y creaban un ambiente poco propicio para las religiosas y sus obligaciones. Con el transcurso de los años Teresa suavizará su visión de este tema, pues encontrará laicos  que serán su apoyo en la obra fundacional del nuevo Carmelo, y además tratará cercanamente con sus hermanos y otros parientes. Aún así no cambiará sus convicciones respecto al tema: la consigna evangélica del desasimiento total para el seguimiento de Cristo y la necesidad de cortar dependencias humanas profundas, para alcanzar la libertad adulta y un amor maduro, para entregarse de verdad a Dios


Luego Teresa propone una sugestiva imagen, la del ladrón interior, porque el ladrón y las cadenas los llevamos dentro de nosotros, y con estas amarras interiores queda prisionera la libertad del hijo de Dios. El ladrón se adueña de los tesoros, de esa caja de caudales que es la persona. Es importante afinar la mirada, y aprender a distinguir desde la humildad cristiana, el "andar en verdad" teresiano. Reconocer el propio egoísmo, las dependencias, los deseos, los miedos; raramente somos "señores de nosotros mismos", aunque presumamos de ello.

Teresa habla de educar el cuerpo, y lo pone por delante; en Vida había escrito: "No somos ángeles, sino tenemos cuerpo" (22,10). Ahora dirá que el cuerpo es el hombre exterior, pero no tiene dudas de que forma parte esencial de la persona, y necesita ser saneado y liberado, no menos que el alma. Dice: "Este cuerpo tiene una falta, que mientras más le regalan, más necesidades descubre" (11,2). No se trata de agobiar al cuerpo y los sentidos con penitencias y ayunos descomunales, sino de educar el espíritu para que no se deje  rendir a las presiones del cuerpo. Para ello, aconseja en 10,2 y 10,5: altos pensamientos y no ser tan regaladas. 

"¡Determínense, hermanas, que vienen a morir por Cristo, no a regalarse por Cristo!"

Luego está la enfermedad, que Teresa conoce bien, porque ha estado enferma siempre, con dolores y achaques, y por ello tiene muy presente la tiranía de la enfermedad, que limita y diezma la libertad interior.  Sabe también del miedo a la muerte, "a la que yo siempre temía mucho" (Vida 38,5). Pero ella ha crecido en estas cosas y por ello aconseja, trazando una línea divisoria entre las enfermedades graves y los achaques de cada día (dirá irónicamente: "las flaquezas y malecillos de mujeres", en 11,2). Dirá que es imperfección estarse quejando siempre (11,11),  y también que "pobres y regaladas, no lleva camino" (11,3). No puede convertirse el propio cuerpo y los achaques en el centro de la vida de la persona, porque "si nos determinamos a tragar de una vez la muerte y la falta de salud, nunca haremos nada" (11,4).

 Finalmente habla del miedo a la muerte (11,5): "Procurad no temerla"; "Dejaros toda en Dios, venga lo que viniere.... (seguir leyendo). Ver también su testimonio en Vida 38,5: "Quedóme poco miedo a la muerte...". Una educación espiritual cristiana que no encamine a esa victoria definitiva sobre el miedo, la angustia, etc, en relación con la muerte, no sería evangélica. 

 Volverá sobre el tema en el siguiente capítulo: "De cómo ha de tener en poco la vida el verdadero amador de Dios"; quiere seguir a San Pablo en aquello de: "En la vida y en la muerte somos del Señor"; y Teresa lo expresa en una de sus frases más célebres:


"¡Oh muerte, muerte, no sé quién te teme, pues en ti está la vida"

FRANCISCO HABLA DE TERESA

“En la escuela de la santa andariega aprendemos a ser peregrinos. La imagen del camino puede sintetizar muy bien la lección de su vida ...